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Biografía del escritor Thomas Henderson Mix, por Detroit Kid

  A él le disgusta que lo llame Tom Mix. Pero su nombre -Thomas Henderson Mix- es poco comercial. Y en la vida todo se reduce a saber venderse. Yo soy un individuo que no sabe tantas cosas como él. Soy más bien parecido a un caballo o a un pájaro. La poesía, todo ese asunto de la poesía no se me da bien. Tom ha tratado de explicarme miles de veces qué es lo bello. Y para mí la misma palabra belleza está desprovista de sentido. Allá en Memphis eso era cosa de señoritas o amanerados. Y aunque Tom Mix y yo llevamos más de diez años viviendo juntos, no he llegado a comprender la belleza. A veces la cara de Tom me parece bella pero no puedo explicarte por qué. Cuando está dormido hay una inocencia en su cara: tiene el mismo color que los arrozales vistos en medio de la noche cuando vas manejando por la ruta 99. Sé que estas comparaciones son terribles pero es lo que se me va ocurriendo. Además se debe tener en cuenta que estoy buscando con el dedo las letras en la máquina de escribir. Hace calor y Tom aún no ha regresado.

  Hoy hace diez años que le vendí mi alma al diablo. Fue por un león o por una mujer o quizás fue por Tom Mix. Hace algún tiempo él me enseñó el cuento que había escrito sobre cómo nos conocimos. A mí me gustó porque así fue como sucedieron las cosas. Y el final es el indicado: no se molestó describiendo la escena en que Lucinda se prende fuego junto a su marido. Ni tampoco la pelea amañada que tuve en Kansas, donde mi enemigo metió un pedazo de plomo dentro del guante y me astilló el cráneo dejándome con esta especie de mal de Parkinson. Eso es lo peor que le puede suceder a un boxeador tan violento -si un bulldozer se me ponía por delante solo Dios podía evitar que lo despedazara-. El médico me dijo que cuando mi enfermedad fuera avanzando iba a ver sombras escurriéndose por las paredes siempre advertidas con el rabillo del ojo y nunca de frente. Y eso me dio miedo. Nunca he tenido miedo. Pero ahora tengo miedo de esas sombras. Yo sé que Tom es bueno y hará lo que pueda por cuidarme, pero va a llegar el momento en que lo voy a olvidar. Llegará el día en que despertaré sin saber quién es Tom Mix o quizás solo recuerde que era el vaquero que aparecía en series de televisión. Y nuestro departamento me lucirá extraño visto por primera vez; una carie en el espacio, una carie que genera dolor y peste. Dicen que los sentidos se agudizan en la enfermedad, y sin embargo, yo podría describir cómo los objetos me abandonan: ayer estuve sosteniendo la máquina de afeitar sin saber para qué servía. A veces, al anochecer, concientizo la respiración y me obligo a respirar, cuando me duermo entonces me asfixio y tengo que despertarme para volver a respirar, así hasta que olvido ese estado, y es como si deambulara sonámbulo por muchas habitaciones cuando la idea misma de habitación ha desaparecido. Al final de todo me espera el Negro, el diablo. Y nadie me va a salvar. Ni siquiera Tom Mix.

  Cuando era pequeño, Tom solía pintar acuarelas. Y para aliviar mi enfermedad él ha decidido volver a la pintura, retratándome junto a la ventana todas las tardes. Nunca hemos hecho el amor porque el sexo me parece un asunto innecesario entre nosotros. Yo voy al Bronx y me pago una puta. La palabra para eso es desfogarse. Como ven, algo aprendo después de todo.

  Mi obsesión personal, como ya dije, son los objetos. Evitar su fuga como esa sopa que toman los astronautas rusos: el borsch. Cuando pequeño tuve un libro donde aparecía una foto de los astronautas que me desilusionó profundamente. Aún no me he recuperado. Los astronautas corrían en calzoncillos por las paredes de la nave, y aunque el efecto era gracioso, para mí resultó una profanación. Yo me imaginaba a los cosmonautas como ángeles. Ángeles en naves espaciales atravesando el universo. Y a su vez los ángeles que veía en los vitrales de la Saint George´s Church me parecían faltos de alguna cualidad aerodinámica. Nunca los creí capaces de volar. Eran unos pegotes rosados que colgaban de las ropas de la Virgen. Hace seis meses, Tom Mix pintó esa acuarela donde aparezco vestido de cosmonauta en medio de un jardín. La pintura me dio miedo. El sol caía sobre la escafandra produciendo manchas largas e irisadas; me recordaron la sustancia que botó Cullers Sniegel –el Tigre Sniegel- por los ojos después de varios de mis golpes. Murió dos horas más tarde. Dicen que su madre era gitana y me maldijo. Eso no me preocupa demasiado, pero el color amarillo de Sniegel me parece la sustancia donde se hace tangible la muerte.

  Siempre que intento hablar de Tom Mix termino hablando de otro asunto. Ahora les diré algo sobre mi pareja.

  Tom nació en Fishbourne Falls, a orillas del Mississipi. Su padre tenía una granja y era lo que llamaban en aquel tiempo un poor white. Estaban por encima de los negros pobres y por debajo de los negros ricos. La granja de su padre lindaba con los grandes bosques de Whiterspoon, donde aún vagaban los espectros de los jefes indios ahorcados durante la Expansión. Sin embargo, a Tom le agradaba pasar la noche bajo las estrellas, respirando el olor denso de la carne ahumada. Iba a ver los barcos arrastrados por sus grandes ruedas sobre la noche, como si la noche fuera molida en un círculo que maceraba el agua. Ya estoy escribiendo como Tom Mix, pero me parece que eso no está mal; quizás de esa forma pueda contar algo que él nunca ha escrito por temor al ridículo. Y no veo que esa historia sea ridícula, sino sencillamente estremecedora.

  Esa noche había levantado su campamento en un claro a diez kilómetros de la granja paterna. Esa tarde cazó un venado y lo tenía ya destazado sobre la tabla que otro cazador había abandonado en aquel lugar. El clima se anunciaba lluvioso. Tom estaba armando su tienda cuando los escuchó.

  Fueron al inicio chirridos constantes, muy bajos. Un sonido propio de insectos, mezclado con el grito del chotocabras. Dicen que esos pájaros traen la muerte. Y fue como si la presión atmosférica descendiera, los objetos se adensaron, las llamas de la hoguera parecían sólidas. Tom miró la gigantesca oscuridad sobre su cabeza. El cielo sin estrellas parecía la mirada de algún animal muerto. Tom no sabía rezar, pero tenía un magnífico Winchester. Apuntó a cualquier sitio al descubrir que el sonido continuaba insistiendo desde lo oscuro. Él sabía que lo que hubiera allí, acechando, esperaba en medio de aquel sonido que le iba dando forma, y tuvo la idea de que si el sonido se detenía, lo otro iba a desaparecer. Pudo sentir que alguien estaba excavando una brecha en la realidad; alguien laboriosamente se arrastraba por esa matriz para brotar junto a él, en el bosque, a diez kilómetros de la granja paterna.

  Un gran silencio se produjo. Y el Ser  comenzó a acercarse a la luz.

  Tom Mix nunca ha querido describirlo. Hace años intentó pintarlo y se pasó dos meses en el hospital psiquiátrico.

  La criatura aproximó sus tentáculos a la hoguera y Tom la apuntó con el Winchester. Lo miró con varios globos que pendían de un tentáculo algo mayor que el resto, luego de estudiarlo detenidamente, le preguntó con aquella especie de silbido: ¿Te sabes alguna canción?

  Y Tom Mix recordó que también había traído su ukelele. Se sentó junto a la fogata y cantó Cemetery Boogie. El Ser movía los tentáculos con visible aprobación. Luego le preguntó dónde quedaba la oficina de impuestos de Alabama y le pidió amablemente otra canción del viejo Elmore James. Tom Mix, que sintió una inexplicable alegría, le brindó parte del venado y estuvieron cantando hasta el amanecer.

  La criatura se desvaneció con los primeros rayos del sol.

  Ahora pueden ver las razones por las cuales Tom Mix nunca escribirá esa historia.

  Ya que he contado esta experiencia de Tom, me parece justo contarles una experiencia propia. Es cierto que no es tan extraña como la de él, pero significó el origen de mi inquietud para con los objetos, mi desconfianza del orden real e inalterable del mundo.

  Hacia 1956 tuve un amigo en México. Primero estuvo viviendo en algún pueblo de la frontera y después se fue al Distrito Federal.

  A mí siempre me ha llamado la atención el hecho de que muchos norteamericanos vamos a morir a México. Será que nos atrae el rápido proceso de descomposición de los cadáveres: allá la tierra es más caliente, los gusanos actúan más rápido pues su digestión debe ser realizada en lo profundo y húmedo. Por tanto un cadáver desaparece a las pocas semanas. Es cierto que exagero, pero esa es mi teoría. Entre la gente que se fue a morir a México están mis tíos Abbe y Jules Longstone, mi hermana Annie, mi perro Duncan, un escritor llamado Ambrose Bierce,  el poeta suicida Hart Crane, un pintor, Freddy Snaples, y un tipo que aparece en el último capítulo de la serie de Lucius Snyder Private Eye, del cual no puedo recordar el apellido pero sé que su nombre es Jack. Mi socio en Ciudad México también se llamaba Jack -a lo mejor era el mismo de la serie-.

  Yo fui a México porque el menor de mis tíos me había dejado quinientos dólares de su herencia. El pobre Abbe Longstone se pasó la vida ahorrando para dejarnos algo a cada uno de los sobrinos. Nunca tuvo hijos, y siempre decía que el día de su muerte todos deberían gastar el dinero de la herencia realizando un deseo. Yo quería viajar al Brasil, conocer el nordeste y un pueblo abandonado en medio del sertao llamado Samarcanda das Aguilas. En El Nephilim, de Acheron Hablin, se hablaba sobre la Puerta escondida entre los páramos de aquel pueblo, y yo quería descubrirla. Cosas de adolescente. Por aquellos tiempos ni soñaba con ser boxeador.

  Conocí a Jack en algún club nocturno que ahora no recuerdo, y me invitó a beber de su botella con escorpiones en el fondo. Eso pone más fuerte el alcohol. Yo probé, y a pesar de que sabía a plomo derretido, me gustó y pedimos otra botella.

  El hombre me contó que había nacido en Los Ángeles a finales de 1922. Recordé que ese era un año clave en la novela de Acheron Hablin, pero no me detuve a buscar semejanzas. Jack dijo que durante los años cuarenta había vivido en New York, y con un grupo de amigos trató de escribir algunas cosas que cambiaran la percepción que se tenía de la época. Los mejores escritores estadounidenses escriben con siglos de atraso en relación con lo que está sucediendo. Si Tom Mix oyera eso se iba a frotar las manos, porque habría encontrado a un correligionario. Yo no le prestaba demasiada atención. La cháchara me estaba aburriendo y le propuse ir en busca de mujeres. Sonrió y se palpó los bolsillos. No tengo un centavo. Hice de tripas corazón y dije: Yo invito.

  La noche fue larga.

  Eran las dos de la mañana cuando me desperté en su cuarto. Las putas estaban durmiendo en el suelo y roncaban como búfalos. Me levanté de la cama y busqué a tientas mi ropa. Cuando me vestía escuché un rumor. Parecía venir de las paredes. Una luz de neón caía transversal sobre la puerta del baño que permanecía cerrada. Afuera los autos pasaban silenciosos sobre el pavimento mojado, y el olor a jitomates y cebollas que llegaba del patio vecino, se infiltraba en la habitación volviéndose insoportable. Una de las putas se movió. Casi grito. ¿Quién era aquel sujeto y qué hacía yo metido en aquel cuarto de Ciudad México? La única respuesta, aguardaba tras la puerta del baño: con suavidad fui abriéndola hasta que la raya de luz cortó mi ojo en dos mitades perfectas.

  Adentro Jack estaba musitando el texto de un libro muy antiguo. El volumen estaba aherrojado y el material recordaba al cuero. Despedía un olor intenso que no puedo comparar más que con la luz de neón, las putas y Ciudad México. Jack tenía un aparato de hierro en la cabeza que le sujetaba los párpados. Sus ojos estaban fijos en el libro, leyendo los conjuros que musitaba para sí o quizá –la idea era espantosa- para alguien más. Cerré la puerta.

  En silencio escapé por el balcón. Cuando llegué a mi casa, descubrí que el hombre había introducido en el bolsillo de mi traje un papel arrugado con este poema. Arriba decía: para John Longstone de su amigo Jack.

Pyongyang. Year 2012

                                        Dark numbers rising upon those jewish faces_Will

                                        prevale in empty sorrow sequences 855356_ Waters and

                                        dry shore_ 475068_ The dragon´s spell is a circle of

                                        mighty Life_Who is gonna come from beyond myself?

                                        _010101010101_  There´s no place. Nobody is using

                                        those phone-cabinets._Only the Tiger.  _Only your

                                        Absolute Freedom

  Años más tarde descubrí que aquel poema encabezaba el guión de Fractal Man, el satánico film de George Widekind.

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