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El acercamiento a  Almotásim

  Jorge Luis Borges escribió un relato que todos supusimos apócrifo durante varios años: El acercamiento a Almotásim, novela del autor hindú Mir Bahadur Alí, siempre fue para nuestros pacíficos cerebros una invención. Pero hace algún tiempo encontré en mi vieja librería de New Orleáns, casi destrozada, esta novela que ostenta el mismo título que la reseñada por Borges con mayor fortuna. Por desgracia soy un pésimo prologuista, carezco de la sutileza y del arte de injuriar. Mas debo confesar que me enfadé con Borges. ¿Qué le hubiera costado ceñirse al verdadero contenido de ese texto que conocía y le gustaba? ¿Qué necesidad había de trastocar el nombre del verdadero autor por el de un escritor de Bombay? Solo él podría contestar esas preguntas.

  La foto en la portada de la edición original, que constaba quinientos ejemplares, impresa en Liverpool y distribuida por las colonias de ultramar, nunca dejó de fascinarme. Era demasiado contradictorio que el grupo de fieles a la entrada de una iglesia en un lugar que desconozco no mirasen a la cámara que les inmortalizaba y sin embargo mantuviesen la actitud hierática del que espera ser retratado. Resultaba evidente la existencia de un segundo fotógrafo. Por supuesto que ese detalle no le quitaría el sueño a ningún individuo; debo confesar que estuve pensando en el fotógrafo ausente hasta que el azar o las cantinas de Maine, pusieron en mis manos la fotografía original, de la cual se había extraído el fragmento que aparece en la portada de El acercamiento… Un sujeto que mendigaba por las cercanías del bar Victoria, en La Habana, la vendió junto a otras curiosas excentricidades a mi amigo Joaquín Manila durante el verano de 1991. La foto fue tomada a mediados de 1922 ante la iglesia del pueblo de Fray Benito en la antigua provincia de Oriente, Cuba (llamada Sumatra en la novela). ¿Cómo llegó a manos de un editor de Liverpool aquella imagen? En la parte trasera de la foto se encontraba grabado el nombre del fotógrafo Tadeus Zimmer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El singular retrato de este hombre aparecía también entre las fotos que le fueron vendidas a Joaquín en La Habana, junto a otras dos imágenes de ignorada procedencia. Todas estaban fechadas a principios de agosto de 1922. La foto que he dado en llamar La plaza a mediodía, pronto me deparó nuevas sorpresas.

  La foto captura un instante del tráfico en algún pueblo del Oriente de Cuba. La calle es bastante común, sin carteles para identificarla; vemos cinco o seis individuos que avanzan hasta desaparecer bajo la turbia luz del mediodía. Lo inquietante es que esta puede ser cualquier calle en cualquier pueblo del mundo. Y la prisa horrenda que manifiesta una de sus figuras la hacía parecer específica, inconfundible. Como si tuviera vital importancia el hecho de recordar esa calle entre millones. Tadeus Zimmer lo comprendió de alguna forma y por eso la fotografía llevaba inscritos al dorso estos versos en inglés:

                                                   We have graven the mountain of God with hands,

                                                   As our hands were graven of God, they say,

                                                  Where the seraphs burn in the sun like brands

                                                  And the devils carry the rains away;

  Son fragmentos de un poema de Chesterton titulado For Four Guilds. El poema se encuentra dividido en cuatro partes y esta sección corresponde a The stone-masonsLos albañiles-. ¿Qué desesperada analogía encontró aquel exiliado norteamericano entre la foto y los versos? Nada hay de amenazador en la calle excepto la figura de ese individuo curiosamente desenfocado. Me encontraba releyendo los versos de Chesterton cuando la seguridad de haber visto anteriormente la imagen del individuo se apoderó de mí –la frase es manida, pero literal-. Me abalancé sobre el viejo ejemplar de The Approach to Al-M´utásim. Allí encontré lo que buscaba: al inicio del onceno capítulo aparecía una reproducción del individuo que cruza la calle en la foto de 1922. El novelista Acheron Hablin (maliciosamente bautizado como Mir Bahadur Alí en la crónica borgeana) la había utilizado para encabezar los delirios del antagonista.

  Inexplicablemente me convencí de que la solución del enigma radicaba en dilucidar el sentido de las dos últimas fotos. El único obstáculo para ello era el haber basado todo, hasta ese día, en la intuición de que algo no andaba bien. Les puedo asegurar que nunca he sido un individuo a quien le interesen las ideas extravagantes, pero la situación se iba de mis manos. Si hubiese sucedido algo diabólico en aquel pueblucho hace más de ochenta años, nadie en la actualidad resultaría perjudicado por mis aciertos o desventuras. Así que decidí leer la destrozada novela de Acheron Hablin, la cual había permanecido aguardando sobre mi estante en calidad de rareza bibliográfica. El resultado me inquietó muchísimo. No diré que me quitó el aliento o la razón, porque es excesivo. Mi percepción del mundo no se vio alterada. Las cosas permanecieron en su respetuosa quietud y yo pude pasearme por las calles como siempre lo hice. Estos son los cuatro capítulos que explican –creo yo- el origen de la penúltima foto, en cuyo reverso aparecían otros versos de G.K. Chesterton, esta vez pertenecientes a la sección The Bridge-Builders del poema For Four Guilds:

                                                             In the world´s whitest morning

                                                             As hoary with hope,

                                                            The Builder of Bridges

                                                            Was priest and was pope:

                                                            And the mitre of mystery

                                                            And the canopy his,

                                                           Who darkened the chasms

                                                            And domed the abyss.

Capítulo I

  Hace veinte años que empecé mi búsqueda. El perseguido comenzó la suya mucho antes. Almotásim era un músico hindú del que me hablaron en el Ecbatana, un sórdido almacén de bebidas en México. Evitaré a lo largo de esta narración las enumeraciones y los posibles intentos de racionalizar. Es difícil. Mi tarea debe ser aséptica. A pesar de encontrarse involucrados muchos individuos en esta búsqueda y a pesar de haber dilapidado mi herencia familiar, creo al menos que pude alcanzar una certeza mínima sobre los acontecimientos que rigen al hombre y a sus hallazgos. No hay lenguaje más eficaz que el de la crónica: así que me atendré a los sucesos. Nunca aportaré ni siquiera la más mínima conclusión.

  Al morir mi padre -el Reverendo Tadeus Zimmer de la Iglesia Metodista de Providence-, recibí una carta donde se excusaba por dejarme en herencia tan sólo el nombre y su cuarto oscuro para revelar fotografías. La vieja cámara de mi padre fue rematada junto a los muebles de la antigua residencia en Weldon St. Mi madre Johanna Saunders y yo nos vimos obligados a mudarnos a un viejo pueblo del Sur llamado Green Oaks, donde arribamos durante la madrugada del 10 de septiembre de 1911. Traje conmigo el inútil laboratorio.

  El pueblo se encuentra ubicado sobre una llanura que corta en dos ese pequeño riachuelo, afluente del Mississippi y llamado pomposamente Winion River. Allí iba a pescar todos los sábados con Mark Selton, un muchacho hijo del pastor de la Iglesia Anabaptista. Mark era bastante simpático y le gustaba beber. Yo no compartía ninguna de sus inclinaciones -de estar vivo mi padre, me hubiera desmembrado en caso de encontrarme bebiendo o fumando-.

  Los atardeceres en Green Oaks eran alucinantes. El horizonte parecía estallar con sus nubes de un vago color púrpura. No sé cómo los colores se agitaban para transparentarse, ni qué idea divina les sugería tales acoplamientos. Lo cierto es que las formas resultaban perfectas y sobre el monte Hummer adoptaban figuras de ángeles y bestias.

  Llovía a menudo y la casa se volvía silenciosa, como si alguien hubiese sacudido el ruido en el exterior dejando la casa limpia de huellas y palabras. Esos días podía cerrar los ojos y escuchar el vacío. Nunca realmente se está uno limpio del todo. Siempre queda algún rincón donde la quietud, hecha diminutos grumos de polvo, se levanta y asciende por encima de un rayo de luz escapado a la tormenta.

  Las lluvias eran prolongadas, restallaban por las noches los relámpagos. Yo dormía solo en la habitación del segundo piso y la casa se estremecía, despertándome. Siempre pensé que la casa me decía algo. Pero nunca llegué a descifrar su mensaje.

  Llevábamos viviendo tres años en Green Oaks cuando mi madre decidió comprarme la cámara fotográfica. Lo hizo como estímulo a mis estudios y yo lo vi como una liberación. Me pasaba los días retratando las riberas del Winion o las viejas lápidas del cementerio, o los claustros de la iglesia de piedra blanca y fría donde, el disparo del magnesio asustaba a las decenas de aves que dormían entre los arcos. Fotografiaba los lentos carromatos que se dirigían al oeste cuando los días de feria y a los apacibles trigales; allí los negros trabajaban por míseros sueldos y sin embargo me pedían dos minutos para arreglarse y posar orgullosos ante mi cámara.

  Cierto hecho mínimo pero sin precedencias en la historia del pueblo sucedió: mi madre escapó con un negro. Yo cumplí 16 años aquella mañana de abril.

  No conocía personalmente a George Kindman, pero todos aseguraban que era un miserable y que en varias ocasiones sus huesos habían ido a dar a la comisaría. Pero otro negro me dijo en secreto que Kindman era un buen hombre y que mi madre no era ninguna desvergonzada. Que era inútil seguirlos.

  A George Kindman lo ahorcaron el 7 de diciembre de ese mismo año. Mi madre nunca apareció.

  La noche que ahorcaron a Kindman intenté hablar con él pero los de la comisaría me lo impidieron. En las afueras una muchedumbre pedía a gritos que fuera quemado. Al salir, la turba me alzó en hombros y recorrió conmigo la plaza lanzando alaridos. Luego, sin saber por qué, me encontré gritando por la muerte del negro. Esa noche recuerdo que una tormenta se cernía sobre el monte Hummer; antes de que la multitud me llevara al cadalso para tirar de la cuerda logré evadirme y acompañado por Mark ascendí hasta las cumbres negras y filosas.

  El monte parecía el Vesubio en erupción y su estruendo aparentaba el despertar de una divinidad. Los truenos y relámpagos y la gritería del pueblo que avanzaba por las orillas del Winion alzando antorchas extraordinarias incendiaban la noche. Un mastín ladraba desde las alturas. Abajo las gentes rodearon el patíbulo y se abrieron grandes toneles de vino y cerveza. Mark y yo contemplábamos la devastación.

  Supe que Green Oaks se había adentrado en una época distinta: los últimos estertores del negro culminaron al alba.

  Recogí mis escasas pertenencias y me fui a México.

 

  El vapor Hauptman surcaba el lento oleaje del río con una inocencia que recordaba a las voces de los negros. El agua, en aquella mañana, parecía reposar del ansia de los ahogados –dicen que todas las pendencias eran resueltas en su orilla mexicana y que el río traía varios cadáveres por noche-. Entonces brotaba el rumor de las plañideras que venían desde Paso Alto a rezar por los difuntos. En el Día de los Muertos tocaban orquestas y se bebía tequila y mezcal; se disparaba al aire, como quien balacea a Dios.

  Yo desembarqué en Chihuila, o mejor dicho, me arrojé al agua pues el barco hacía una travesía de turismo y no se detenía en tierra mexicana. El sol parecía quemar los objetos o bruñirlos a tal extremo que las guardas de las monturas se volvían incómodos relámpagos fijos y cada jinete parecía montar sobre un sol deforme. La tierra alrededor estaba calcinada, lejanos huesos de perros y esos animales llamados zopilotes eran las únicas cosas tangibles en medio de la atmósfera. A lo lejos se veía el caserío de Paso Alto y a mi derecha aquel par de jinetes que se iba tragando el desierto. Esperé a que desapareciera el último y me dirigí hacia el pueblo, con las ropas aún chorreando agua.

  Paso Alto no era la gran cosa. En México nada lo es y a los mexicanos eso no parece importarles demasiado: cincuenta chozas, la taberna y la iglesia eran los bienes de Paso Alto. Compré un caballo y me alejé sin otro recuerdo que el de un idiota que cantaba la misma tonada junto a su desvencijado portal. Me estuvo mirando hasta que desaparecí en el polvo.

  Cabalgué a través del desierto y no vi los famosos espejismos. Eso me desilusionó.

  El siguiente pueblo era San Sulpicio; parecía la réplica de Paso Alto, solo que no tenía idiotas. Lamenté aquella ausencia y me despedí con un nuevo caballo, regalando el otro a un vinicultor alemán que estaba de paso y se dirigía a Los Ángeles. Se hizo de noche.

  Era la primera noche que pasaba en tierra extranjera. En el cielo la vasta tierra era duplicada con todos sus detalles como sobre un espejo y su forma cóncava abatía los últimos estertores del horizonte, la última luz, que es como decir la última de las esperanzas. Saqué mi revólver y lo apoyé en mi cabeza. Pensé en mi madre y en la agonía de George Kindman.

  Mi índice rozó el frío metal del gatillo.

  La mole de hierro apareció de la nada y rompió la oscuridad con un grito:

  ¡Viva Pancho Villa!

  El tren comenzó a pasar frente a mí: confundido por las tinieblas, había armado mi pequeño campamento casi al lado de las vías y el tren avanzaba con las luces apagadas para evitar los asaltos de los carrancistas. Me convencí que por nada del mundo debía intentar nuevamente el suicidio.

  Los soldados me ayudaron a subir. Pregunté en mi español primitivo a dónde se dirigía el tren. Me miraron riéndose y llamándome gringo, contestaron a coro: a Guanajuato.

  El viaje fue extraordinario. A ambos lados se extendían las haciendas, con verdes plantaciones de maíz. El desierto quedó atrás a la tercera noche, envuelto en el grito de los coyotes y en el vuelo circular de los zopilotes. Un ritmo monótono nos adormecía, el vapor iba ascendiendo desde los rieles y traspasaba la densa coraza del tren. Por suerte aparecieron las haciendas.

  Aquí la vida era más alegre, contrastaba con los pueblos fronterizos en más de un aspecto. Cada fin de semana se organizaban ferias, donde los miserables campesinos acudían a vender su cosecha -la poca que les quedaba después de entregar su parte al terrateniente-. Los soldados me hablaron de Pancho Villa.

  Pancho Villa constituía una especie de criatura inmortal. Su apariencia, en el recuerdo de los soldados, resultaba totalmente contradictoria. Algunos decían que se trataba de un hombre gigantesco y otros decían que era chaparro. Otros juraban que tenía la piel casi negra y otros decían que pálida, que la oscuridad que le atribuían era a causa de las fotografías. Siempre lo retratan a la sombra. –me dijo otro de los soldados- . Yo nunca tomé partido y los escuché en silencio. Todos coincidían al elogiar su valor demencial y su magnificencia. Le permite a los que fusila que dirijan su propio pelotón. –decían los soldados y agradecían al cielo por aquel jefe tan piadoso- Me empezó a agradar Pancho Villa.

  A medida que llegábamos al fin de nuestro viaje se extremaban las precauciones. Se suspendieron las grandes borracheras a bordo y se requisaron todas las guitarras y trompetas. Nos comenzábamos a internar por las tierras de los carrancistas.

  Trabé amistad con un teniente de apellido Marchena: José Dolores Marchena.

  Al día siguiente una ráfaga de ametralladora le arrancó los ojos.

  Íbamos por Xicapatel. La noche anterior había estado lloviendo, a los lados del camino se amontonaban los arbustos y el fango arrastrados por el río que se había salido de su cauce. Llegó la orden de permanecer alertas, con las armas listas, pues el terreno era propicio para las emboscadas. El tren aminoró su velocidad para evitar los descarrilamientos. Cientos de ojos exploraron palmo a palmo los arbustos.

  La locomotora estalló, ensordeciendo a trescientos soldados. Una gritería surgió de los arbustos y vimos a decenas de guerrilleros dispararnos a través del fango: habían permanecido enterrados en el lodo mientras nuestro tren avanzaba.

  Por suerte teníamos cañones.

  Recuerdo que en media hora desaparecieron los arbustos y el fango. La metralla barrió el área de los guerrilleros obligándolos a retirarse.

  Entonces vimos las avionetas.

  Muchos hombres rezaron. Yo bajé del tren y corrí hacia las montañas.

  Conservaba la imagen imborrable de Marchena. Su rostro desgajado, sosteniéndose los ojos como un tesoro inútil. No murió en paz. Solo esa muerte recuerdo porque el negro George Kindman murió en un Paraíso comparado con esto. Siempre hay algo abominable en cualquier muerte. Es como si el hombre no estuviera hecho para ella, es una violencia demasiado perturbadora. El cuerpo no la acepta y ella insiste hasta corromperlo. Una muerte específica es siempre más perturbadora y abominable que la Muerte.

  Vagué por las montañas hasta encontrar el pueblo de Chomila.

  Había una feria en medio del pueblo que se parecía a todos los otros pueblos del norte. Sin embargo las gentes no hablaban, ni se escuchaba música. Los cambios y las ventas se realizaban en voz baja, intentando preservar una calma que el cielo se empecinaba en estropear: truenos lejanos se dejaban oír al otro lado de las montañas. Los niños jugaban silenciosos, dejándose llevar por la noria que revolvía el polvo de las calles, silenciosamente. Yo anduve entre aquellas personas y no encontré miradas de extrañeza pues estaban demasiado ocupados con sus negocios. Me dirigí a una iglesia abandonada con la esperanza de encontrar refugio por esa noche.

  La iglesia aparecía al final de la última calle de tierra, sobre una pequeña elevación. La techumbre había sido arrancada por los lugareños, así me expliqué la uniformidad en los techos de las viviendas. El Cristo abandonado me observó profundamente desde la pared. Yo me senté a su sombra. Tenía hambre y sed.

  Una losa comenzó a moverse. Al inicio creí que la visión era producto del cansancio, pero la losa continuó desplazándose hasta descubrir un nicho excavado en la piedra. Adentro se dejó oír una voz: Pásale, gringo, o te lleva el diablo.

  A rastras me adentré por el agujero. Tras de mí dos manos toscas cerraron la abertura. Pude ver un largo pasadizo y alguien a mi espalda me dio un leve empujón. No te vires, camina hacia la luz. Caminé varios pasos y al volverme, no había nadie.

  La luz era débil al final del túnel. Las paredes habían sido excavadas hacía mucho, pues el sólo roce de mi mano les arrancaba grumos de arena, escuché voces y guitarras. Apresuré el paso. La luz se hizo mayor pero aún seguía siendo tenue, como de lámparas de petróleo.

  Entré sin darme cuenta a una especie de taberna subterránea.

  Se trataba de un recinto circular, excavado en la roca viva. Debía haber sido la antigua catacumba de la iglesia. Dos hombres gritaban canciones que hablaban de endemoniados y héroes y cornudos. Una barra cruzaba buena parte de la taberna y detrás un indio gordo servía incontables tragos a los cuarenta hombres que se hacinaban en la cueva. La mayoría eran soldados de Carranza, los otros eran indios o campesinos. Nadie pareció notar mi llegada pues todos se encontraban ebrios y yo pedí al indio una botella de mezcal y fui a sentarme junto a la más apartada de las mesas, que el humo de los tabacos había ido difuminando hasta transformarla en una criatura evanescente. Allí sólo dormitaba otro hombre envuelto en un sarape multicolor. El enorme sombrero le tapaba el rostro y brillaban las fundas enchapadas en plata de sus pistolas. Sobre la pared frente a mi mesa habían escrito con letras que ha deformado no sé si el alcohol o la memoria: Ecbatana.

  Mientras bebía, pude pensar. Hacía tiempo que no lo hacía, como no fuera para suicidarme. Recordé a mi madre, recordé los días de lluvia en Green Oaks. Estaba demasiado lejos: ¿qué me había hecho llegar hasta aquellos lugares, qué me conducía en aquella ruta absurda que cruzaba por el medio de la nada y me devolvía a su centro? Yo nunca fui un aventurero o un buscador de tesoros. Siempre quise ser fotógrafo. Solo eso. Algo parecía impedirlo con todas sus fuerzas. Comencé a manosear mi revólver. No lo hagas –dijo en un perfecto inglés el individuo de al lado- he estado buscándote por demasiado tiempo.

  Era Mark Selton.

  Conversamos y bebimos hasta que las palabras fueron desvaneciéndose en el sopor de los mezcales. La historia de Mark era simple: luego de mi desaparición me había rastreado hasta la frontera y luego llegó a Veracruz, donde conoció a tres de los sobrevivientes del convoy y estos le explicaron el lugar de la emboscada. Llegó a Chomila con siete dólares y un revólver. Tenía sed y un indio lo condujo hasta el Ecbatana, que en realidad era el almacén clandestino del pueblo; allí ofreció la recompensa de tres dólares al que me trajera consigo. Luego se sentó a esperar; todo era demasiado incierto, era disparar en la oscuridad con la diferencia –o la ventaja- de ser ciego.

  Cuando te vi entrar por ese hueco, supe que Almotásim existe. –murmuró al tiempo que encendía un tabaco pestilente-. ¿Quién es Almotásim? –pregunté-. Por toda respuesta, Mark extrajo de su bolsillo una manoseada edición inglesa con varios poemas de Chesterton. Me leyó dos fragmentos de For Four Guilds. Mientras leía, su voz era baja y gutural. El tranquilo y alegre muchacho que alguna vez conocí, parecía haberse desvanecido en aquella voz. Otro hombre lejano y triste me leía.

                                             We have graven the mountain of God wtih hands,

                                             As our hands were graven of God, they say,

                                            Where the seraphs burn in the sun like brands

                                             And the devils carry the rains away

  Se detuvo por un instante. Luego me explicó que aquellos versos se referían a los stone-masons, los hacedores de la Piedra. Al principio ellos habían labrado la roca interna del mundo, donde luego se asentaron las civilizaciones que el hombre conoce y los dioses que reverencia. No tienen lengua porque trabajan en silencio, construyendo ese universo doble. No tienen rostro, porque ninguna deformidad basta para labrar su carne y darle individualidad. Son un gremio, es decir, una mente única y absoluta que se pasea a rastras por los túneles del mundo. Entonces susurró otro fragmento del poema.

 

                                                      In the world´s whitest morning

                                                      As hoary with hope,

                                                     The Builder of Bridges

                                                     Was priest and was pope:

                                                     And the mitre of mistery

                                                     And the canopy his,

                                                    Who darkened the chasms

                                                    And domed the abyss.

  Y me explicó que se refería a los Constructores de Puentes -seres de alas membranosas que durante un tiempo elevaron la misma Torre de Babel-. Castigados por el Señor, cayeron a las profundidades y fueron llamados Gules, en recuerdo de su ambición de espacios libres, de bóvedas puras y celestes. Los Gules fueron enterrados bajo el aire sólido de los abismos y allí volvieron a labrar, con paciencia infinita, los puentes de su futura ascensión.

  Dos gremios más existían pero en su propio antagonismo se anulaban. Sólo los Stone-Masons –llamados Démones- y los Gules sostenían una guerra desesperada.

  Nunca había escuchado tantas estupideces juntas.

  Mark sonrió cuando se lo dije. Acto seguido me enseñó a una mujer –la única en aquel recinto- que resistía desesperadamente las caricias de un borracho. Las ropas se le habían caído del cuerpo y se paseaba semidesnuda entre los gritos de los indios. Se volvió hacia nosotros pidiendo mezcal.

  Era mi madre.

  Empujé a Mark Selton y saqué mi revólver. Entonces desperté en el desierto. Estaba junto a las vías por donde pasara el convoy de los revolucionarios. En mi atolondramiento solo podía recordar la voz de Mark: Encuentra a Almotásim.

 

  Luego del desafortunado encuentro con mi madre regresé a los Estados Unidos el tiempo suficiente para vender mi casa y recuperar mi cámara fotográfica. El pueblo parecía no recordar el linchamiento; incluso fingieron no reconocerme, pero muy rápido encontré un comprador para la vieja casa. Durante aquellos días pensé mucho acerca de lo sucedido en México. Lo que más me perturbaba era lo absurdo y asqueroso de aquellos manejos. Resultaba inútil recurrir a la ley pues buscar a alguien en aquel país es imposible, aún siendo ciudadano estadounidense. Solo tenía la desesperada opción de buscar a Almotásim y entregarlo a la secta a cambio de mi madre.

  Antes de partir, visité el cementerio donde estaba enterrado mi padre –al llegar a Green Oaks habíamos hecho traer desde Providence sus restos-. Allí no supe muy bien qué hacer, pues soy torpe para esas cosas. Le di unas leves palmaditas al solemne panteón y me puse a recorrer las tumbas. Entonces encontré el primero de mis terribles hallazgos.

  A mi izquierda se erguía una diminuta lápida y sobre ella estaba escrito por una mano presurosa: Mark Selton 1899-1915.

  Recordé la figura envuelta en el sarape multicolor, el gigantesco sombrero y la voz que declamaba poemas de Chesterton. A pesar de todo, también eso era Mark Selton. Aquel suceso me decidió de una vez por todas a emprender esta búsqueda, quizás eterna; sin embargo me consolaba el hecho de que ese Mark hubiese dado conmigo en medio del desierto y la guerra. Presentía detrás de mis ideas algo que no me atreví entonces a revelar. Me concentré en un solo objetivo: ¿Dónde encontrar al músico hindú? Luego me formulé otra pregunta, imposible de contestar: ¿Cómo había llegado a conocer el oficio y la nacionalidad de Almotásim?

  Decidí irme a París.

  Desembarqué en El Havre el 5 de agosto de 1919. Hacía poco tiempo que la Gran Guerra había terminado. Las calles estaban llenas de gentes parlanchinas y felices. Mi torpe francés no podía seguir la velocidad de las frases, ni captar los chistes en los cafés del puerto: en uno de estos cafés me hice de un revólver y una navaja.

  París era la niebla que iba tramando el paso de la gente.

  Los Champs Elysées se perdían en la distancia del amanecer y Saint-Germain des Prés, el antiguo boulevard de los artistas, aún permanecía desierto. La mañana era excesivamente fría aunque no nevaba.

  Caminé por la interminable Rué de Saint-Lazaire. A un lado y a otro las enormes mansiones que asistieron a los días de la Revolución con el mismo rostro sereno, parecían darme su bienvenida. A nadie le importaron los lentos pasos del extranjero en la niebla. Doblé por la pequeña y casi invisible Rue des Trocadours.

  Era esta una calle que ostentaba prostíbulos en ambas aceras. A esa hora se dormía. O quién sabe. Por mi parte caminé hasta encontrar un hotelucho que se alzaba prácticamente sobre la nada, en busca de mayores espacios. El aire penetraba a través de sus muchas grietas: durante otra época fue un lugar curioso, ahora estaba al borde del derrumbe.

  Todas las casas habían sido construidas con el mismo tipo de piedra gris y aquello daba una sensación de uniformidad plástica casi enfermiza. Dos animales que supuse eran gatos corrieron a través del resplandor inicial, que descendía por los zaguanes y las llamativas marquesinas de los prostíbulos. La mañana comenzaba a vislumbrarse desde El Havre hasta los puentes sobre el Sena. La sensación de aquella lejanía me impactó profundamente. Todo callaba, pero a la vez todo parecía querer gritar una alegría solo comparable a la de los primeros hombres. La calle iba amaneciendo a partir del silencio absoluto, justo como en el pasado –un pasado indiscernible- lo había hecho el universo.

  Me detuve a la entrada del hotel. Llamé cinco veces, hasta que salió el encargado.

  El hombre me condujo al vestíbulo desierto. Unos gorriones invisibles revoloteaban entre las vigas. El hotel parecía un andamio.

  El encargado tomó mi equipaje –solo dos valijas- y comenzó la ascensión de la escalera más torcida del mundo. Había tramos en los cuales los escalones parecían tornarse invisibles, tal era la oscuridad. El agradable olor de la madera húmeda nos circundaba: me pareció estar en un barco que por alguna tormenta hubiera sido arrojado a la costa y luego remontado hasta la Rue des Trocadours.

  Nos detuvimos frente a mi puerta. El encargado abrió una penumbra que no se detuvo hasta colmar de una oscuridad tibia el pasillo. Bienvenido, señor. –dijo el encargado y acto seguido se hundió en la escalera-. Yo entré sosteniendo mi navaja por su empuñadura de marfil.

  Esperé aquel día que vinieran a asesinarme. Nada sucedió. Eran los últimos vestigios de mi estupidez.

  Salí al anochecer y caminé entre las luces de los prostíbulos. La Maison Rouge brotaba con su corazón lumínico al doblar la esquina. El bullicio era ensordecedor. Yo caminaba envuelto con mi vieja gabardina. Los ojos de las mujeres iban seccionándome en diversas porciones donde se agrupaban: raza, dinero, inclinaciones sexuales, posible inteligencia, nacionalidad. Las mujeres se estrujaban contra los sucios marineros de Taiwán o de Islas Vírgenes, o contra los negros de Harlem y New Orleáns. El barro tenue se escurría por la calle y suaves cachorros lamían el sucio pavimento. La ciudad me pareció de pronto un lugar muy triste.

  Yo vagaba sin rumbo fijo. Me detenía largamente en las esquinas donde la suerte podría depararme el ansiado encuentro con Almotásim. Pero todo era inútil: de la sombra nacían inválidos de la pasada guerra, niños errantes, mujeres con el rostro torcido, fumadores de opio. La noche era un barco que se hundía en mi cabeza.

  No sé cuánto tiempo estuve vagando. Me encontré frente a un cabaret que parecía una ruina. Empujé la puerta de cristales verdes.

  Estaba casi vacío; adentro la inevitable orquesta de negros tocaba su melancólico blues. Comenzó a llover.

  Me senté en una de las mesas cercanas al círculo de luz del escenario; nunca había escuchado con detenimiento la música de los negros: blues, jazz, spiritual eran palabras horrorosas para el oído de cualquier blanco nacido en el sur.

  Por momentos olvidaba a Almotásim y me parecía regresar a las desoladas cumbres del Hummer, a la quietud litúrgica del Winion River.

  Vilma Rodescu era la cantante de la orquesta. El pianista era Bob Saunders y el hombre que tocaba la trompeta como Dios, se llamaba Big Joe Harrigan. La lluvia caía como un ciego contra las aceras, y a nadie le importaba.

  Cuando terminó la canción, le pregunté a Vilma si conocía al músico hindú llamado Almotásim. Solía tocar en Le Grand Duc. –me dijo y acto seguido, tomándome por el brazo susurró- Nosotros vamos allá. ¿Por qué no vienes?

  El corazón me dio un vuelco.

  Otra vez el extraño círculo parecía armarse, para luego deshacerse. Yo sabía que Almotásim ya no iba a estar en Le Grand Duc. Me pareció, por un breve instante, que me hallaba en la catacumba de la vieja iglesia mexicana. Recordé los mezcales y el tintineo de la plata en las fundas y los sombreros. Es mejor dejarse llevar –me dije-. Y seguí a los músicos.

  Le Grand Duc surgió de la bruma en la alta noche. Sus puertas se erguían junto al Sena; allí el río pasaba repitiendo las ondulaciones de la voz de Vilma Rodescu.

  A pesar de mi trágica experiencia con George Kindman, nunca logré odiar a los negros; aquella noche la inmensa cantante de jazz me convenció de otra belleza que solo había presentido ciegamente. La música de los negros era una de las tantas formas de su tristeza. Eran hombres alegres, pero enfermos de otros recuerdos que iban más allá de los campos de algodón y de los trigales del sur. Iban a un lugar confuso que tampoco era África: así me expliqué el jazz.

  El interior del cabaret estaba literalmente forrado de rojo. Era un color intenso, profundo, orgiástico. Afuera la lluvia continuaba sin importarle mi desesperación. Cerca, muy cerca, adivinaba el objeto de mi búsqueda. Las figuras en el interior desaparecían bajo el océano rojo, en las cortinas que dejaban ver lujuriosos pasillos de múltiples puertas que conducían a otras igualmente infinitas habitaciones con mujeres que daban sentido a la trama laberíntica del cabaret. Pensé que el infierno abría sus puertas tras los cortinajes y me dejé llevar por Vilma Rodescu al más retirado de los alvéolos. Allí un individuo aquejado por una extraña enfermedad oriental permanecía atado a su cama mientras sus huesos crujían en medio de las contracciones. Lo habían inmovilizado para que él mismo no se descoyuntara los huesos. Ya una vez se había destruido la rótula golpeándola con el antebrazo en el cual juraba no sentir dolor. El cuarto apestaba a carne descompuesta. Nada podía desalojar ese olor.

  Vilma Rodescu me dijo que Almotásim solía tocar su guitarra para el enfermo. Yo creí vislumbrar otra relación equívoca, algo más obsceno. Pero lo mejor era guardar silencio. El enfermo estaba vestido con un pijama azul en el cual los escupitajos habían dejado largas manchas grises.

  Hacía calor.

  El hombre ponderó las virtudes de la música compuesta por Almotásim. Su cabeza giró satisfactoriamente para dar a entender que lo extrañaba, luego uno de sus brazos retorcidos señaló a un punto en la oscuridad. Allí solía sentarse –me explicó Vilma-. Luego de insoportables estertores y babeos, el hombre me dijo que hacía media hora Almotásim se había ido hacia la Gare du Nord y que luego pasaría por el café que está en la Rue Bruyére, llamado el foso de las pulgas. Allí iban los artistas de Montmartré a esperar borrachos el nuevo día. Dio un giro casi mortal sobre la cama y me dijo que recordaba de memoria un poema de Chesterton. Su boca torcida recitó.

                                                            In the world´s whitest morning

                                                            As hoary with hope,

                                                           The Builder of Bridges

                                                            Was priest and was pope:

  Salí corriendo de la habitación y atravesé decenas de pasillos y de sótanos. Corrí a través de los alvéolos escuchando la voz de Vilma Rodescu a mis espaldas. Pronto me encontré en la Gare du Nord. La lluvia había cesado.

  Continué hasta divisar a lo lejos la Rue Bruyére. Tomé un coche y descendí cerca del café o foso de las pulgas.

  Era un lugar en extremo acogedor; sus vitrinas daban a la calle y de él emanaban luces que invitaban a entrar y beber. Adentro lo habían recubierto de madera finamente tallada. No recuerdo qué formas tramaba la madera: solo recuerdo al centauro labrado sobre la pared del fondo… me pareció un aviso, aunque no supe de qué. Recordaba la misma sensación que padecí al observar las letras en el Ecbatana. A mi izquierda una mujer lloraba apoyada contra el mostrador, más allá siete negros cantaban baladas sureñas, un tipo con cara de irlandés bebía apartado de todo y de todos, otro grupo de franceses charlaba junto a la barra del café. Entonces la vi.

  Recostada a la pared, junto a otra mujer esbelta de rasgos distinguidos, descubrí la extraña guitarra de Almotásim. Sin saber cómo, estaba seguro que aquel instrumento solo podía pertenecerle a él.

  Me acerqué, listo para abalanzarme sobre el primer sospechoso que apareciera. Nada sucedió. Palpé en mi bolsillo la navaja.

  Entonces no lo supe, pero creo que deseaba matarlo.

  La mujer me miró y sonriendo me invitó a que la acompañara. Veo cómo le gusta esta guitarra, se le nota en los ojos. –me dijo mientras me ofrecía el asiento a su derecha- Es un instrumento muy antiguo. No lo vendería por nada en el mundo.

  Le expliqué que no estaba interesado en el instrumento y pareció desanimarse. Le pregunté por Almotásim. Ese sujeto también lo anda buscando –me dijo señalando al irlandés- Pero usted debe conocerlo, si no habría ignorado esta guitarra. ¿Alguien lo ha enviado?

  Le contesté que era amigo del lisiado del Grand Duc. Y de Vilma Rodescu, por si las dudas.

  La mujer pareció aliviada. Entonces me mostró el revólver que ocultaba bajo el abrigo. Me dijo que ella era su mujer, o al menos lo había sido por mucho tiempo: los cuatro años que Almotásim vivió en París. Me confesó que el indio padecía un delirio de persecución que le había hecho viajar medio mundo huyendo de algo que él mismo desconocía. Ella y un grupo de músicos amigos le juraron que lo protegerían y así lo hicieron, hasta que cinco días atrás, le volvieron los ataques y juraba que alguien vendría por el mar para eliminarlo. La muerte lo asustaba por un motivo mayor que al común de los mortales. Pensaba que algo horrible iba a suceder si le mataban. Su vida era un infierno, casi nunca dormía. Trataba de permanecer el mayor tiempo posible junto a Lamondois, el lisiado del Grand Duc. De alguna manera sabía que el único lugar seguro lo constituía uno de los infinitos alvéolos en aquel laberinto.

  Le cuento esto solo porque es amigo de Lamondois. Ahora váyase. Yo me encargaré del irlandés. Ya nunca podrán encontrarlo.

  Salí del café a tiempo para escuchar las dos detonaciones: la que terminó con el irlandés y la que borró a la mujer de Almotásim.

  Tenía un rostro perturbador, de morfinómana.

  Había caminado dos cuadras cuando tropecé con un anuncio de periódico que flotaba sobre un charco frente a otro café de la Rue Bruyére. El barco inglés Emperor Jones buscaba marineros.

  Se dirigía a la India.

 

Capítulo IX

  Llegué a Pandang el 10 de agosto de 1922. Mis largas peregrinaciones me habían dejado sin ánimo. Era un joven de 21 años con el rostro prematuramente envejecido por los sufrimientos y las penurias.

  Al inicio de esta vaga crónica dije que me atendría a los sucesos, que evitaría a toda costa las conclusiones: como ven ha sido imposible. Aún la memoria de estos acontecimientos es demasiado reciente. Ya quisiera que largos años hubiesen transcurrido entre el hoy y una cercana vejez, el único lugar en el que podría sentirme a salvo pues ya he perdido mi antigua capacidad para el suicidio. Ahora soy menos idiota, pero mucho más infeliz.

  Durante estos años libré sutiles batallas contra mi intelecto, eso que trabajosamente llamamos sentido común. Hacía años que mi madre había dejado de interesarme, y como los tahúres yo continuaba cada vez más imbuido en mi juego. Yo era un perseguidor, una criatura que buscaba algo quizá trascendente, pero a la cual no le importaba la misma trascendencia de su objetivo si no la búsqueda en sí. La búsqueda, de alguna manera que entonces no supe, me libraba del mundo. Deseaba en un inicio que acabara cuanto antes para recuperar a mi madre. Luego de llegar a la India, comenzó esta singular metamorfosis y Almotásim se vio transformado en la esperanza de otra evasión quizá definitiva. Por eso deliberadamente retrasé mi búsqueda. Ya ustedes conocen los efectos de tales dilaciones.

  Después de la India viajé a Jamaica, y de allí a la isla de Sumatra.

  Pandang es una ciudad infernal. El puerto apesta más que los de la India. Hace calor, un calor que penetra hasta lo último de la retina y la transforma en un sol. Me recordó la frontera de México.

  Al igual que en México tomé el tren que conducía a los lejanos pueblos del interior del país; buscaba el que era llamado San Andrés.

  En el tren cargaban una máquina absurda que según me explicaron servía para hacer música. No pude entender de qué forma aquel artefacto sería capaz de producir algo armonioso. Lo custodiaban tres individuos cuyos rasgos eran fácilmente intercambiables. En el Oriente de Sumatra la gente parece haber sido moldeada siguiendo alguna ley de identidad perfecta: un prófugo de la justicia podría vivir en completa impunidad, si el encargado de rastrearlo no hubiese nacido en estos páramos. Creo que si llegase a vivir el tiempo suficiente por estos rumbos, yo también podría adquirir ese matiz terroso de los orientales.

  Llegamos a San Andrés luego de ocho horas de viaje. La noche había caído y escuché en la lejanía la guitarra de Almotásim. Tocaba un blues. Casi me lancé del tren pero los custodios del instrumento me detuvieron. Aún tiene que esperar. Tuve miedo, un miedo seco y triste. Yo conocía de alguna manera que estos hombres, sin saberlo ellos mismos, eran los hombres del Ecbatana o una ramificación tortuosa de ellos. Tenía que esperar. Lo habían dicho. Yo obedecí sus órdenes que no eran órdenes y al llegar al andén los seguí hasta la pensión que daba a la única calle del pueblo.

  Eran las diez de la noche, pero no había nadie afuera.

  Los hombres armaron su instrumento -llamado órgano oriental- junto a las columnas de la plaza desierta. Con calma extrajeron de largos estuches instrumentos de percusión y se dispersaron, abandonando a mitad de la desolación la fúnebre caja de música; a lo lejos parecía escucharse el silbido de una locomotora que ya no estaba.

  Al día siguiente preparé mi cámara y me fui a la iglesia del pueblo. Encontré ruinas y el altar podrido por las lluvias. Me hablaron de otro lugar al Oeste llamado Fray Benito, que tenía una iglesia nueva. Cuando pregunté en qué podía irme de allí, uno de los hombres que estaba echado a la entrada de la pensión me señaló al grupo de músicos que trataban de montar el órgano en un camión. Ellos van para allá. Aquí no tuvieron suerte.

  Hablé con el chofer y pude viajar a su lado por dos pesos. No deseaba conversar con los músicos.

  Fray Benito recuerda cualquier pueblo del Sur de los Estados Unidos, luego que un tornado lo devasta: todo sobrevivía de milagro. Las casas aparecían y desaparecían a través de los golpes del polvo. No era un lugar tétrico, si no miserable; en los interiores de las viejas casas de cuando la Colonia vi decenas de ojos observarme y luego desaparecer con un rumor por los zaguanes desolados.

  El pueblo tenía un parque en el centro y allí mismo se levantaba la iglesia de tamaño regular, algo mayor que la de Chomila, con una torre alta y el campanario de tres campanas en la punta. La campana mayor enviaba un destello metálico que se veía a lo lejos. Me acerqué a la iglesia con mi cámara bajo el brazo y me sorprendió descubrir a un grupo de niños que posaban como si estuviesen esperando que alguien les tomase fotografías.

  Busqué al fotógrafo ausente a lo largo y ancho del parque. No estaba por ningún lugar, pero los niños aguardaban estoicos. Decidí aprovechar la oportunidad.

  Monté mi cámara e hice una foto que aún conservo. Luego me fui, dejándolos asustados por el estampido seco del magnesio.

  Caminé por la calle principal hasta llegar a la taberna del pueblo. Era un buen lugar para averiguar sobre Almotásim. Aquellas preguntas sobre el músico hindú se habían convertido en un ritual que celebraba con devoción en cualquier lugar del mundo y que siempre estaba precedido por esta línea: Disculpen ustedes, ¿por casualidad conocen a… y luego las previsibles negaciones o la indicación de un paradero improbable que, en caso de ser cierto, acababa de ser abandonado. He llegado incluso a sentir su olor.

  La taberna estaba casi vacía. Solo cuatro hombres jugaban al dominó. Me dirigí a ellos y les pregunté si acaso conocían al músico hindú. Allí está.-respondieron y señalaron vagamente a mi espalda-.

  Tuve miedo, porque sentí su olor. Me volví lentamente y me encontré con una silla inclinada contra la pared y una mesa vacía.

  Quise indignarme con los hombres, pero en el fondo les agradecía la broma.

  Busqué algún lugar para pasar la noche.

(…)

  Compré el caballo y me dirigí a Santa Lucía.

  Los caminos en esta región son engañosos y en las encrucijadas puede uno demorarse varias horas, incluso un día, antes de que pase alguien a quien preguntarle. El páramo se extiende conteniendo escasas islas de árboles y la sabana que el sol castiga hasta transformarla en el desierto gris de los atardeceres. A lo lejos ladran los perros de antiguos ingenios -ahora abandonados- que esperan una estación más benévola.

  Había cabalgado durante varias horas cuando me pareció ver la hacienda en la lejanía temblorosa. Cargué mi revólver y espoleé a la bestia.

  A medida que me acercaba, el lugar se fue haciendo más humilde. Ya no se trataba de la hacienda sino de una casa bastante común, con un árbol en el centro del patio abandonado. El viento había arrancado las ropas que alguien puso a secar desde por la mañana.

(…)

Capítulo XX

  Yo nací en Córdoba. Ahora casi podría describir mi nacimiento. Los amaneceres son la hora más lúcida y hay que sacarles el mayor provecho posible. Recuerdo una ciudad de grandes puertas con ángeles labrados que sostenían cimitarras a modo de cruces y santos parejos y deformes. La cara de San Jorge, el santo que decapita al dragón. El santo guerrero. Yo nací demasiado pronto. Estaba de pie en el vientre de una mujer. Luego avancé por el mundo con la misma actitud imbécil. Estar de pie no difiere mucho de arrastrarse; nos arrastramos por el aire. Los pájaros realmente caminan sobre una superficie que se hunde en nuestra nariz y así tragamos la ardua estepa de los pájaros. Los ahogados pueden danzar con la libertad que otorgan los desvanecimientos. Yo respiré el aire de mi madre hasta agotarlo; entonces ella también se desvaneció. Soy español, pero a todos les he dicho que soy hindú. Aprendí a tocar mi instrumento en los arrabales de Córdoba viendo a los mendigos y a los ladrones, a las putas y a las beatas.

  España es una tierra triste.

  A los doce años me fui a la India.

  Allí trabajé como una rata en los arrabales de Bombay, hasta que una piadosa familia me acogió en su seno. Me iniciaron en la fe del Islam y fui rebautizado bajo el nombre de Almotásim. Nunca creí en Mahoma o en Cristo. Sí en los demonios. O en la sombra que van dejando sobre la tierra. A fin de cuentas eso importa poco.

  Vuelven, siempre están regresando.

  Quise a una mujer y ella pronto comenzó a desvanecerse. Ante mí había un jardín que abarcaba el fondo del patio, recuerdo que en los muros del patio la nieve brillaba como un tesoro lejano y siniestro. Largas estancias de mujeres. El doble reloj, que marcaba ese tiempo que nunca llegó a pertenecernos era la santidad absoluta de otro mundo o, más específicamente, un barrio que había sufrido aquella secreta detonación. Alguien aguardaba en una fotografía y la hacía estallar. Solo que la explosión demoraba años, centurias, milenios. Se remontaba a una plaza durante cualquier día de invierno. La plaza se parecía al patio, solo que no tenía muros pero la sensación era la misma, algo imperturbable ceñía el atardecer obligándolo a una seguridad que ninguno de los hombres deseaba. El primer hombre había armado su cámara frente al anciano que leía el periódico de la tarde. Era cualquier lugar en cualquier tiempo con el desarrollo posible para permitir la existencia de una cámara fotográfica. El anciano continuaba resistiéndose. Vestía un gabán azul, con los bordes llenos de barro. La noche anterior había estado lloviendo. El fotógrafo resultaba demasiado insistente: un individuo alto y miserable. Después el otro accedió no sin antes advertirle del peligro. El magnesio estalló. Las primeras partículas comenzaron a girar en el vacío. Luego aparecieron los átomos y las moléculas. Luego las primeras nebulosas de gas enfriándose y contrayéndose a la velocidad del calor y del frío que a su vez existían sin tiempo para advertirlo. El estallido continuaba sobre el viejo parque y en otro lugar, no sé dónde, surgían los primeros hombres. Suceden entonces aquellas cosas, mientras yo fumaba mi lento cigarrillo por una calle de Bombay.

  Percibí todo. Pero la misma percepción fue luego anulada. El instante eterno nunca se advierte. Sucede. Regresa sin ser nunca. Una y otra vez. Pero aquel día lo supe.

  Fue el día en que me dispararon.

  Era la décima luna del muharram. Una procesión hindú avanzaba a través de Shikartán, la octava calle al oeste de Bombay. Yo iba de mala gana con el grupo de fieles a la mezquita, desde donde partiría otra procesión.

  Media hora después estalló la masacre.

  Nadie supo qué boca infamó al Profeta. Todos supieron su destino. Luego del primer muerto arreciaron los disparos y las piedras. Maté a un hombre. Vi un proyectil atravesarme. Estuve muerto y desperté bajo la luna nueva. Alguien oraba en un sitio elevado que no alcancé a distinguir.

  No tenía heridas. Pero recordaba la atroz mirada del muerto.

  No era hindú; tampoco musulmán.

  El que oraba descendió desde su altura. No pude ver su rostro que la lepra había ocultado. Una grieta que alguna vez fue un rostro me habló del muerto: me buscaría a través de los mares y las tierras, olería mi rastro en el aire y presentiría mi paso por las aguas. Debía huir cuanto antes. Cualquier lugar siempre sería más seguro que aquel en el que me encontrase. Viajar interminablemente hasta que el otro, harto de perseguirme, se hundiera en paz.

  Corrí a la casa. Besé a mis padres adoptivos. Recogí la guitarra.

  Los burdeles de Bombay conocieron mi carne durante nueve noches. Después me dirigí a Nueva Delhi en un carro que apestaba a estiércol y avisté la columna de Kutab Minar; a través del calor insoportable la columna me habló y comprendí que había empezado a enloquecer.

  Luego supe que no estaba loco. Era el mundo el que había enloquecido.

  Aquellos pensamientos distrajeron muchos de mis años de prófugo, pero no eran más que astutas dilaciones para saber lo que desde un inicio se me había revelado durante la noche del crimen, en la noche extrañamente segmentada del crimen y del hombre en lo alto, cuando un minarete se arqueó intentando seguir el curso de la luna, cuando los rostros de los hombres en la masacre fueron un solo rostro, cuando el cielo se transformó en aquel orbe siniestro que disimulaba nuestra lujuria con su falso resplandor de astros.

  Supe que Dios había enloquecido.

  Si no qué explicación dar a los predicadores que conocí en Venecia, y que de súbito se alzaron sobre la plaza hasta desaparecer en el horizonte. O al trineo ruso que era una caja de música con el torso de Pedro el Grande en el interior y que servía de oráculo a los aldeanos en Minsk, o a la sombra que cruzaba por los Cárpatos la víspera del Viernes Santo. Vi a un niño que tenía piernas en lugar de brazos y servía de recadero a un rey en Birmania, vi dos hombres que nacieron unidos por los ojos en Milán y atisbaban una mañana inmóvil sobre el Yeniséi, vi a un prestidigitador que tenía las manos invertidas y en cada mano un tatuaje que al unirse mostraban un rostro que era el del muerto que me perseguía infatigable.

  El universo es un caos, no un laberinto. No hay un centro si no una bestia que está en todas partes.

  Estuve en París con una mujer que amaba otras mujeres. Pero también me quiso, como se quiere a un objeto de colección. Tiempo después sentí que llegaba el perseguidor.

  Regresé a la India.

(…)

  El pueblo es bajo y angosto. Parece enterrado en el aire. He venido arrastrándome hasta la taberna que ahora es apenas la sombra de lo que solía ser cuando llegué a Fray Benito. Llevo muchos años aquí, aunque no puedo asegurar si llegué ayer. La noche de mi llegada fue confusa, se tramó y deshizo en el fuego. Salvé la guitarra enterrándola bajo un árbol detrás del cementerio.

  Estaban tocando los del órgano oriental: ese instrumento que es la magnificación absurda de las cajas de música: se trataba de un armario con fuelles al cual se le introducía una cinta perforada y con la ayuda de dos manivelas iba reproduciendo aquella música; aquí el órgano de las suntuosas catedrales alemanas estaba desplazado por una máquina que apenas necesitaba del hombre.

  La fiesta comenzó con una procesión hasta la pequeña iglesia. Allí tomé varias fotos al grupo de niños frente a la estatua del ángel: esa pequeña fila de niños sonrió al magnesio que parecía desdibujarlos. Entonces tuve la sensación de que era observado: en el extremo de la plaza descubrí a otro fotógrafo. Era un individuo alto y joven. Quizá extranjero. Lucía el mismo aspecto que yo a esa edad, no porque hubiese alguna similitud física, si no porque tenía aquel aire de perseguir algo intangible y lejano. Lo descuidado de sus ropas me hicieron pensar en un científico o un escritor, pero estos tienen un aire de suficiencia que aquel pobre diablo nunca habría obtenido.

  En la taberna lo pude ver con más detenimiento y ninguna de mis impresiones cambió. Escuché su nombre: Tadeus Zimmer.

  Luego preguntó por mí.

  Los parroquianos me señalaron y yo no pude moverme. Un terrible miedo, un estremecimiento de muerte pareció sacudirme. Pero los ojos pasaron a través de mi cuerpo y sonrió a los bromistas. Ahí no hay nadie –dijo y continuó bebiendo-

  Permanecí escondido por varios días en el monte; los paisanos me saludaban a lo lejos.

  No sé cómo tuve coraje para gastarle una última broma a mi perseguidor. De cualquier modo era la primera vez que lo veía luego de haber pasado toda mi existencia huyendo de él. Ahora nada tenía sentido: estaba harto de huir.

  Comencé a seguirlo. Cierto día lo sorprendí armando la cámara frente a la esquina de las calles Aguilera y Guipúzcoa. Un grupo de niños, el mismo grupo al que yo había tomado fotografías, estaba con él esperando ser retratados. Ninguno pareció reconocerme. Tadeus Zimmer posaba para la cámara junto a los niños y un joven del pueblo accionó el aparato. Antes del fogonazo de magnesio pude situarme al lado de Tadeus. No sé si llegó a discernir mi imagen, pero yo pagué al muchacho del pueblo por esta foto que aún hoy guardo, en espera de mi muerte. Y la foto tiene un curioso aire de paz cuando realmente aquellas dos figuras que sonríen están a punto de desaparecer y con ello cambiar para siempre, aunque de una manera inadvertida, el mundo de los otros. Aquí está la foto de agosto de 1922.

Capítulo XXIV

  Las forjas miden eras de distancia, pesan millones de años sobre la balanza del tiempo y allí no hay sabiduría o necesidad de sabiduría, como no hay agua ni sed. Solo fuego ascendente, espléndida nada.

(…)

  Los Gules no me vieron porque ellos no disciernen el mundo; sus alas permanecieron rodeando sus cuerpos como una crisálida. Y sus manos, hechas de luz turbia, comenzaron a golpear las armas que labran bajo la tiniebla del Fin.

(…)

  Hoy llegaron los primeros sacerdotes. Ya no podemos salir. Han levantado un muro de piedras que resplandece por la noche y las sombras de animales que no conozco se pasean en lo alto.

(…)

  Avanzan con la lentitud de los antiguos ejércitos. No tengo por qué sentir temor. Ya todo está resuelto. Antes decíamos que el mundo era ese lugar horrible o maravilloso. Ahora solo diremos que es un lugar.

  Y eso es bastante.

  Es un milagro.

 

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  Hemos visto cuatro capítulos de la novela de Acheron Hablin.

  La edición original sufre, como pueden ver, una mutilación irremediable. Las páginas del centro fueron arrancadas hace mucho. Los capítulos que existieron entre el primero y el onceno, deberían contarnos las peripecias de Tadeus Zimmer en la India y alternar a su vez con los delirios de Almotásim en un pueblo casi fantasmagórico.

  Sólo podemos atenernos al resumen que da Jorge Luis Borges, aplicable al viaje del norteamericano.

  La historia (de T. Zimmer) sigue en las tierras bajas de Palampur, se demora una tarde y una noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado de Travancor, vacila y mata en Indaptir…

  El resto de la crónica obedece a la fantasía del argentino. No podemos ir más lejos. En los capítulos ausentes de seguro se explicaría el sentido de las palabras de Mark Selton en el Ecbatana. Es posible concordar con Borges: la historia nada tiene que ver con los cuentos policiales de Chesterton y mucho menos con su novela de mística-detectivesca The Man Who Was Thursday. La novela se aleja del orden cerebral de una intriga y se aproxima al de una lógica delirante. No es contradictorio que lo haga. Los personajes parecen acercarse a través de la búsqueda. Una voluntad de no encontrar se opone a una voluntad de ser encontrado. Borges señala otra serie de variantes para Tadeus Zimmer que no está de más que citemos: se puede descubrir que Almotásim es uno mismo, el perseguidor –fábula persa del Simurg-; o bien que Almotásim está buscando a otro individuo y éste a otro; así hasta llegar a un dios que busca a sucesivas divinidades hasta el confín del tiempo.

  A mí me parece que El acercamiento a Almotásim narra tan solo la historia de dos individuos que se justifican en la búsqueda y en la huida. Es más burda esta suposición y libre de excesiva metafísica; claro que le falta el atractivo de las hipótesis de Borges. Ya dije que carecía de sutilezas y erudición. Solo muestro un libro.

  La concepción del Universo como laberinto es una categoría que Plutarco estableciera en sus Vidas. Los laberintos tienen un centro, aunque ese centro sea divino o demoníaco. La suposición es perfectamente aplicable a cualquier orden mayor. La verdad de cada centro, lo que aguarda allí, siempre será inasible por la idea de lo circuncéntrico. Cada laberinto contiene a otro. La ciencia lo ha demostrado: cada constelación es en la lejanía una diminuta luz que aguarda el fin de los tiempos en otra constelación que la contiene y la hace girar a través de millones de esferas. Da vértigo.

  Volvamos al novelista estadounidense que era menos pretencioso.

  El acercamiento a Almotásim postula su concepción caótica del universo. El propio Almotásim dice: El universo es un caos, no un laberinto. No hay un centro si no una bestia que está en todas partes.

  Quienes hayan leído novelas como Fractal Man de Julius Maynard comprenderán estas cosas. La mente del protagonista es la misma enfermedad que muestra su escritura: la desolada verdad de un universo sin dios, pero con una fuerza magnética que tiende a la caída. ¿Por qué ambos protagonistas de El acercamiento… temen encontrarse? Porque se supone que no deben hacerlo. Su inevitable destino es nunca encontrarse. Pero ellos descubren una manera de hacerlo. La manera es su pasión común: la fotografía.

  Cuando Almotásim aparece en el retrato de Tadeus Zimmer, para quien él es invisible –en la taberna no puede verlo y en la foto de la iglesia Almotásim no es captado por el lente de Zimmer-, de alguna manera trastorna el orden caótico del universo y lo transforma por un instante en el laberinto que Borges propuso. Hay Bien y Mal, perseguidor y perseguido, periferia y centro. El universo adopta un orden esférico y se hace piadosamente cognoscible.

  Luego de la foto el mundo ya no es el mismo. Pero nadie lo advierte: excepto los protagonistas.

  Los protagonistas son los fragmentos de un Dios que se desvanece.

  En este caso Mark Selton y los suyos –evitemos las menciones a cierto poema de Chesterton y a unas criaturas de Lovecraft y Pletón- se aseguraron de establecer la búsqueda como única alternativa de desencuentro. Ellos asesinaron al hombre que cree haber matado Almotásim en Bombay; ellos eran el que oraba en lo alto; ellos eran George Kindman; ellos el inválido Lamondois y el irlandés; ellos los que condujeron a Tadeus Zimmer a la India. Ellos eran los diversos rostros del caos. Un conocido poeta afirmaba que sólo existen el bien y la ausencia: ángeles y demonios se esconden sonriendo. La ausencia de una de las partes era la certeza del Mal.

  Nunca develé el sentido oculto de la segunda foto, que cronológicamente fue la última y que he llamado La plaza a mediodía. Tampoco comprendí el último capítulo; al parecer Acheron Hablin confió su escritura a su amigo Quentin Magnus, o a su editor M. Heldon.

Capítulo XXXI

(…)

    Esa noche había soñado con el desierto.

  Cuando salió de su tienda para fumarse su último cigarrillo supo con absoluta certeza que los habían abandonado en tierra de nadie. Y no se molestó. De cualquier forma, tarde o temprano, como decía Viacheslav, iban a morir a manos de los rusos o de los franceses. Era una cuestión de tiempo. El humo que aspiró se mezcló con el aire helado de noviembre. Según el nuevo calendario estaban en octubre y ese día, ciento treinta años atrás, los bolcheviques habían conquistado el poder. Ese pensamiento ridículo y como salido de una niebla primigenia le llevó insensiblemente a otro más preciso ¿dónde estaban acampados? El vasto erial blanco y silencioso se extendía hacia los cuatro puntos cardinales, sólo limitado por el código morse de las tiendas de campaña. Cerca del campamento donde descansaba el 5to Regimiento del Ejército de Vlásov se encontraban en un desorden más o menos circular las edificaciones del mando serbio y las carpas de las familias ucranianas que acompañaban a los soldados. Más de 8 000 almas. Pensó en los cuadernos de bitácora de los capitanes Golkunski y Prastov escritos durante su último viaje al Polo Norte. Aún no existían los rompehielos. Aún no existía el Krazin. Y ellos anotaron imperturbables los decesos por escorbuto con rasgos húmedos y exquisitos. Los osos blancos miraban el cementerio flotante y hundían el hocico en las tripas de los leones marinos. Pensó en la imagen y trató de sentirla como si fuese un objeto. No pudo. Siempre llegaban esas palabras; luego desaparecían dejando el rastro de algo semejante a la angustia, pero que apenas si podía ser clasificado como melancolía.

  La guerra no había logrado embrutecerlo. Aún a esas alturas se sentía fuerte. Era una sensación extraña porque estaba hambriento y sin embargo su cuerpo parecía cerciorarse de su propia existencia enviándole aquellas oleadas de calor; intentó vomitar. Solo eso. Tampoco fue posible. Habían repartido dos panes cada veinte soldados y desde entonces llevaban 32 horas sin probar alimento. Algunos comían nieve pero ese era un truco viejo y ya él estaba harto de engañarse. Quizá aún no tenía suficiente hambre.

  Volvió a pensar en la expedición de Golkunski. Las regiones boreales. Los inciertos túmulos de hielo que semejaban lápidas de dioses paganos. No debió resultar nada fácil esa travesía a bordo del Krashnov-Bourdaine con los ojos de los moribundos repeliendo el agua y el cielo. Quiso sentir hambre auténtica, ese deseo absoluto impulsándolo a hincar el diente en la corteza de los árboles o en la suela de sus zapatos –algunos ucranianos lo hacían- y le pareció que el hambre era también un ejercicio del recuerdo. Se dio cuenta que administrándola sin permitir que lo enloqueciera como le había sucedido a Boria, se estaba más cerca de algo. Exactamente de qué, sólo podría decirlo Boria pues él sí traspasó esa barrera, y se desvaneció al otro lado haciendo señas indiscernibles y vomitando en intervalos de diez minutos.

  El último vómito del sargento Boria había sido igual al golfo de México. Nadie pareció notarlo cuando el loco se alejó de la empalizada –estaban en Bakú- pero él se acercó y lo pudo ver; ahora comenzaba a descubrir que lo había visto para luego recordarlo en ese preciso momento y las imágenes le llegaban con un nuevo vigor, atragantándolo de exactitud. Sí, él recordó la silueta sobre la nieve, fundiéndose con la nieve hasta desaparecer bajo la profundidad blanca y siniestra –como Moby Dick- y luego aflorar por el otro extremo del planeta en la forma de árboles o templos aztecas.

      -Dios. Debo evitar esos pensamientos.

  En qué pensar era otro problema, un problema lejano y atroz que escogió aplazar hasta el siguiente día.

  Esa noche soñó con su hermano.

  En San Petersburgo solían ir a las afueras con el secreto objetivo de desaparecer. La palabra tele-transportación los volvía locos. Al norte de su barrio existían aún los restos de la armería Voivoda construida antes de la era orbital y allí precisamente se ocultaban los artefactos que el gobierno había instalado con el propósito de enviar tropas a la retaguardia de los rojos. Los dos comprendían que si lograban burlar la vigilancia de la guardia y llegar hasta la sección de los hornos, se encontrarían frente a frente con el Tele-transportador Kondratiuk, cuyas vastas redes se extendían hasta Kíev y Tula. Si lograban avanzar algunos metros y activar los conmutadores sus cuerpos se disolverían en mullidas oleadas de antimateria y serían reconstruidos junto a la catedral de la Asunción.

  Profundamente conocían la imposibilidad de todo esto. No les importaba. En la infancia todos somos inmortales.

  Más tarde aquello fue desvaneciéndose y la alegría de esa época se transformó en un virus que comenzó por alojarse en su respiración, en lo que algunos llaman el Atman, y luego fue contaminando su manera de observar y sentir el exterior -que pasó a llamarse realidad- y apenas comenzó a llamar a todo lo que no fuera la ridícula sensación de ser él mismo realidad, bueno, allí terminó su vida.

  Almotásim despertó y vio los Trituradores acercarse por el Sudeste. A bordo de uno de ellos presintió a Tadeus Zimmer.

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  Aquí termina la crónica de Acheron Hablin. El año pasado logré contactar a Geoffrey Heldon, heredero y actual director de la prestigiosa Heldon Editors, que publicara en 1923 The Approach to Al-M´utásim. Su padre -Max Heldon- conoció al autor norteamericano a finales de 1922, cuando se encontraba en la escritura de su única novela. Max describía a Hablin como un individuo diminuto y ansioso, que miraba continuamente a sus espaldas. Le recomendó visitar algún sanatorio europeo y el hombre olvidó el consejo del inglés y se suicidó un año más tarde en Chicago. Nunca visitó los lugares a los que hizo mención en su novela -al menos su pasaporte no daba constancia de ello-. Nació en New Orleáns y murió en Chicago. Nunca salió de los Estados Unidos.

  La única foto que se conserva de él es la que nos ha legado como parte de su narración: él es Almotásim. Geoffrey Heldon reconoció a Acheron Hablin en la foto de grupo fechada agosto, 1922, y a cuyo dorso aparecen escritos los versos de Chesterton. Justo entonces concluyeron mis pesquisas.

  Siempre he preferido creer que Acheron Hablin nunca salió de los Estados Unidos. Si él estuvo efectivamente en el Oriente de Cuba (llamada Sumatra, en la novela) y tomó aquellas fotografías durante el año 1922, entonces el texto puede ser autobiográfico: una sutil penetración de lo irreal habría ocurrido en la trama precisa de nuestra época. Por suerte, la propia novela no está libre de contradicciones que ya habrá advertido el lector. Eso nos libra de toda sospecha y nos devuelve a la tranquilidad de la ficción.

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