Cenizas

  Seré breve.

  El 7 de agosto del 2002 falleció en Santiago de Cuba el musulmán José Reyes Valcárcel. Antes de morir le pidió a su hijo que dispersara sus cenizas en la Meca. Su hijo, Juan Reyes, no era musulmán. Era espiritista y hubiera preferido enterrar a su padre en el tranquilo cementerio de Santa Ifigenia.

  Sin embargo las últimas voluntades deben ser respetadas aunque en ello nos vaya la vida. Por eso Juan Reyes se dirigió al Poder Popular en su provincia para solicitar una audiencia y así obtener el viaje.

  Es muy difícil viajar fuera de Cuba. Y dentro también.

  El capitán retirado Emilio Barreda lo recibió en su oficina, barrocamente decorada con carteles de zafras inolvidables y de grupos soneros que cayeron en el olvido.

  A escondidas le brindó ron y un cigarro.

     -Usted dirá.

  Juan Reyes contó su problema haciendo énfasis en el hecho de que él nunca aprobó los deseos de su padre. El capitán retirado se quedó mirándolo en silencio. Luego se aproximó y le retiró el cigarro de la boca. Volvió al escritorio y sacó de la última gaveta un retrato amarillento que debía haber sido tomado en 1950.

       -Este es mi padre. –dijo- Si él me hubiera pedido que llevara sus cenizas a la Meca, yo habría abandonado el país, la Revolución, mi mujer, y no habría descansado hasta que mi padre reposara definitivamente. Yo no lo puedo ayudar. Salga de mi oficina.

  Cuando Juan estaba abriendo la puerta, el capitán le susurró un número telefónico.

      -Es la única forma de irse.

  Después Juan Reyes se hundió en la luz.

 Esa noche llamó desde un teléfono público al número que le había dado Emilio Barreda; esa noche reunió el dinero que tenía ahorrado en el Banco; esa noche partió rumbo a La Habana. Una noche de la semana siguiente navegaba por el Estrecho de La Florida.

  La mar astaba sarana, sarana astaba la mar. Tuvo suerte.

  No sabemos con exactitud cuáles fueron sus trabajos en el Norte. Joaquín Manila afirma que él lo conoció cuando recogía manzanas en Virginia. Un tiempo después desapareció.

  Se había alistado como voluntario en el ejército norteamericano.

  Se fue a Iraq.

  El soldado Percival Highstein recuerda a Juan Reyes:

  Era un individuo silencioso que andaba siempre con un frasco de color marrón. No mostraba su contenido a nadie. En la compañía hicimos apuestas para adivinar lo que llevaba el soldado Reyes. Un día, mientras estaba durmiendo, el cabo Marshall, el teniente Fielding y yo le robamos el frasco. Nos escondimos detrás del cuartel y a la luz de una linterna revisamos el contenido. Solo se trataba de un polvo blanco. El cabo Marshall aspiró un poco y dijo que no estaba mal. Debo confesarle que era la mejor cocaína que he probado. Luego pusimos el frasco en su lugar.

  El soldado Juan Reyes desapareció de su escuadra en una escaramuza en Basora. Fue dado por muerto y enviaron a su vacío departamento en Virginia un ataúd igualmente vacío.

  No sabemos cómo Juan Reyes trabó amistad con el comerciante iraní Mohammad Reza, ni cómo se incorporó a una de las caravanas que se dirigían a la Meca. Lo cierto es que en un reporte de la CNN aparecía Juan Reyes al fondo, cabalgando un camello. Su familia en Cuba, si acaso vio el reporte, supo que alguna esperanza les quedaba de ver al hijo pródigo con vida.

  Llegando a la Meca la caravana fue disuelta por un ataque con morteros. Juan Reyes corrió hacia la ciudad como un poseso. Subió a los muros que vieron un día al Profeta y arrojó las cenizas de su padre al viento.

  Juan Reyes sintió una paz indescriptible. Y dolor en la columna.

  No bien había desaparecido el último rastro de polvo del recipiente, cuando Juan vio a dos soldados árabes que se dirigían a él moviendo las manos y apuntándolo con los fusiles AKM. Supo que lo iban a matar.

  Se escuchó una ráfaga.

  Y los reporteros que filmaban esta escena tuvieron que retirarse de las murallas.

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