El Reverendo contraataca

  Con música de John Williams y la espada de Obi-Wan Kenobi entró el Reverendo Waldemar Rodlins a la iglesia Pentecostal de Manathoes Park: había leído mi artículo de la semana pasada. La comparación entre el jazz y sus sermones parecieron molestarlo más de lo que imaginé. Allí, ante un auditorio de doscientos fieles que gritaban aleluya al final de cada oración, juró que esto no se iba a quedar así.

  ¡Qué casualidad! Lo mismo dijo Samantha Williams cuando hace dos noches el Reverendo Waldemar Rodlins la obligó a descender de su auto en Green Road sin pagarle sus servicios; a saber: veinte dólares por sexo oral, cincuenta dólares por sexo anal, cien dólares por acto sadomasoquista que se negó a describir la demandante. Total: 170 dólares contantes y sonantes.

  Luego de abandonar a la indefensa señorita el Reverendo se dirigió a dar su sermón en la iglesia de Manathoes Park. Seguro a muchos les dio la mano. Allí predicó sobre los excesos de la carne: no diga, querido Reverendo, que no lo hizo porque yo era la vieja parapléjica de la segunda fila. La misma a la cual usted le tocó la frente y sanó ante todos.

  Los otros tres que sanó esa noche: el ciego, el otro parapléjico y el mudo, son compañeros míos del periódico.

  Gracias por esa velada inolvidable.

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