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El caligrama

  La casa estaba vacía. Katsuhiro tomó la semilla madura que la madre había dejado sobre la mesa y se encaminó al patio, donde la noche era sostenida por los juncos. Escuchó el shamisen de su hermano mientras paseaba por su cuarto y durmió a la intemperie sobre las piedras. Al día siguiente, los padres lo descubrieron tiritando por la luna que se le había metido entre los huesos.

  Los ojos de Katsuhiro no dicen nada. Ninguna mirada puede decir nada. El alma calla tras los ojos como un rebaño de búfalos duerme en el río. Nadie puede ver el alma de Katsuhiro que brama a veces como un incendio y otras veces ríe con la alegría de los ancianos. Pero esa noche el niño descubrió un sentido nuevo a las paredes y dibujó el caligrama que escondió bajo su lecho.

  Afuera el agua de los cántaros mojaba la luna del pozo.

  Amaneció y la brisa agitaba los arrozales formando torbellinos blancos. El niño fue vestido y encaminado a la escuela del señor Namita, que aparecía en el quinto sendero después del huerto del señor Kurobata.

  Los campos en aquella época del año conservaban una rara tristeza que parecía venirles desde las altas montañas del norte, la antigua tierra de los shogun. Todo era húmedo como una lengua de agua y por su alegre superficie andaba el niño blandiendo una mariposa.

  Reinaba el silencio y el arroz abría sus manos flexibles al paso de los caminantes. Las pobres chozas lanzaban a la mañana una caricia de polvos dorados y cantos de siega. De repente, en un recodo del camino apareció el quinto sendero que conduce a la escuela del señor Namita. Katsuhiro iba a tomarlo cuando escuchó la melodía de una flauta. Se detuvo.

  El sonido se perdía entre los extensos arrozales y se alejaba triste, solo, como los patios durante el Año Nuevo. De la mano de Katsuhiro escapó la mariposa.

  El niño contempló la breve agitación de la mariposa y luego miró el camino de la escuela. La música flotaba en la mañana que iba naciendo por los juncos del río.

  Hacia allá se encaminó Katsuhiro.

  Tuvo que cruzar tres pequeños vados antes de arribar al puente gris que era el límite entre su pueblo y las montañas, por donde solían bajar los vientos helados de septiembre. Una grulla volaba bajo el agua y su reflejo iba suave, exquisito, entre las nubes. El río era muy transparente, el agua había sido lavada por las pacientes manos del batelero, las mismas manos que ahora llevaban una flauta de caña a su boca. El niño se acercó silencioso. El músico estaba de espaldas a él, sobre su bote. El río se movía por debajo sin atreverse a distraerlo.

  Katsuhiro en la orilla escuchaba algo que era más profundo y extraño que la música del anciano batelero. Escuchaba el crepitar del fuego en su casa. Escuchaba la dulce llamada de los zorros en las montañas grises del norte. Escuchaba el viento: el agua del río fluyendo a través de cada nota hasta las lejanías de la aldea y las nubes acogiendo los más graves sonidos, volviéndose oscuras. Katsuhiro vio que el rostro del batelero era una máscara flexible. Los ojos permanecían inmóviles en la corriente del río, y al mirar el reflejo de la máscara sobre las aguas, descubrió un rostro juvenil, exhibiendo una alegría primaveral que nunca iba a ser de este mundo. Extasiado por la contemplación de las imágenes, Katsuhiro estaba ya sentado en la barca que comenzó a moverse.

  Saliendo del último recodo desde donde era visible aún la aldea, una especie de graznido deforme cortó la música y Katsuhiro despertó en la orilla. Frente a él estaba Yonosuke, el idiota.

  Yonosuke tenía la cabeza más grande de lo normal y se arrastraba como los cerdos. La mirada era vidriosa. Los pelos le crecían formando un matorral hasta las cejas profundas y negras. Yonosuke graznó por segunda vez y Katsuhiro sintió un odio sin palabras ni imágenes hacia el idiota. Lo miró fijo, hasta hacerle retroceder. Su música, la perfecta música, ya no estaba. Él comprendía que nunca más volvería a escucharla porque los fantasmas del río habían sido ofendidos por la voz del idiota.

  Se levantó despacio y fue a la escuela del señor Namita.

 

  Esa noche sacó su caligrama y lo examinó a la luz de las velas. El rojo signo nada le decía; afuera el ruiseñor de su madre gorjeaba cierta canción aprendida en Date mientras el resto de la casa permanecía silenciosa bajo las sombras.

  Katsuhiro había intentado recordar la melodía de la flauta pero solo aparecían la voz de Yonosuke y su odio hacia el idiota. El recuerdo de la música se fue enterrando en su corazón; pronto solo quedó en su cuarto vacío un haz de luna iluminando el caligrama rojo: el signo de la espada.

  La katana de su padre era también roja.

  Katsuhiro cruzó los senderos profundos de la noche: los arbustos siniestros, la única calle polvorienta donde los perros aullaban su tristeza, los almacenes del molinero junto al río, los campos luminosos del arroz. Anduvo oculto bajo las carretas uncidas a los bueyes, sus pies se mojaron en el vado que había antes de llegar a la casa de Yonosuke el idiota.

  La casa dormía. La habitación de Yonosuke siempre estaba abierta como las del resto de la casa. Los juncos daban sobre el papel arañándolo con la suavidad del sueño. Katsuhiro comenzó a llamar al idiota imitando la voz de su madre. No hubo respuesta. Luego escuchó la respiración trabajosa de Yonosuke, que apareció desnudo bajo la claridad del amanecer.

  El niño lo degolló con un movimiento rápido.

  Solo entonces Katsuhiro pudo escuchar la música que imaginó perdida para siempre. Corrió hacia la barca que pasaba por el río bajo la niebla y se hundió en los remolinos de Rengu, asistido por las pacientes manos del batelero.

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