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Filmar Pedro Páramo

1

  Yo soy Bernardo Sahagún. Para escribir esta historia recurriré al pensamiento eólico. Esta es, sin duda, una rara fuerza natural que habita en el cráneo de los trastornados producto de una sedimentación de alucinógenos. La yerba sagrada de los tarahumaras –una rima, no es casual- me la recomendó Alfonso Reyes semivivo o semimuerto, eso no importa, en 1958, y me dijo que él había experimentado su virtud, como William James, y que transformaba las impresiones acústicas en visuales... Por eso me internaron. Por eso, o antes de eso, me hice director de cine que es un oficio similar al de un compositor, solo que debes sacar música de la gente –materia reacia- y del paisaje –materia inasible-, después obligar a los ciegos a que te vean y a los sordos a que te escuchen. Casi siempre terminamos aquí (en el sanatorio); otros disimulan tan bien que andan sueltos atosigando a la gente con millones de metros de película, al final –y de esto partió mi locura- todas las películas al ser proyectadas una encima de otra, mostrarían a la humanidad un solo rostro –como mismo se obtiene al girar el circulo de colores el blanco veríamos ese rostro sin expresión, o más bien, con la expresión de un lugar ubicuo, imposible, y todos  seríamos tentados a su búsqueda.- Gracias a Dios nadie ha puesto en práctica semejante idea, por demás absurda.

  Mi padecimiento comenzó por el fuera de plano, es decir, una marcada obsesión por que nada escapase al rectángulo que marca el límite de visión cinematográfica… yo quería más y de un golpe, así que inventé enormes cámaras, lentes gigantescos y pantallas de proyección de medio kilómetro de largo. Nada. Faltaban cosas. Faltaba el lugar ubicuo adonde podría únicamente enviarnos el rostro que arriba mencioné, pero a la vez temía a ese rostro: fue en aquella época, en Brasil, cuando comencé en la droga.

  Una tarde apareció Vinicio Ferreira y me salvó la vida y el oficio.        

 

 

 

2

Fragmento de una carta de Vinicio Ferreira al sacerdote Juliano Prendes:

  Debo despreciar, ejercitarme en tal arte para con los miembros de mi generación. Ellos tienen el poder de aniquilarme pues su mente es una tempestad de colores traslúcidos, sin imagen fija, sin perspectiva, sin otra angustia que la más elemental y olvidable. Yo padezco por todos. No los perdono, mi padecimiento es inevitable: yo me excluyo de ellos pues una actitud contraria generaría el fascismo. Es esta generación la que va a las guerras, en un sabio orden superior que les purga la torpeza a balazos. No los perdono y escribo y filmo pues no tengo otras alternativas en mis manos… el mundo debe olvidar y sumergirse en una idolatría de lo intangible, de lo prístino, en un culto que se olvide a sí mismo al alcanzar su última fase de identidad: Dios olvidado en el corazón del Hombre Universal. Así estaremos en su Presencia en una dimensión nueva y salvaje.                 

 

3

       -Mi nombre es Joao Beltrán. Nací en Sao Paulo en 1939 y me dedico a matar por dinero. El 28 de septiembre de 1966, un señor llamado Bernardo Sahagún me llamó para encargarme que eliminara al señor Vinicio Ferreira. Yo debía obtener unos papeles... un guion, sí, el guion cinematográfico de Pedro Páramo.

      -¿Qué hizo usted?

      -Yo soy un profesional...usted hubiera hecho lo mismo.

 

4

Página de un diario personal, encontrada en el bolsillo del occiso:

  Hoy es mi cumpleaños. Solo. Tristeza. Cosas habituales hace tiempo. Me pregunto si ya mi vida no es un irremediable estado de tristeza. Siento que cada movimiento que inicio es un desvanecimiento, un golpe que se va. Las mujeres me odian, pero en esa forma imposible que es la amistad a cambio de salvarse de mis auténticos sentimientos. Yo también he ido sucumbiendo a estos juegos de apariencias. Treinta y dos años el 20 de junio. Un tercio de la vida extraña. Vivo obsesionado con la muerte, la soledad y las mujeres. Quiero salvarme de este mundo que me rodea con su abrazo intangible, halándome a su centro que es cualquier punto lleno de realidad pues esta es mi única y verdadera enemiga: la realidad, el orden fingido por niños irracionales tornados racionales en la convivencia. Moralismo atroz. En la depravación absoluta hay un moralismo inverso que no deja de ser menos asqueante. Alrededor solo veo cadáveres. Cadáveres que nacen con la tibia marcada por su Sino, cadáveres que fornican creyendo avistar el nacimiento de verdaderas carnes sobre su desnudez huesuda, cadáveres televisados, cadáveres obligatorios, leo a cadáveres y rezo a cadáveres todas las noches. Vallejo definió aquella vital escisión entre muertos y cadáveres: los muertos prosiguen su rumbo a pesar de la muerte que ahora sí les respira el alma. Los cadáveres están sencillamente olvidados, son muertos olvidados que abandonan entonces su condición mayestática y se vuelven tierra, polvo, soledad. Yo, como el Fénix, oscilo entre ambas condiciones luego del crepúsculo. Mal poeta, mal escritor, mal cineasta. La triple concurrencia del cadáver. Temo haber perdido mi vida en los inicios de una batalla que no termina con la muerte.

 

5

  En la noche del 28 de septiembre de 1966, el señor Joao Beltrán visitó al señor Bernardo Sahagún, hospedado en la rúa Inquisidor, entre Paulina Fasé y Claveliño. Las ventanas permanecieron encendidas hasta el amanecer y a cada rato una sombra imposible de identificar se asomaba por uno de los amplios ventanales. Nadie pudo vernos. Nosotros seguimos al señor Joao Beltrán hasta su casa en el barrio Oeste. Durmió el resto del día y no fue molestado, según las instrucciones.

  Esa noche nos presentamos en la casa del señor Bernardo Sahagún. Estaba muy alegre. Nos invitó a pasar, nos brindó cachaça y luego nos leyó un texto suyo que a continuación transcribo de memoria pues es idea mía que pueda encerrar alguna ironía oculta, o alguna doble intención referida al general Castelo Branco. Dice así:

 Tres hombres ascendieron el Gólgota con suavidad de reses.

¿Ha valido la pena? –inquirió alguno-

Los otros dos se internaron en la cruz torcida, con la marca y la sangre del Ausente. Y vieron el sol; sintieron que las cosas emprendían su rumbo pues ya nada de lo que les había esperado durante el vasto crepúsculo quedaría, jamás.

Entonces partieron a hacer la Revolución en Sudamérica.

Espero resulte de alguna utilidad el texto. Quedo a sus órdenes.

                                                                                                      Sgto. José Daray.

 

6

    -Yo soy Bernardo Sahagún, el patrón de Joao Beltrán. Vinicio Ferreira me salvó de las drogas con el guion alucinante que dejó aquella mañana en mi oficina. Yo sé que después voy a estarle contando todo esto desde una celda en un manicomio. No importa. Ahora tengo el guion que Ferreira se había negado a vender y no se lo voy a dar.

  Sahagún es un hombre alto. Fuma nerviosamente, dándole largas chupadas al cigarrillo, un punto blanco en su mano enguantada. Es tarde y el viento le mece los bajos de la gabardina. Invierno. Invierno largo y tendido. Sahagún no cede. El otro hombre representa a una importante productora norteamericana y no entiende mucho el español o el portugués. Solo repite what? en intervalos de cinco segundos.

       -¡Váyase al diablo, míster!

  El hombre murmura algo en inglés y entiende el gesto de Bernardo Sahagún. Luego desaparece.

 

7

Página de un diario personal encontrada en un zapato del occiso:

  Finalmente, Thomas Henderson Mix. Había esperado para leerlo y encuentro en Savonarola, latente, el espíritu de la mortalidad humana, que solo en su dimensión trágica se vuelve extraña,  sobrenatural. Stursky y Walstein son la visceral y repulsiva sensación de rotura entre la moral y el alma, entre el espíritu ausente y la razón inflexible. No estoy listo para entender a Thomas H. Mix; es el único autor que recrea un barroquismo interior opuesto a Reyszmann y éste siempre me ha hablado en planos de igualdad. Mix -quizá por identificarme con su brumosa lejanía- invade el alma demasiado fuerte impidiendo la zona crepuscular de la nada. El agua, el sueño, la profundidad insectívora de los difuntos, NO los muertos. Medio cadáver con sentidos refulgentes y despiertos. Cadáver-tierra. Conciencia del esparcimiento y la ceniza: yo, entre la nada y la pena, escojo la nada. La nada es ceder al Todo; pero esta es una razón más terrible, ni siquiera mortal, y sí terrible porque es la pérdida del Yo-consciente y la entrega al azar del Yo-cósmico o subconsciente. Thomas H. Mix propone exactamente lo contrario, y lo sé por los estremecimientos que despierta en mí. Veo que mis futuros libros serán respuestas sosegadas a este escritor, no por mera oposición, sino por inevitabilidad.

 

8

  Bernardo Sahagún necesitaba un fotógrafo para filmar Pedro Páramo; escuchó hablar de Onésimo Guimarez, que había sido asistente en Barravento y era joven y desconocido. Por ende, barato. Sahagún y Guimarez intercambiaron cartas durante los seis meses que demoró su encuentro pues ambos estaban finalizando antiguos contratos de trabajo: Guimarez con Glauber Rocha y Sahagún con... nadie, pero fingía muy bien. Solo han quedado algunos fragmentos donde se manifiesta una relación ilógica, quizás un indicio de la naciente locura de Sahagún.

CARTAS

  He comenzado a escribir estas líneas dominado por una extraña enfermedad; más nominado que realmente enfermo pues yo al fin y al cabo he inventado todo. Es el delito imperdonable de mi generación. Al principio creí que era el nihilismo, luego que era el comunismo. Ahora estoy seguro que todos nuestros males provienen de una ineficaz lectura del existencialismo.

                                                                                             B. S. Febrero, 1967.

 

  Mucha gente muere sin darse cuenta. Sobre todo cuando comienzan a trabajar, a tomarse las cosas en serio. A esperar los tranvías o la buena fortuna. Vinicio Ferreira está ahorcado, como en la historia que me envías, cuelga del techo y se balancea en el aire que entra por mis ventanas.

  Vinicio estudiaba algo semejante al arte, a pesar de haberle dicho más de una vez que el arte es un subproducto de la práctica. Un oficio para cobardes y disidentes...míralo ahora.

                                                                                             O. G. Marzo, 1967.

 

  ¿Por qué escribes entonces? –me dijo- Sé por dónde vienes –contesté-. Escribo porque no tengo otras cosas que hacer y entre tantas cosas que esperan por hacerse, me parece más fácil ir narrando lo que habitualmente sería una elipsis. Ya basta.

                                                                                              B. S. Abril,1967.

 

  Un gato al correr mueve una hoja y lo que se mueve, lo que se estremece realmente es el mundo. La hoja sigue demasiado quieta, como esperándonos al margen. A ver si tenemos el valor para arrancarla.

                                                                                               O. G. Mayo,1967.

 

  ¡Zaz! Solo quedamos el cosmos y yo. Pero esta es una visión incomprensible para las materias geoestacionarias. Nunca salves de la manada a las bestias vírgenes: terminan embistiéndote.

  Certeza: has entrado en la línea de los que combato.

  Posdata: el afán de libertad es otra forma extraída del barro.

                                                                                                B. S. Junio,1967.

 

  (...) lo aleatorio, ahí estuvo la verdad. Ahora no sé, realmente no sé. Cuando hablas con diversas voces y firmas con nombres que a nadie pertenecieron llegas a sentir la minuciosa respiración de la verdad.

                                                                                                 O. G. Julio,1967.

 

9

  El 12 de agosto de 1967 finalmente se iban a encontrar los dos hombres de cine. Era una fecha histórica y por esa historicidad de lo inmediato, era una fecha desconocida: el encuentro no sucedió pues los agentes policiales detuvieron a Joao Beltrán, quien reveló sus vínculos con Bernardo Sahagún. Unas semanas más tarde el cineasta fue fusilado; escribió antes de morir en el muro de su celda unos versos que otro condenado pudo salvar:

Once desconocidos me lavan los pies

en un pardo sudor

 como llorado por la tierra.                                                                                      

   

10

  La puta callaba porque se había quedado vacía sin darse cuenta. No tenía voluntad. Entonces se arregló el pelo y tendió lo mejor que pudo las manos sobre la cama. Yo me volví mirando a las piernas repletas de vellos queriendo nacer, crueles, cuchillada cruel que los desmiembra e impide. Dejo a los ojos que analicen aquella extensión de carne salpicada de criaturas. Me parece que estoy armado por otros animales; si estos un día se me fueran, bajo los poros quedaría un yo tan desnudo, tan libre, y entonces precisamente dejaría de existir. La nada. Nadar, o sea, ser nada. Nadar y nadarse a sí mismo: la puta callaba porque se había quedado vacía sin darse cuenta. Yo continué mi silencio. Sentí en mi espalda todo el fragor de un ventanal arrancado. Ella era una puerta. Desnuda. Entonces me dijeron lo de Sahagún. Salí a la calle. Viento. Poca gente. Nadie parecía estremecerse.

 

11

(artículo de Onésimo Guimarez publicado en la revista

Nación Americana No. 17, noviembre, 1967)

  Pensar en el hombre y la ciudad es tan viejo como pensar en la mano y en la música. No podemos decir que resultan inalterables. En una ocasión –imaginada- estuve en Palermo y vi su movilidad asustadiza que prevé la noche y se recoge pues es una ciudad-puerto y el flujo o el reflujo del agua resultan a ella lo que a nosotros el inhalar y el exhalar. Nosotros tenemos en una fecha inconcebible a todos el instante de la última bocanada de vida: así sucede con los pueblos adosados al mar, que temen la llegada del último pez, el que magulle su cuerpo gastado por el agua. Después, la nada. Casi todo aparenta su finalidad, adopta la forma de su irrevocable anunciación; por ello se nos revela inexplicable el motivo de los heterónimos de Fernando Pessoa.

  Hombre escindido. La ciudad. Los monstruos.

  Son las dos y dieciséis de la madrugada; en una hora así el poeta terminó a Ricardo Reis, luego, en otro cuento, Ricardo Reis fue del brazo del poeta hasta la sólida extensión del camposanto. ¡Reposad! Yo hablaré de la ciudad inexplicable.

  Un día, el actor Max Bacon me confesaba que antes de salir a escena solo podía recordar las oscilaciones del agua en un lago canadiense.

  Entonces comprendí que a los ojos del poeta no existe tal geometrización del espacio, pues imbrica aquel  las formas en otra construcción y es posible así que el río se extienda a sus riberas, al cielo, a los pájaros que lo cruzan. Cada objeto es suficientemente infinito. Cada objeto puede desaparecer del orden asumido y espacial: Fernando Pessoa no piensa en figuras, él es una figura de extensión que no termina en su libro y detrás suyo van las fantasmagorías o la lluvia, la necedad o la muerte. En una suposición infantil se puede afirmar que Fernando Pessoa creó a sus heterónimos para ofrecerlos a la hambrienta humanidad de sus pensamientos. Así otros eran la escisión, nunca él. Era un tipo dichoso en extremo pues culpó a otros del exceso vital, vigoroso, de hacer literatura… sin embargo, Ricardo Reis como Némesis, fue invadiendo a Pessoa y como en la paradoja de Zenón fue avanzando la mitad del camino que le restaba para no llegar nunca: lentamente sustrajo a Pessoa del mundo de los vivos.

  Ese es el auténtico valor de los heterónimos; de ahí su capacidad etérea, su ausencia de cuerpos sino a partes escindidas. Yo no conocí a Fernando Pessoa; pero lo he visto en muchos rostros, fugazmente.

 

12

Página de un diario personal encontrada en la boca del occiso

  Ahí detrás, dos mujeres eran la estampa del gato, ese que remueve las hojas. Es como dibujarlas cuando comienzas a tararear las evoluciones de esto llamado espacio alrededor de ellas. Hay que volverse y mirar sobre la espalda. Allí comienza otra región de esclusas y de piélagos negados con un grito de angustia y siguen su loca modorra, su precipitado aburrimiento como el que sabe se está quedando calvo para continuar en la asistencia sobre el mismo tiempo que es decirte no. Entonces eres tú quien me describe y me duelen los golpes acuáticos sobre mi torso –un arañazo de gusanos- ese doler y no doler, ese mirar y no mirar. Pienso en la tercera región. La del otro. El llamado tercera persona del singular. El Él. Yo voy cambiando tanto y girando que se agrupa  en torno a mis camisas y a mis zapatos y a mi alfombra una multitud de extraños, perteneciéndome. ¡No los quiero, pero siguen estándome! Me canso de ellos, te cansas de ellos, ellos nunca se cansan de nosotros. Es menos triste ser nosotros. Ser, que de por sí es difícil.

  Afuera están las enumeraciones del solo. También el vacío. ¿Hasta dónde es tuyo? Nos vamos corriendo por la calle –hasta ayer llena con esos dibujitos biológicos- ahora desierta como dos sustancias ligeramente emparentadas.

Eso, es la muerte.

13

  Onésimo Guimarez llegó a Santiago de Cuba el primero de enero de 1968. Las calles de la ciudad eran una monstruosa fiesta. La alegría, sentimiento olvidado, lo poseyó y lo lanzó al frenesí de las congas y fue otro; no el buscador de perfecciones, ni el resurrector de cadáveres. Nunca más volvería a sentirse así. Su proporción matemática del universo regresó para no abandonarlo jamás...estaba investigando sobre un médium llamado Juan Gutiérrez, que tenía la capacidad de invocar los espíritus más variados y hacer que permanecieran en su cuerpo por tiempo indefinido.

  Juan lo esperaba en un bellísimo parque frente a la Catedral. Las palabras fueron lentas. Juan estaba muriendo y solo deseaba realizar un último trabajo. El colofón –decía- que le permitiera ser un émulo del inmortal Alan Kardec. Amanerado con suerte –añadía Juan, frotándose las manos- Pronto verá usted, señor Guimarez, de lo que soy capaz. Y se fueron a una mansión en las afueras de Santiago, adonde Juan tenía su templo –ya oculto por ser ilegal y manifiestamente contrario al gobierno-

 

14

  El último fotograma, el del hombre frente al viejo pueblo de San Andrés, fue unido al extenso montaje de Juan Gutiérrez; surgieron imágenes inconexas y raramente lúcidas... Juan Gutiérrez fue desde esa noche, Bernardo Sahagún. Al salir ambos amigos de la mansión, el fotógrafo brasileño alcanzó a leer en una vieja pared: escribir con la facilidad de los infames. Se alegró. Escuchó la voz de Bernardo encarnado en Juan y se alegró. Iban a filmar Pedro Páramo.

 

15

Consulte el guion de Pedro Páramo, escrito por el difunto Vinicio Ferreira.

 

 

16

un gusano enhebra la seda

perdiéndose en el mundo

una mujer enhebra la imagen

criándola en las piernas

bajo el temblor punitivo de sus labios,

el gusano encuentra la forma de enhebrarse en el mundo, vuela.

La mujer engendra en el hombre su imposibilidad de volar: echa raíces.

                                                                               Carta póstuma. Onésimo Guimarez.

                                                                 

17

  El 14 de septiembre de 1972 fue el último día en que vi a Onésimo Guimarez. El traje deshecho, la incipiente barba, el cuerpo revelando las marcas del hambre, fueron indicios suficientes para deducir su locura. Habíamos quedado en rodar ese mes una adaptación mía a Los Sertones, de Euclides Da Cunha: la película iba a ser un fracaso. Era como filmar Pedro Páramo. Era filmar un imposible. Julieta Morais, nuestra productora ejecutiva, había desertado con veinte mil dólares confundida en una revolución que momentáneamente desordenó su país.

  Esta es la cartografía de un fracaso. No pude hacer la película, mas en el ejercicio de pensarla y de sus múltiples apuntes, fue naciendo este grupo de textos que nada tienen que ver con Pedro Páramo y sí mucho con mi vida, con el galopante ritmo de un siglo inicial y polvoriento. Su primera parte –filme y siglo- debe ser leída como un montaje cinematográfico. La última, como la propia voz de Vinicio Ferreira.

Fin del pensamiento eólico del señor Bernardo Sahagún.

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