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La estrategia de Jean Frey

  El mundo no entendía al idiota y el idiota, en cambio, entendía al mundo: por eso lógicamente era un idiota. Cierto día en que las babas le corrían demasiado largas mientras él rascaba su rodilla ensimismado, conoció a Lorena. Ella al instante se percató que él era un idiota –ella sería un poco idiota al darse cuenta pues el resto del mundo casi nunca lo advertía-. Animado por aquella familiaridad la escupió y seleccionó para ello la más liviana y veloz de sus babas. Ella se alejó. No se le debía pedir más a Lorena.

  Semanas más tarde Lorena fue violada frente al idiota por cuatro jóvenes. Lo llamaba, pero él entendía y guardaba silencio. Recordó su cuerpo sobre la acera, sus llantos, el gesto de apretarse la pelvis, Lorena ya abandonada por los otros acercarse a él a gatas, injuriándolo. Se rascó la nuca y luego se quedó dormido.

  Durante varios meses la vio ir y venir de la escuela, cada vez más fláccida, los ojos más hundidos, el pelo en desorden. Una tarde Lorena juró ser un águila y él la acompañó solidaria y visualmente en su caída desde un tercer piso. Notó cómo envejecía con prematura velocidad, mientras se acariciaba obsesivamente la pelvis. Todos la evitaban. En otra ocasión la vio recoger basuras y comerlas y arrastrarse diciendo ser un puerco espín. Quedaba poco.

  Al año exacto de conocer a Lorena, la joven llegó junto al idiota murmurando incoherencias.

    -¿Agargaf?

    -Ragargaf.

  Había ocurrido. El idiota la miró y dejó que sus babas se juntasen hasta rozar el pavimento.

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