IZENZON VON ERTEGUN

Se miró en el espejo largamente. Tenía los brazos colgantes y el rostro sin afeitar mostraba una flaccidez que hasta esa noche no había notado. ¿Eso era todo? La vida comenzaba a detenerse a sus espaldas y afilaba rabiosamente cada segundo para hundirlo allí. Su mujer murió cuando él cumplía los sesenta y desde esa mañana se volvió un solitario. Nadie le visitaba y no comprendía la época. Estaba aislado en aquella costa desierta; sobre hondos precipicios se veía alzado por la mano de Dios y arrojado desde lo alto. Muerto un millón de veces. Es terrible –se dijo- que dramatice tanto las cosas. Luego alzó la navaja y sin enjabonarse pasó la hoja por su mandíbula hasta la altura de la oreja. Sin darse cuenta, al mejor estilo Metrópolis, comenzó a afeitarse mientras el tranvía o los automóviles o los ruidos de los estudios Windgate se diluían y recortaban como su incipiente barba caía al lavabo.

En toda América nunca hubo un compositor como él. En toda América la gente solía extinguirse de la noche a la mañana y en su caso particular el proceso se extendió a lo largo de veinte años y de esos los últimos nueve vivió recluido en su habitación del Heddigan evitando a los saqueadores de tumbas. Cuando un hombre llega al extremo de recluirse lo hace para dos cosas: o bien para entrar en contacto con Nyarlathotep o para olvidar algo demasiado profundo como para llegar a ser olvidado.

Izenzon von Ertegun era totalmente incapaz de entender el presente: sus habilidades se limitaban a la observación del pasado como quien analiza fotografías de espionaje. Podía editar a su gusto lo desagradable, hacer fade-out sobre las mujeres que dijeron NO y lentas disolvencias entre las que dijeron SÍ; esto lo llenaba de satisfacción. Luego escuchaba a Charles Klame durante tres horas seguidas y se sentaba frente a su máquina de escribir para darle forma a sus memorias. Izenzon era sensible a la cuestión de la forma y gracias a ello su único libro llevaba diez años sin terminarse.

Cuando escribía, además de la forma, le interesaba la destrucción del raccord. Desde que comenzó a componer a los trece años nunca le había importado respetar la continuidad lógica de sus temas y el resultado fue que al tratar de organizar su obra saltase demasiado los fragmentos poco reveladores y eligiera tan sólo los momentos de clímax que se le mostraban sumergidos en un halo de Inmortalidad. Ahí está el verdadero von Ertegun. Aparecía libre de contingencias, fotografiado por el lado bueno. Por supuesto que Charles Klame (un olvidado compositor que desde hacía varios años trataba de rescatar) vilmente se había encargado de enredar su vida hasta volverla irreconocible. Entonces: ¿Dónde comenzó todo? O mejor, ¿cómo interpretar todo ese asunto nebuloso de Charles Klame? Lo primero, el primer paso inevitable –quizá fatal- para Izenzon von Ertegun, fue descubrir que necesitaba de otros músicos. Aún hoy no puede recordar cómo surgió el nombre de la banda y prefiere imaginar que lo vio proyectarse en las nubes, como el emperador Constatino viera la Sagrada Cruz. Esa tarde de 2008, entre cirros y nimbos y estratos, uno podría leer claramente en el cielo de Westburg:

 

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