El Don

  Había una vez un hombre que tenía la rara facultad de cagar deseos. Como es lógico, limitaba sus deseos a pequeñas cosas, pero un día, y por razones que desconocemos, le encomendaron organizar un banquete. No tenía un centavo; así que recurrió a su don natural y se encomendó a la Providencia.

  Primero obtuvo una galleta. Se esforzó un poco más y llegaron en orden sucesivo los entremeses, la ensalada, el postre y las velas. Las copas fueron un asunto más quebradizo, ustedes saben, todas de Baccará, con los escudos familiares primorosamente grabados en la superficie. Luego, con la llegada de las servilletas comenzó a sentirse agotado. Casi se duerme. Lo sacó del sueño la dolorosa aparición de los cuchillos y tenedores, y realmente esto no es nada: cuando le tocó al mantel tuvo que llamar a los vecinos, quienes tiraron como bestias pues el susodicho mantel venía unido a la fuente con el jabalí.

  Al final de la tarde, ya con la gigantesca cena en el comedor se sintió gastado, sucio,  y un terrible dolor le recorría todo el cuerpo. La comida le dio náuseas y se juró que no cagaría nada más.

  Mientras organizaba los muebles en la sala fue comprendiendo que sus invitados ya no vendrían. Primero se enfureció. Luego se dijo que nada ni nadie iba a impedir la celebración de su banquete y entonces, no sin antes persignarse por la abominación, recurrió a su don natural y la cabeza del último hombre brotó antes del anochecer.

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