Edwin Poitier

  Edwin Poitier vivió en una ciudad desnuda. Los automóviles habían memorizado el camino entre las ruinas y se iban con estruendos de insecto y se incrustaban en cualquier lugar de la amplia, vastísima urbe. Los árboles eran como los automóviles, se desplazaban tranquilos más allá de las ventanillas y no tenían pájaros: los pájaros habitaban en los desconchados vitrales o tras las húmedas almenas y nichos del campanario. Al caer la tarde la ciudad era un solitario piélago de muertos. Nadie llamaba a la puerta de nadie. Nadie abría las puertas. Nadie giraba impaciente a la espera de algo pues no había sucesos que esperar como no fueran la lluvia, el silencio o una lied, quizá remota evocación de los más ancianos. En medio de aquel extenso sitio, Edwin Poitier a veces soñaba.

  La primera vez que intentó relatar sus sueños a un amigo de la fábrica, sonó el timbre y la acalorada muchedumbre los sacó a la calle y en el trayecto el sueño se le había olvidado. Decidió anotarlos, pero no tenía sentido porque al leerlos le lucían ridículos y nunca era capaz de encontrar las palabras que podrían estremecer al lector con la misma intensidad que él sintiera al despertarse. Durante los sueños, a veces era un río. ¿Cómo diablos escribir lo que es “ser” un río? No. Desistió y guardó celoso aquellos instantes, aquellas visiones y milagrosamente lograba recordarlas intactas.

  Cierto día soñó una ciudad quieta, semejante a la suya y al despertar ya no volvió a dormir: temía haber perdido su mágica capacidad para la fuga, para inventarse otros lugares y comenzó a adelgazar y en la cara se le marcaron de golpe sus ochenta años recién cumplidos.

  Otros hombres habían llegado a la ciudad. La construían a un ritmo vertiginoso, haciendo que los pájaros volviesen a los árboles aturdidos por las demoliciones o la cacería. Hubo quien abrió un bar con hot-dogs y comidas instantáneas; otro que inauguró un cine y una estación de radio. La ciudad pareció despertar, estremecerse, como la bestia largo tiempo oculta que sale a las luces del progreso.

  Llevaba –dicen- cuatro años sin dormir. La ciudad era un gran centro turístico.

  La última tarde de agosto, el viejo Edwin Poitier cruzó el umbral de su casa con un paquete bajo el brazo y cerró la puerta con doble seguro. Abrió el paquete, sacando de allí un gran trozo de carne. Lo comió en la mesa, sin inmutarse. Después fue a la cama y el peso de muchos años de insomnio cayó sobre sus párpados: las visiones ahora fueron silentes y más bien soñadas con la piel y los huesos y no con la vista y el oído. Murió varias veces; pero al resucitar se encontraba más joven, más resuelto, con un desconocido vigor en las articulaciones.

  La carne comenzó a podrirse. El mal olor se incrustó en el techo, en los muebles. Pronto una legión de gusanos llenó la pared.

  La carne era una ciudad desnuda y los gusanos habían memorizado el camino entre sus ruinas y se iban con estruendos de insecto y se incrustaban en cualquier lugar de la amplia, vastísima carne. En medio de aquel extenso sitio, Edwin Poitier a veces soñaba.

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