La Gran Forma

 

  Nada sucede. Pascual Ipiranga lleva varios meses fotografiando la Gran Forma. Espera los distintos estados del sol y les arranca reflejos de diamante, oscuridades místicas, reverberaciones extrañas. A veces le recuerdan unos postigos, otras veces una cerradura. Nada le parece descubrir en su obsesión y tan solo se deja llevar por la luz. La ciudad resuena demasiado lejos para él: sabe de la recompensa de los místicos. La visión persiste, se hace aguda, taladra la realidad. Entonces trata de entender los vagos reflejos y las raras opacidades de la Gran Forma. Sabe que algo oculta, ahí, detrás, en el espacio vacío algo duerme o espera y él enfoca su lente y su alma que siempre encuentran la barrera inalterable del cristal; es un organismo que refleja cuanto se le acerca, devorando así la vida de la ciudad y asentándola en su eje; la Gran Forma cuenta el tiempo que destila la humanidad por todas las oscuras y luminosas ciudades del mundo, como toda la estabilidad de los siglos durmientes en lo profundo de cualquier hombre es una colosal mentira, nada duerme, todo ha estado demasiado alerta en nosotros y es el movimiento del mundo quien establece una pesada elipse de imágenes ensombrecidas por explicaciones filosóficas, el progreso, el desarrollo, el espacio vital, todo no es más que una saturación de humanidad, que es el asco de su propio organismo y al igual que los animales enfermos mueren para que sobreviva la especie, para no ser un lastre, la humanidad al convivir con criaturas semejantes y mefíticas -cansada de buscar su sustento en lo temporal que ha sido su ablución más dinámica y efectiva- muere de hambre al agotarse el tiempo. El fin de la Historia es una falacia porque jamás tuvimos historia, la historia es una ficción demasiado eficaz que todos acordamos creer y es quizá la forma que más lejos está de su arquetipo. En la edad en que la palabra muere, en la edad en que aparece un raro hechizo sobre la mano de los niños capaces de dar muerte como en un juego, hay algo extraordinario. Hoy descubrieron un nuevo pez en el mar Rojo; abandonado por la antigua orgía de los diluvios el gran pez estuvo adormecido una era y no despertaba de su letargo pues aún nosotros no despertamos del nuestro y nos creemos ser -un acto de pirotecnia histórica y cultural-; la cultura es el doble reflejo del mundo pues nosotros mismos somos una imagen deforme, inconclusa, del Otro que cerró las puertas del Edén, la espada que se remueve en todas direcciones a la entrada del Huerto es la gnosis inalcanzable, el conocimiento que no es conocido sino por el alma, el que nadie atisba y que en todos duerme; hoy Pascual Ipiranga tiene la curiosa sensación de haber vivido numerosos siglos y de haber cabalgado bajo el sol junto a lejanas huestes, mirando la luna con los ojos del astrólogo y el nigromante, tiene la sensación de que ha bendecido la humedad de las cavernas y ha muerto en las fauces de los escualos o se ha sentido objeto de su mirada abisal; el nuevo pez descubierto es una quimera que ha aparecido por el ansia de sus descubridores, un intento más por sobrevivir a la Elipse que llega a su fin, al punto donde comienza su doble imagen y entonces llegaremos al mundo indiscernible y semiótico, más bien amniótico, como el líquido donde duermen los que ahora nacen superfluos, el gran pez morirá, estoy seguro, en cuanto dejemos de pensar en él. Nada sucede, porque la Nada nos circunda y Pascual Ipiranga presentía estas cosas en el silencio de la mañana, en el color gris del smog siendo esta la forma de la nueva edad que sentía llegar el fotógrafo y para la cual faltaban aún decenios: la Edad Teocrática. Tuvo una fulguración de aquel mundo donde la lengua estaba extinta y millares de esclavos trabajaban en los abismos de la tierra en busca de energía para alimentar unos plutónicos astros inventados por el hombre para sobrevivir a la muerte y oscuridad del último sol cosmogónico. Luego no habría edad alguna, solo una frase iba a recorrer los vacíos espacios del éter, y esta frase de la humanidad iba a estar compuesta por los millones de vocablos dichos en la superficie del globo y en sus entrañas y vagaría en forma de ondas hertzianas y demoraría la edad de las estrellas hasta llegar a un oído que sediento miraba a lo profundo de Dios y atisbaba las habitaciones del cosmos, a él iban a llegar los postreros sonidos del mundo; no los iba a entender pues habrían mutado en luz: serían ahora una lluvia de estrellas que hacían estremecerse de horror a los poblados neolíticos, pero aquella lluvia de estrellas despertaría la primera imagen y esta imagen iba a ser articulada por el niño que deforme se retorcía en el regazo de su madre y sería luego el primer hechicero de la tribu: dijo llanto del cielo y eso bastó para que el ojo del Fénix abandonase la tierra y se hundiese a través de las constelaciones.

  Luego iba a comenzar la verdadera historia del mundo hasta que alguien la negase, mientras lanzaba melancólicos retratos a la Gran Forma.

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