El relámpago

  El conejo súbitamente lo comprendió todo. Advirtió su propia forma, su profundidad, su tristeza. Recordó su infancia, el bosque, la luna sangrienta alzándose como un sacrificio. Supo que era un conejo. Era el segundo animal de la Creación en advertirse. Entonces deseó gritarlo, correr hasta sus semejantes y hablarles de la maravilla que había descubierto y secretamente –pues aún era modesto- aspiraba a convertirse en un guía para su gente. Arrebatado, intentó saltar y no pudo. Miró asustado la oscuridad y, justo antes que aquel relámpago de conciencia se apagase, sintió en su espalda el frío desesperado de los tenedores.

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