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  Era un estudiante que quería ser un gran artista. Sin duda para eso se preparaba a conciencia: leía a Nietzsche, a Goethe, a Schopenhauer, a von Kleist, a Kant. Solo alemanes. Comía lo justo para tener una naturaleza robusta, defecaba encapuchado con una gran vergüenza. Era un individuo no muy alto que disfrutaba hacer largos paseos por las afueras de su ciudad natal. De alguna manera que no conocemos se sentía predestinado a cambiar las cosas. Y el camino era el arte.

  Se presentó a las pruebas del Instituto y desaprobó. No quiso desanimarse. Siguió pintando los mismos cuadros mediocres y las mismas figuras indiscernibles.

  Un año más tarde se volvió a presentar. Y desaprobó. Se fue a Zurich.

  Allí, en la ciudad demasiado fría, le aguardaban los agradables cafés y las tertulias infinitas de los vagos y los artistas –más o menos lo mismo, el arte del vago es a veces superior-. Se sentaba a conversar con Tristán y éste le hablaba de las posibilidades de llevar las artes plásticas a un contacto directo y sugestivo con la gente común. Hacer de toda la vida un gesto artístico.

  Interesante. Muy interesante.

  El joven estudiante regresó a su tierra natal, incineró sus viejos libros y solo conservó los de Nietzsche.

  Treinta años después, antes de ingerir la pastilla de cianuro y escuchando los disparos de los soviéticos sobre el búnker, supo que su gran performance había terminado.

El gran performance

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