top of page

La infancia de Jurgen Habermass

​

(guion para una novela gráfica de Charlie Hartmann)

* Hay una canción popular norteamericana que dice:

There was an old lady who swallowed a horse:

she´s dead, of course.

 

* En el año 1939, un niño alemán llamado Jurgen Habermas recibió una caja de soldaditos. Fue al patio de su casa en Dusseldorf, abrió un hueco y se puso a jugar.

 

* Veinte años después triunfó la Revolución Cubana.

 

* Hay otra canción popular que dice:

There was an old man called Michael Finnigin,

He grew fat and then grew thiniging,

Then he died, and had to beginigin,

Poor old Michael Finnigin. 

TODO ESTÁ EN ESTRECHA RELACIÓN

​

​

​

EL  ROBO

1

  ¿Hasta qué punto un individuo común y corriente puede resistir la soledad? ¿No somos acaso individuos excesivamente acostumbrados a ella? ¿Es la costumbre otra forma de soledad? ¿Hasta cuando se pueden repetir las mismas estúpidas preguntas?

  La celda tiene tres metros de ancho y cuatro de largo. No tiene olor, más bien huele a hospital. En la celda hay un individuo que se llama Ricardo el Puma. Es un cantante de boleros y hasta ayer vivía orgulloso de su oficio. Su vida era segura como la de los gorriones o los mendigos: engordaba con las sobras de la gente. En su caso se trataba de aplausos y sonrisas de condescendencia.

  Era lo que llamamos una buena persona, o en otro sentido, era un infeliz.

  Ricardo el Puma cantaba en un cabaret obrero. ¿Qué es un cabaret obrero?   Sencillamente un lugar muy tranquilo lleno de infelices.

  L´ Fúnevre era administrada por el argentino Antoine Groussac, de quien hablaremos más adelante, pues no tenemos prisa alguna. Mientras charlamos aquí, en esta penumbra y afuera la lluvia estúpidamente trata de volver a la ciudad un sitio más tolerable o menos siniestro le podré decir algunas cosas sobre Ricardo el Puma, sin demasiadas exageraciones. Siempre es bueno no creer en lo que le dicen a uno. Siempre es bueno -créame- mantenerse al margen.

  La mañana del siete de diciembre de 1960 no tenía nada de especial. La ciudad amanecía sin afeitarse. Daba la impresión de haber sobrevivido a la noche por puro milagro y desde el muelle de Caballería se colaba el viento oscurecido de las chimeneas.   Pero usted conoce la ciudad. Sabe perfectamente que a esas horas nadie se despierta sino que todo intenta desesperadamente regresar al sueño.

  Un tren va entrando a la ciudad. Viene desde Oriente, que es una provincia casi invisible. El tren golpea con su respiración el puente que se eleva por encima de las casuchas y que atraviesa la bahía. Pero adentro aún están durmiendo. Nadie quiere despertarse aunque el calor de la noche ha corrido el maquillaje de las mujeres y ha empapado de sudor el pecho y la espalda de los hombres.

  En la unión entre dos vagones fuman dos sujetos. Pueden ver el mar que se aproxima.   Les da la impresión de estar entrando de cabeza en los muelles; conocen la ciudad y nada parece asombrarles.

  Pero el ruido no deja escuchar la conversación.

  La matrona de un prostíbulo santiaguero se despierta y fuma un tabaco; mira con inquietud los vellos que le han crecido en el rostro durante la noche.

 

2

​

-Agárralo bien. Que no se suelte. Si se suelta se revienta en el piso.

-¿Y qué importa?

-No importa, pero no nos conviene.

-Córtale un tendón aunque sea.

-Está bien. Aguántalo.

-Se está poniendo rojo. Le va a dar un infarto.

-Mejor.

-No seas basura, se está ahogando. Hay que aflojarle la mordaza.

-Ya lo piqué. Si le aflojas la mordaza va a gritar.

-No importa. ¿No ves que se está ahogando?

-Se está ahogando, se está ahogando. Uyuyuy.

-Se la voy a quitar.

-Si se la quitas te empujo. Te vas a reventar allá abajo.

-Está bien, no se la voy a quitar. Me embarraste de sangre. ¿Seguro que ese es el tendón?

-No sé. Se le ve un hueso.

-Eso no es un hueso.

-¿Y qué es lo que es?

  Los dos hombres sostienen a otro que cuelga cabeza abajo. La sangre del prisionero forma signos en la piedra y marca un sendero que llega hasta la primera columnata. Ya ninguno recuerda lo que conversaban en el tren oriental.

 

3

​

  El bolero no es fácil. Es un arte. Con eso se nace o no se nace. Panchito Riset, por ejemplo, o Roberto Faz. Si no los has oído te puedes ir retirando del negocio. Es como pasarle la mano a un gato o a un pedazo de terciopelo. No está nunca contigo. A lo más que puedes aspirar es a que te salga por la boca y después se vaya sin darte tiempo para saber de qué se trata. Ya no está. Se fue. Entonces escuchas el final del tema y la orquesta se estremece como un moribundo que no quiere morirse. El bolero es no querer morirse y a la vez querer a una mujer que te abandone para entonces poder morirse. Como los paleros o los abakuá, esto tiene su iniciación. Tiene su sentimiento. Primero hay que conocer los maestros, que no todos son boleristas puros: ahí está el Bola. Ese negro tiene a Dios en la garganta y no lo sabe. Cuando el Bola canta, el gato se transforma en una pantera que te acaricia y quiere penetrarte, o que la penetres, según sea la canción. El Bola no tiene voz, muchacho. Al Bola el diablo le quitó la voz para que no lo destroce. Por eso no canta, él siente.

  Te lo digo yo, Ricardo el Puma.

 

4

​

  A Fidel Castro lo fue a ver por la tarde Ambrosio Altunaga. Pero no lo pudieron recibir. Estaban en una reunión en el Hotel Nacional; vio a Jean Paul Sartre entrar con su cara de monje degollado seguido por Simone de Beauvoir. Pareja de urracas. De restaurant en restaurant, de mala vida en mala vida. Pobrecitos. En ese instante no conocía a los franceses, pero la mirada de la mujer lo atrajo por un segundo. Mientras esperaba en el lobby se le iba a acercar con la llave de su habitación tintineando en las manos y esas manos lo iban a estar desnudando con una suavidad y una tristeza que nunca vio juntarse en ninguna mujer o mújik. Le daban miedo las asociaciones que no podía controlar o aquella presión que sentía en el lado derecho del tórax. Un infarto inverso. Y era para estarse riendo toda la mañana. Sin embargo la mujer iba a permanecer mirándolo con sus ojos tristes, de gato; alguien le había hablado sobre los gatos hacía mucho tiempo, cuatro o cinco años atrás, cuando aún no se había incorporado al Movimiento. ¡Qué ironía! Incorporarse al Movimiento. Era una convención, una señal de obediencia estarse moviendo. Su Maestro, Ricardo el Puma.  Su mujer, al menos por esa noche, Simone de Beauvoir. Su cornudo, al menos por esa noche, Jean Paul Sartre. Su jefe, al menos por toda la eternidad, Fidel Castro.

  Ambrosio Altunaga miró el reloj que estaba encima de la mesita de noche. Ya se debía haber terminado la reunión. Se vistió de prisa y miró a la mujer, casi una vieja, que se empecinaba en dormir en medio de la luz demasiado clara. Mujer vencida –se dijo- vencida como los medicamentos, expiró su fecha de esplendor. Ahora sólo puede hacerte daño. Se sintió alegre, sin explicación, y corrió escaleras abajo.

  Fidel Castro estaba en el lobby acompañado por Jean Paul Sartre y un grupo de periodistas y rebeldes. La gente se agolpaba alrededor del Comandante haciéndole preguntas que este se esforzaba en contestar. Pero era imposible satisfacer todas las demandas. Al agente de la Seguridad del Estado le pareció que un enjambre de animales carroñeros se abalanzaba sobre una criatura muy antigua, y se empeñaban en comérsela a pesar de que esta se regeneraba como un hígado. Solo la autofagia acabaría con él. Le hizo señas a uno de los escoltas de Fidel y este logró separar al Comandante de la horda.

  Ambrosio Altunaga se le acercó y le susurró al oído:

-Se robaron la Estatua.

-¿Qué estatua?

-La Estatua del Capitolio Nacional.

 

5

​

  La estatua del Capitolio Nacional representa a la República y es la segunda estatua más grande bajo techo de América. Mide cuarenta metros de alto y tiene un diámetro de aproximadamente diez metros. Está ubicada en la portentosa entrada del Capitolio Nacional, que es un edificio a todas luces idéntico al Capitolio de Washington D.C. Está fundida en bronce y pesa sesenta toneladas. Para moverla es necesario derrumbar el edificio o desarmarla en piezas. Alejo Carpentier le dedicó un capítulo de su novela El recurso del método.

  Es imposible robársela.

  Sobre todo porque es absurdo.

 

6

​

  Cuando el custodio Esteban Inzaulgarat despertó tenía un poco de frío. Se dijo que eso se debía a su capricho de no beber café antes de acostarse. Lo desvelaba, y él prefería dormir como un bebito mientras afuera la ciudad se iba sacudiendo el día en lentas caravanas de barbudos. Casi nadie visitaba el local del Senado de la República. A Esteban le parecía que ahora no habría República ni mucho menos Senado o Cámara de Representantes. Gracias a Dios. Aunque sentía nostalgia de los muertos o los emigrados. Muchos senadores, muchos difuntos, el edificio era una gigantesca morgue. Ahora se paseaba por el desierto Hemiciclo, por el Salón de los Pasos Perdidos, por las undosas escaleras de mármol y aquella idea de encontrarse deambulando a través del esqueleto de un dinosaurio no lo abandonaba. Un fósil, un fósil prematuro. Desde este lugar el país comienza a fosilizarse, miles de negros excavando en el sol los cimientos; un circo a lo lejos exhibía fenómenos retorcidos: niño sin boca, mujer con el estómago en la espalda, salamandras invisibles, magos de feria que en verdad mataban cada cierto tiempo a sus ayudantes por error. El oficio transcurría silencioso. Nada es colosal; todo se hizo a la vera de lo miserable. Esteban se detuvo al culminar su ronda y miró a lo alto. En ese instante no supo qué faltaba.

  Entonces vio el tunel.

 

7

​

  El hombre sabía que lo estaban persiguiendo y sin embargo no acababa de lanzarse a correr. Lo habían condenado y eso era algo inconcebible. Pensó en sus hijos que a esa hora jugaban en el portal de la calle San Lázaro y por alguna razón absurda comenzó a recordar una canción a Babalú Ayé, el nombre que da la religión yoruba a San Lázaro. Ta empezando lo velorioque le hacemo a Babalú. Cargó el revólver y se apostó en la esquina de Virtudes. Bucca diecisiete velas. Sabía que estaban allí y que eran dos. No más que dos. El escalofrío en la columna lo hizo presentir un tercero. Pero no había un tercero. Solo aquella sombra que lo impulsaba a pegarse a la pared como una sabandija.  Cobarde, cobarde, cobarde. Salió con el revólver en la mano y le disparó al hombre que venía por su izquierda.

 Pa ponerla en crú.

  Cuando abrió los ojos vio la ciudad que se extendía sobre su cabeza. Estiró las manos pero se le trabaron en las sogas. La ciudad era hermosa vista así. Si la ciudad era el cielo, entonces el cielo era la superficie de aquel mundo extraño. Miró a sus pies y vio el rostro de los dos hombres. El más viejo le cortó un tendón.

 

8

​

  Ambrosio Altunaga dispuso algunos hombres de civil en el perímetro del Capitolio.  Nadie podía entrar a la edificación. Fidel le había entregado el mando del operativo y este debía permanecer en el más completo secreto. Fueron los americanos, seguro fueron los americanos. Ambrosio trataba de ordenar el puzzle en que se había metido. ¿Para qué alguien se roba la estatua del Capitolio? ¿Qué utilidad tiene la maldita estatua? ¿A dónde conduce el túnel que excavaron? Quince hombres armados rodeaban la boca del túnel que se adentraba en lo profundo de la roca. Se pierde bajo la noche de la tierra. Esa tarde a las 5 PM llegó la orden del Comandante. Él, Ambrosio Altunaga, era designado como jefe de una segunda misión: debía internarse con su grupo por el túnel y encontrar la estatua y a los ladrones.

  Ambrosio miró la boca negra, que exhalaba un vapor semejante al cobre derretido. Ajustó la soga e hizo la seña convenida a sus quince hombres.

  Luego se lanzó al abismo.

 

9

​

  Ricardo el Puma encendió un cigarrillo que fue a sumirse en la oscuridad. La luz a veces aparecía en uno u otro rincón del escenario – a esa hora desierto- del cabaret L’ Funévre. Anoche el show fue demasiado largo. Le dolía la garganta y trató de no pensar en el show igualmente largo que le esperaba esa noche. Pensó en Esther, su esposa.

  ¿Hacía cuánto tiempo que conocía a Esther? Desde la Preparatoria.

  Esther tenía dinero y él no pertenecía ni a la clase media. La vieja se tenía que pasar el día cosiendo o lavando para pagarle los estudios; pero él no pensaba en eso. Incluso le parecía vulgar pensar en eso. ¿Quién era su padre? Aquello realmente no tenía importancia. El padre siempre terminaba desvaneciéndose. No resistía las evocaciones: él mismo le enseñó a despreciar los recuerdos. Era un deporte imbécil. Uno siempre está extrañando cosas, y las cosas son de por sí lo suficientemente extrañas. Su padre tenía la virtud de encontrar todo extraño, pero no sorprendente. No se sorprendía ante nada; a veces llegó a pensar con miedo que no le temía a nada.

  Para los demás el viejo Anselmo Fundora era un individuo común, incluso mediocre.

  Para los demás ¿quién era Ricardo el Puma?

  Estaba pensando estas cosas, aunque no de esta manera, cuando escuchó a Antoine Groussac. Venía apoyándose en sus bastones.

  El cabaret era amplio, frente al escenario se dispersaba una docena de mesas y una barra sucia. Un ventanal a la izquierda permitía que la luz entrara formando dibujos geométricos sobre el entablado. A lo lejos, impreciso, se escuchaba un fonógrafo.

-Hoy vino tu padre.

-Ya lo sé, Antoine.

-Las cosas no andan bien; me dijo que a lo mejor se va de viaje.

  Ricardo intentó disimular su asombro; pero fue imposible. Antoine prosiguió sin mirar al Puma.

-Me dijo que te diera esto.

  El inválido sacó un bulto alargado. Lo desató.

  Ricardo el Puma descubrió un machete rojo.

 

10

​

  Evidentemente entre la hora en que recibió el machete y el cuarto oscuro habían pasado doce noches. El libro era voluminoso. Una luz tenue descendía desde el techo y daba sobre el único mueble de la habitación: una pequeña mesa. Sobre la mesa, el libro.  ¿Cuántas páginas tenía? Casi ochocientas. ¿Era pesado o ligero?

  Ahora eso no importaba demasiado.

  El título era ilegible. Sólo se veía el nombre del autor: Jurgen Habermas.

  Anteriormente había caminado por la calle San Lázaro sin ninguna prisa: recordaba los incidentes de aquel día como uno acostumbra hacer antes de dormirse; el problema es que Ricardo el Puma trabajaba por las noches y hacía los exámenes de conciencia a las tres de la tarde. La hora en que mataron a Lola.

  A Lola Hernández la descuartizaron con una suavidad inesperada. Él pudo verlo todo desde el escaparate, en el prostíbulo de la calle Mercaderes. Ese día Lola tomó el lugar de una prostituta enferma de tisis y se buscó su desgracia. Ricardo el Puma tendría catorce años y la mujer le estaba sacando la camisa con la misma ceremonia que su madre, cuando llamaron a la puerta. Lola se asustó y escondió al muchacho en el ropero diciéndole que no se preocupase, y si llegara a suceder algo violento nunca, bajo ninguna circunstancia, debía gritar. Fue a abrir.

  Entraron dos formas en trajes negros. El primer golpe le zafó la mandíbula. Después siguieron. Parecían desenvolver una crisálida muy dulce. Y Ricardo lo miraba todo, sediento no sabía de qué y vio el reguero de sangre y el sol que entraba al cuarto como si nada hubiera sucedido, como a la hora del almuerzo.

  En la mano Lola Hernández sostenía un trapo rojizo: Ricardo supo que era su camisa.

  Los mismos hombres, los mismos trajes y la misma luz. Pero estaban en San Lázaro y no en la calle Mercaderes.

  Ricardo el Puma escuchó un disparo y se escondió detrás de una columna; pudo ver cómo los orientales secuestraron al emigrante alemán.

  Sintió que alguien lo estaba mirando, pero la calle estaba vacía.

  A su derecha, un perro lo observaba.

  Esa noche Antoine Groussac le regaló un machete rojo que había pertenecido a su padre. Y esa noche al salir del cabaret fue secuestrado.

  Antes de encerrarlo le dieron aquel libro y el más alto de los dos hombres le dijo: Podrá salir cuando lo repita de memoria. Si demora más de cuarenta días, despídase de su esposa.

  Y ahí estaba.

  Era en verdad un libro tedioso.

 

​

 

LA PEREGRINACIÓN

1

​

  La oscuridad tubular. Fuimos descendiendo en el líquido amniótico, se respiraba la afloración del centro de la tierra a una superficie marciana. Las sogas alcanzaron justo hasta el primer nivel de las escaleras. Cuánto tiempo demoró excavarlas en la roca, ascendiendo desde una oscuridad tan profunda que era tangible, eso nadie podría decirlo.

  Pienso que alguien, antes que los ladrones de la estatu, labró ese túnel en la roca. Es demasiado grande, es inhumano.

  Después guardó el cuaderno de bitácora y miró el abismo. Sus hombres aguardaban en el primer nivel.

  Habían descendido unos cien metros y hacía un calor abominable. A su alrededor, en forma de coliseo, se extendían vastas secciones de andamios. Eso sí era obra de los ladrones.

  Un imbricado sistema de contrapesos, poleas, elevadores de distintos tipos, incluso una máquina de vapor se agolpaban en la oscuridad y desde la sombra iban lanzando reflejos broncíneos semejando bestias dormidas con algún narcótico. Las criaturas permanecían en silencio. Recién usadas. Sin embargo alguien las había saboteado llevándose algunas piezas vitales: faltaban una polea y una válvula en la máquina de vapor, faltaba el único elevador que descendía al resplandor del fondo.

  Las sogas fueron desamarradas arriba y arrojadas a los hombres.

  Ambrosio Altunaga volvió a amarrar las sogas a los pedazos de hierro de las máquinas y pensó en Dios y en su Maestro: Ricardo el Puma.

  Luego saltaron al abismo.

​

2

​

  El son fue al principio una manera de sobrevivir. Fíjate que en Oriente el mal siempre ha sido una realidad cotidiana. No es que yo disfrute las crueldades si no que sencillamente las crueldades están al alcance de la mano; solo hay que inclinarse un poco y respirarlas. Claro que no me refiero a todos los sones, hay músicas mucho más alegres y maullantes. Pero el verdadero son es siempre satánico. Tiende a la Caída. Tú sabes que este país tiende a la caída. Y eso ni la Revolución va a poder evitarlo.

  Por ejemplo: las Hermanitas y Hermanitos de Jesús, una organización casta y pura, decidió celebrar una velada al lado de la perrera municipal en Banes, el pueblo donde nació Fulgencio Batista. La noche de la función contrataron a un sexteto para que les amenizara la fiesta. Amenizara puede por un simple cambio de letras transformarse en Amenazara y entonces adquirir un nuevo sentido deslumbrante.

  A las nueve de la noche estaban todos los Hermanitos y Hermanitas de Jesús y el sexteto de Ñongo el Palero. Eran alrededor de doscientas personas en el local y pasaban los refrescos y dulces de mano en mano mientras comenzaban a afinarse las guitarras. La noche estaba húmeda. Llegaba un viento que parecía haber recorrido los esqueletos de los trapiches abandonados, los arcos de las viejas haciendas, los pozos ciegos que llenos de agua de lluvia ocultaban madres de agua, serpientes de varios metros que nadie ve pero allí están y te arrastran con un abrazo lentísimo.

  Y el sexteto empezó a tocar. El estribillo decía: no juegues conmigo, que yo como candela. El círculo responsorial contestaba: que yo como candela.

  La noche anterior Itábulo Sánchez se encontró una jauría de perros jíbaros de gran tamaño. Un tamaño sobrenatural. Los fue conduciendo a través del monte con un pedazo de carne de puerco que amarró a la cola de su caballo y corriendo como alma que se lleva el diablo, logró adentrarse en la perrera municipal y sosteniéndose de una viga, dejó que el caballo fuese devorado por los perros.

  Saltando de una viga a la otra pudo salir al alero y fumarse un cigarro. Después bajó y cerró los portones de hierro, dejando a la jauría adentro.

  El caballo desapareció.

  Los perros nunca ladraron.

  Y el sexteto de Ñongo el Palero cantaba: no juegues conmigo.

  Y los Hermanitos y Hermanitas de Jesús contestaban: que yo como candela.

  Itábulo Sánchez se había enamorado de Julia Novoa, presidenta de la Liga Evangélica de Banes.

  Julia Novoa se había rehusado a escapar con Demetrio a Santiago de Cuba y se había comprometido con el presidente de los Hermanitos y las Hermanitas de Jesús.

  Itábulo escuchaba el son y repetía que yo como candela, que yo como candela, que yo como candela.

  Y abrió el portón.

  Los perros nunca ladraron. De los parranderos, quedaron unas cuantas ropas.

  ¿Ves lo que te digo? Luego la gente juró que el sexteto de Ñongo el Palero se había transformado en perros jíbaros. Ellos no lo hicieron, pero quizás fue la música quien trajo la desgracia.

  Más tarde llamaron a los acontecimientos de ese tipo realismo mágico.

 

3

​

…humus que es una segunda piel sobre la piel resbaladiza de las armazones, hasta cuándo será el descenso, no hay modo de respirar este aire que se coagula, todo asiste durmiendo o respirando a nuestra caída, siento físicamente que una mano tantea la oscuridad y una nariz respira encima de nosotros, alguien nos conduce a su vientre, alguien que no conoce lo que hemos sido o la forma en que hemos caminado, un pulpo traslúcido, un calamar cuya cabeza está afincada en el último extremo del mundo, una civilización que rinde culto al pulpo es un tiempo y no una figura, es la resistencia donde las figuras sin cuerpo consistente terminan por carecer de forma y disolverse en el tiempo. Veo la luz del fondo. Sé que más allá del fondo hay otra luz y otra y otra, hasta llegar al último resplandor: el del amnio.

  Habían llegado al fondo. El resplandor que creyeron divisar se fue desvaneciendo a medida que los agentes descendían. Pronto desapareció del todo.

  Encendieron las linternas.

  Ambrosio Altunaga dejó caer la suya por el susto: estaban en una estación de trenes.

  Los rieles se adentraban en la oscuridad de un nuevo túnel, que corría paralelo a las calles de La Habana.

  Doscientos metros por debajo.

 

4

​

  Lo que te iba diciendo. Fíjate en esta ranchera mexicana:

Por la sierra morena, cielito lindo, vienen bajando

un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando.

  Ahora tómala en su sentido literal.

  Por un cañón agreste del poblado de Chihuila vienen un par de ojos revolcándose en el polvo, armados con fusiles semiautomáticos, vienen a buscarte. Tú sabes que no es cierto, que es una maniobra de las alucinaciones porque has fumado y bebido demasiado, pero ya están aquí y con su agujero de nervios a medio hacer, donde un cirujano de la Frontera se ha apresurado en abrir una boca y ubicar una prótesis, pregunta por ti. Tratas de escapar por el baño, golpeas el lavabo y te das cuenta que hay una espada encajada bajo el grifo y te esfuerzas en arrancarla, excalibur-antiojos-anteojos. Recuerdas que debías estarlos usando hace mucho tiempo y que están sobre la mesa del bar llamándote al orden: los ves, y todo desaparece, vuelve la respiración y los órdenes respetuosamente se adaptan a la realidad sin ojos.

  Solo quedan el desierto y tú.

  Es mejor detenerse ahí.

  No pensemos en los boleros que empiezan por arráncame el corazón.

 

5

​

  Los hombres decidieron seguir los rieles. La estación no tenía nada de especial salvo el lugar donde se encontraba. Un apeadero de diez metros de largo, luego un andén con los bancos carcomidos pintados de verde; adentro no había nadie, pero tampoco era un lugar demasiado antiguo.

  Databa de 1939, según una placa que encontró Ambrosio. Es imposible que esto no lo supiera el gobierno. Ambrosio estaba desconcertado y dio la orden de avanzar por los rieles. Ya los encontraremos.

  Siguieron marchando. Pronto desaparecieron en la nueva oscuridad del túnel.

 

6

​

  Yo te puedo hacer una historia, pero prefiero callármela. Mientras fumas ahí en la penumbra y afuera continúa lloviendo, un otoño se pierde sin que podamos hacer nada. La bahía está cansada de la ciudad. Todas las ciudades son portadoras del hastío porque son inmóviles trozos de piedra. Hasta Roma, la Ciudad Eterna, aburrió a sus legionarios y a los bárbaros que después vinieron y añoraron la estepa y los claros en medio de los bosques, y vieron que el cielo era distinto, incapaz de albergar dioses, vieron que las cúpulas era una burda imitación del cielo, y que el cielo era concebible solo en la medida en que era impensable.

  Fueron cansándose del esplendor de la decadencia.

  Ese hastío de los bárbaros es el mismo que, durante todos los años que duró la construcción del Capitolio Nacional, impulsó a los hombres que juraron excavar aquel túnel desde la casa del emigrante alemán Walter Habermas hasta la base del edificio. Primero fueron un grupo de ñáñigos venidos de Oriente, que por un encargo o destino que ignoro fueron alojados en la casa de Habermas. Allí los cantos se alzaron para ir ablandando la voluntad de los santos que habrían de ayudarles en la excavación. Buscaron a unas deidades que no conozco, que no son del culto yoruba, y dicen que en las noches llegaba del mar algo que se arrastraba por los cafés y la avenida del puerto, que ocultaba su cuerpo para ir a asilarse en la casa del alemán. Allí era atendido por mujeres que no tenían miedo de la deidad, la cual permanecía sumergida en agua salada y era alimentada con piedra de aerolito. Los negros serenaban con su música los movimientos de los tentáculos.

  Así surgió una nana, de aquellos cantos, que el Bola adaptó para su célebre Drume negrito. El sentido horrible de la melodía ha ido desapareciendo, porque el Bola se encargo de humanizar lo bestial.

  El Agujero fue descubierto por Constantino, un negro que fue estibador hasta 1940 en el puerto de La Habana. Por aquellos años se había empleado en una cuadrilla que trabajaba en la zona Este del capitolio. Mientras se preparaban los cimientos, el negro acostumbraba alejarse para fumar. Un día se sentó sobre una piedra que tenía dibujados unos signos en un idioma que no era cristiano, según Constantino, y decidió levantarla. Debajo había una caja de música. La tomó y la hizo ejecutar la melodía.

  El túnel surgió ante el estibador y este se atrevió a explorarlo descendiendo por las antiguas escalinatas. Vio que tenía forma de L: una caída vertical de doscientos metros, a menos que se descendiera por la escalinata de piedra negra y luego un túnel horizontal que se perdía bajo la ciudad.

  No sé cuál motivo hizo que Constantino se uniera al alemán Walter Habermas y a los ñáñigos y les revelara sus secretos: tal vez ya él era un ñáñigo o, peor aún, un anarquista como Habermas.

  Lo cierto es que los negros lograron convencer a Gunnar Kropotkin, hijo del célebre anarquista ruso, para que financiara su proyecto en secreto.

  No sé más. Es peligroso saber más.

  Aprendí estas cosas de mi Maestro: Ignacio Villa, el Bola.

 

7

​

  Avanzaron por el túnel durante nueve horas, descansando solo dos veces. Por momentos algunos hombres creían descubrir al fondo el parpadeo de una luz verdosa. Ambrosio Altunaga había advertido la ausencia de criaturas: excepto ellos, nada vivo parecía existir en el túnel. Ni murciélagos, ni ratas, ni lagartijas. Por un instante él también creyó distinguir un parpadeo, una luz que aparecía y desaparecía en periodos muy inexactos, sin embargo la luz coincidía con el deseo que se tenía de verla; era como si el leve resplandor solo apareciese cuando uno pensaba en él.

  Entonces las sintió.

  Mariposas.

  Millones de mariposas negras cruzaron en silencio entre ellos, como si los hombres no existiesen allí o sencillamente no fueran percibidos.

  El túnel se las tragó; los haces de luz no lograron iluminar una sola. Los hombres tenían la sensación de haber estado en contacto con algo muy viejo, algo que estaba disperso en el cosmos antes de la Tierra.

  Pero fue solo un instante. Pronto Ambrosio Altunaga reagrupó a sus hombres y continuaron la marcha en silencio. No habían tenido tiempo de asombrarse.

  Al cabo de la novena hora, vieron un círculo de luz que comenzó a crecer a medida que avanzaban.

  Estaban llegando al final de la línea.

 

8

​

  En el pasado hubo muchos experimentos de este tipo. Parecelso incluso prendió fuego griego a un individuo para verlo internarse en la corteza de un árbol y formar una caja de música. Hermes Trismegistos recomienda para fabricar centauros rellenar con fetos humanos una cría de becerro. Un comedor de mariposas aseguraba tener el don de la ubicuidad. Eso es definitivo; puedes esperarlo en cualquier momento. Un ejemplo desesperado es asegurar que todos los grandes poetas ciegos han cantado a las fuerzas crepusculares del hombre. Y por eso han enceguecido. Enceguecer es mirar adentro. Criatura vuelta al revés. Tú no conociste a Arsenio Rodríguez, que era un tresero satánico. El tres es una guitarra mutilada, como la sitar hindú es una guitarra que desaparece en un bosque de posibilidades. La felicidad continua es un estado de satanidad; y eso es precisamente el son. Todos los ritmos sincopados retienen eso inestable. Las marchas -marcadas a dos tiempos- son una evidencia de grandiosidad venida a menos -restos de fascismo y ópera-, sin embargo la música cubana se marca a dos, un tiempo arriba y otro abajo, y en medio la síncopa. No hay opciones. O se está arriba o se está abajo. Y el estado que adoptes es definitivo a menos que llegue un libertador.

  Y eso fue el Bola en un sentido y Fidel Castro en otro: uno transformó el sentido del mal irremediable y lo fijó en el ritmo hesicástico; y el otro, un hombre privado por completo de ritmo, congeló la realidad y la sustituyo por un autómata.

  De más está decir que ninguno de los dos puede ser eterno.

  Solo el Innombrable es.

 

9

​

  El resplandor se transformó en la certeza de una mole desconocida. Ambrosio Altunaga pudo ver los altos muros y los abandonados contrafuertes, pudo oler la atmósfera seca y antigua, de sepulcro, de millones de sustancias descomponiéndose y adensándose en una oscuridad sin principio ni fin; como en las leyendas nórdicas el doppelganger es la forma vacía, el portento que deambula, el sonido sin garganta, el órgano sin fuelles, -¿qué es doppelganger sino la magnificación del pabellón del vacío, de la mirada de los ciegos?- así era la ciudad, como si fuese enterrada por un bombardeo y sus habitantes se viesen obligados a vestir las ropas de su teatro, a salir a las calles con ricos trajes venecianos y a desplazar aquella francmasonería insensata y gris entre sus difuntos; todo se constituía en un extraño y perfecto carnaval de piedra. La ciudad era entonces un doppelganger, un fantasma, un agujero que absorbe y vomita la realidad; como si cada urbe del mundo proyectase una sombra que se encaja en la tierra, nube atómica de Sodoma, quietud indostánica de Gomorra, la seguridad del no-ser, del otro, de la sombra. Los dieciséis hombres fueron iniciando el arduo ciclo de las metamorfosis y sus propios pasos fueron criaturas que les ocuparon todo el cuerpo para luego desvanecerse y retornaban a ellos una y otra vez hasta la eternidad sutil e inconcebible. Fueron desvaneciéndose en sí mismos hasta cruzar las puertas y ser Uno con los palacios y las mansiones.

  Habían penetrado en la ciudad ancestral de Dite, en el Templo de los anarquistas.

  Las puertas estaban abiertas. Ante los expedicionarios se alargaba una plaza de unos quinientos metros cuadrados y el ferrocarril continuaba su empecinada línea recta hasta perderse en la bruma de las casuchas y los puentes al final de la plaza. A la izquierda y a la derecha se alzaban las paredes de piedra del túnel, mientras que los edificios de la ciudad, si alguno existía, de seguro se encontraban más allá de las puertas, entre la bruma por la cual aún parecía recortarse la silueta de la Estatua.

  Ambrosio Altunaga y sus hombres hacía rato habían perdido la capacidad del asombro; más bien estaban un poco fastidiados por tanta novedad y alguno que otro comenzaba a preocuparse por su mujer o su partida de dominó. Claro que esta red de murmullos no llegaba hasta Ambrosio Altunaga, quien en aquel instante debidamente trascendental pensaba en su amigo Ricardo el Puma, en cuánto habría dado porque el bolerista viera su descubrimiento, aunque no fuera más que una ciudad vacía sin ningún interés para los arqueólogos y sí un buen lugar para montar un fabuloso cabaret para ellos dos y el Bola; imaginó los pasos de Antoine Groussac –y esto es una ironía tratándose de un inválido, pero el argentino maneja sus muletas con una agilidad de piernas falsificadas- desapareciendo en busca de una orden a través de los vastos corredores y pensó en el padre de su amigo, en Anselmo Fundora, y lo estremeció algo semejante a un recuerdo solo que no podía precisar su origen: alguien le había contado algo sobre Anselmo y sin embargo ahora la historia había desaparecido de su cabeza, absorbida por una curiosa aspiradora que manipulaba con agilidad su madre. A esa aspiradora iban a parar muchas ideas estúpidas. Entre ellas la de fundar aquí un cabaret.

  Así que escupió en el piso y volvió a ser un abnegado agente de la Seguridad del Estado.

-Vamos a seguir por la línea hasta llegar a las casuchas y a los puentes del fondo. Tengan listas las armas.

  Los hombres fueron cortando la oscuridad con el suave brillo de las metralletas y el tintineo de las cantimploras, y sus pasos se volvieron más tenues y su respiración fue administrándose en el menor ruido posible. Estaban cerca, demasiado cerca. Cualquier error podía costar la vida y los juegos de dominó y las mujeres fueron desapareciendo hasta dejar en el interior de cada uno de los hombres un vacío resonante, en el cual penetraba la realidad a través de hendijas y solo en la cantidad tolerable y necesaria para mantenerse en pie y vigilante, el resto era accesorio y era rechazado: el resto formaba la escoria de viejos metales inútiles que se pudren en el desierto y la fuerza corrosiva del desierto se constituía en el deseo de alcanzar el leve, bendito, incorruptible metal de la Estatua de la República.

  La bruma comenzó a desaparecer y tuvieron que abandonar la línea del ferrocarril para acercarse a los bordes de la primera línea de casuchas. Se trataba de una especie de favela, pero luego comprendieron sin hablarse que se encontraban en un solar, el más grande que habían visto en su vida. Sintieron la música. Y no se trataba de un son. Era jazz.

  Ambrosio Altunaga reconoció la orquesta.

  Hacía unos diez años el exiliado argentino Antoine Groussac había comenzado a recolectar mendigos que tuviesen algún tipo de deformidad: cojos, inválidos, tuertos, ciegos, leprosos, enfermos del baile de San Vito, paralíticos. Luego intentó crear una orquesta con ellos; al principio los enfermos se opusieron, pero con un método desconocido, Antoine logró que aquellos seres tristes y solitarios empezaran a tocar jazz. Organizó una gran orquesta que bautizó con el nombre de Sankt Severin´s Blues y trató de buscar trabajo con sus músicos –él es un empedernido clarinetista- y logró un breve contrato en el Riviera que cesó cuando una señora de la highlife se quejó con el gerente del hotel. Decía que el espectáculo agredía la sensibilidad y el estómago de muchos: en respuesta Antoine y sus músicos tocaron la última noche en el Riviera completamente desnudos. Más de una señora perdió el conocimiento y todos fueron a dar al castillo del Príncipe, y una vez allí encarcelados, los enfermos y Groussac se sintieron a sus anchas pues ejecutaban para otros tan miserables como ellos los temas de la Sankt Severin´s Blues, a capella.

  El estruendo era tal que a los tres días fueron liberados. Pero ya era demasiado tarde: sus temas formaron parte durante muchos años del repertorio de los presos en la fortaleza.

  La orquesta tenía un sonido especial que la diferenciaba de la del Benny, la de Arcaño, la Riverside, la de Rodney en Tropicana, luego también de la del maestro Romeu, la Orquesta de Música Moderna. Su cantante principal –el lisiado Phillip Murcia- decía que componía a ciegas pues su pianista era Ladislao San Germán que tenía sólo dos dedos en la mano izquierda –el pulgar y el meñique- y sus amigos le llamaban el telefonista y a la vez era ciego.

  Dicen que tocaba muy bien. Era una mezcla de Art Tatum y la Venus de Milo.

  Sin embargo esta insoportable digresión no perturbó a Ambrosio Altunaga. Estaba sorprendido de escuchar el sonido de la Sankt Severin´s Blues, eso es indiscutible, pero aún así elaboraba en silencio una hipótesis lógica para aquel desbarajuste. Mientras él y sus hombres avanzaban en la oscuridad el recuerdo iba llegando en lentas oleadas que bamboleaban su espíritu como una rumba suave y maléfica.

  Primero una película: Criss Cross. Un director desconocido. Su padre, también un desconocido, lo había llevado al Payret a ver aquella película que no tenía nada de especial y sin embargo su fuerza magnética era precisamente aquella ausencia de fuerza o de arrastre, pero a la vez una escena surgía con un poder hipnótico en medio de la anodina historia de amor entre una muchacha fea y un hombre de bien: era la escena del cabaret donde se interpretaba aquella rumba: negros americanos y rubios pintados de negro con el pelo lleno de vaselina que les chorreaba por el rostro golpeaban con éxtasis los tambores decorados con palmeras, y al fondo, un cartón con una playa azul y desierta –no sabía cómo, pero recordaba el color de la playa a pesar de tratarse de un film en blanco y negro-. Los tambores hacían redobles muy largos que iban perdiendo intensidad a medida que las luces bajaban y entonces los metales en ángulo –siempre los fotógrafos de Hollywood filmaban a las jazz band en planos inclinados oponiéndose las cuerdas a la percusión o componían maniáticamente en primer plano las manos del negro golpeando la tumbadora y la cantante en un tercer plano, de forma tal que quedase atrapada entre las manos del negro y ese plano era como el ofrecimiento de una hetaira al diablo- contestaban a la pérdida de la luz y un cenital permanecía en el centro del escenario que había desaparecido y allí estaba la bailarina, la mujer fatal y exótica, nacida probablemente a escasas cuadras del Bronx, pero que tenía un nombre como Leticia La Tarántula, Joana La Flor Dormida, Pura El Angel de Fuego, Violeta La Mujer de la Máscara, o la inmortal Tongolele. Era una bailarina que no tenía rostro, en ese lugar se ubicaba la bruma de los recuerdos de Ambrosio, era como el rostro de su padre bueno para los desvanecimientos, la música seguía y el cuerpo de la bailarina se desplazaba por la arena ancestral de la playa de cartón y sus ojos resplandecían en la nada del rostro. El rostro era una máscara asistida por dos esclavos malayos y su cuerpo fue levantado sobre un escudo de plata falso y mientras realizaba las extrañas contorsiones que recordaban los caracteres chinos, Ambrosio recordó que ya no veía Criss Cross sino otro filme, y que aquellas dos mujeres eran la misma y eran a la vez la respuesta y la relación misteriosa que fluía por debajo del robo de la Estatua. Ese filme comienza con el Cristo que vuela y es llevado por los aires en un helicóptero y la Estatua de la República pareció caminar en el subsuelo cuando en realidad era llevada por una locomotora. La segunda bailarina era la estatua que danzaba: entonces la música conmovía a la piedra y la piedra misma era un baile detenido en el espacio. Por eso la jazz band del argentino tocaba en la ciudad: estaban hipnotizando a la Estatua.

  Los expedicionarios se detuvieron a la altura de las primeras casas. Ante ellos el solar aparecía en toda su extensión: unas tres mil viviendas se apretujaban hasta rozar lo alto de las columnas de piedra y aún entre los altísimos capiteles algunos espíritus aéreos habían instalado sus barbacoas.

  El ritmo de la jazz band se alzaba feroz en medio de la noche sin estrellas y todo se mezclaba y desaparecía en medio del salvajismo de la fiesta, pronto escucharon los primeros gritos y luego de forzar la puerta de una casa se dieron cuenta de que estaba vacía y subieron por una elevada escalera de caracol hasta la última barbacoa recostada al fuste de una columna que ninguna mano de hombre había labrado y vieron el carnaval de los anarquistas.

  Abajo, cincuenta metros debajo de los expedicionarios, se elevaba la Estatua de la República rodeada por miles de hombres, mujeres y niños. La multitud se retorcía al ritmo cadencioso del be-bop que iba dejando escurrir la Sankt Severin´s Blues y Ambrosio pudo ver al argentino Groussac dirigiendo con una de sus muletas las evoluciones de la gente y de la música. Conocía el tema: lo habían compuesto un cubano y un norteamericano y le parecía lo único formidable que habían creado las dos naciones: Manteca, by Chano Pozo & Dizzie Gillespie. Miles de personas se asfixiaban las unas a las otras con tal de tocar el metal de la Estatua y de respirar el sudor ajeno que garantizaba el éxtasis y la perduración.

  Los hombres de Altunaga guardaban silencio. Miraban a su jefe esperando una orden.

  Ambrosio sabía que ordenar cualquier tipo de ataque era un suicidio y él no tenía ganas de morirse; a la vez tenía que mostrar algún tipo de iniciativa frente a sus hombres. Recordó Los hombres de Panfilov y solo le llegó una esfera indiscernible de consejos de la que no pudo extraer ninguno aplicable a su actual situación. ¿Existía en verdad algún consejo que pudiera ayudarlo de alguna manera?

  Entonces la Estatua comenzó a moverse.

  Mientras aplastaba con toda tranquilidad centenares de cabezas la mole de broce se aproximó al lugar donde se escondían los expedicionarios. Altunaga reaccionó como ante una señal del Altísimo.¡Agarren las sogas! ¡Vamos a saltar sobre la estatua!

  Y los dieciséis hombres de Panfilov saltaron sobre la República.

  Mientras se desplazaban a toda velocidad bajo las arcadas infinitas en dirección a otra luz que todos sabían era la del inicio del túnel de ascensión y de los andamios y del aire libre, Ambrosio Altunaga comprendió que alguien en el exterior los había salvado.

  Pero no se imaginaba cómo.

 

10

​

  Ricardo el Puma había memorizado doscientas páginas. No podía más. Era imposible, las palabras lo estaban enloqueciendo.

  Le dio un golpe a la puerta de su celda esperando lastimarse.

  Y descubrió que siempre había estado abierta.

EL TEMA

​

1

​

  Walter Habermas vio que su hijo llevaba más de dos horas estudiando con los tambores batá. Jurgen nunca va a ser un filósofo. ¡Qué lastima! Y salió por la calle Mercaderes dispuesto a informar a las autoridades del robo que se planeaba desde hacía veinte años. No pensó en sus hijos ni en su mujer. Ya sabrían cuidarse si a él le pasaba algo, pero la situación se había vuelto insostenible. Él creía en los cambios, en las revoluciones, estaba seguro que ahora las cosas sí iban a cambiar. Los otros no. Su plan -el de los anarquistas- supuestamente sobrepasaba la Historia, no entraba en lo histórico sino en una supra-historia que Anselmo Fundora, el jefe de los ladrones, se había encargado de crear y divulgar entre los miembros de la Liga Anarquista: allí militaba el tullido Antoine Groussac y pronto militaría Ricardo el Puma, el hijo de Anselmo. No lo conocía. De cualquier forma seguro no se estaba perdiendo nada extraordinario. Un bolerista mediocre. ¿Por qué Anselmo le había advertido de la necesidad de no incluir a su propio hijo en el robo? Es mejor esperar un poco antes de solicitarle que se nos una. Es muy joven -eso decía Anselmo Fundora-. ¿No tendría miedo el viejo de que su hijo pensase diferente acerca de su sentido de la revolución verdadera, supra-histórica? Sí. Todo podía ser posible. Sin embargo, ¿a quién podría temerle Anselmo? ¿quizá a algún amigo de su hijo, quizá al otro bolerista mediocre llamado Ambrosio Altunaga, que dicen las malas lenguas que es de la Seguridad del Estado?. Yo no sé. No confío en nadie. Pero voy a advertirles acerca del robo a las autoridades. Este no es el momento de actuar.

  Esto más o menos iba pensando Walter Habermas cuando fue interceptado por los orientales en San Lázaro.

 

2

​

  A veces se está demasiado solo. Y la respiración del bar es la única compañía. Todos los animales solitarios buscan su aposento en la noche que se extiende a lo largo del mar. Al inicio la idea se resiste a nacer. Yo no quería un hijo, pero en realidad las cosas habían tomado otro rumbo antes de que yo pudiera adivinarlo. La ciudad se desplaza a lo lejos, en un rumor de millares de luciérnagas. El hambre y la oscuridad, pero un hambre de qué, por Dios, qué cosas he estado persiguiendo en la oscuridad, careciendo de las palabras para encontrarlas, allí donde la palabra era entonces un alivio se había transformado en una tortura, nunca se dice lo que se piensa, todo lo que se piensa es otro engaño de la oscuridad para atraernos, al final la noche desaparece, se diluye en nuestras vidas y aquí hay una quietud amniótica, en esa certeza de una nueva mentira puede estar la libertad; aunque nunca me importó la libertad, solo sus excesos. Ahora estoy de noche mirando el agua y la caída de mis ojos al agua –literalmente- es el resplandor de un ciego jazzista: Art Tatum. ¿Lo has escuchado?

  Al amanecer tuve dos noticias terribles y a la vez esperanzadoras, aunque no sabía de qué: supe que mi mujer esperaba un hijo y que yo nunca sería un bolerista.

  Evidentemente una cosa no era la reacción de la otra, algún orden transversal las surcaba imprimiéndoles una  melancolía que me había pasado la vida evitando y que ahora estaba frente a mí: cuando me gradué de las diferentes escuelas por las que tuve la desdicha de pasar, nunca regresé a verlas nuevamente. Atrás aguardan los claustros vacíos que me he negado a recorrer. Atrás millares de rostros que la nada se traga, que la memoria regurgita cuando le parece y todo, absolutamente todo, equivale al humo de este cigarrillo que fumo junto al mar.

  Voy hundiendo la nariz en el agua. Y respiro.

 

3

​

  Tú siempre estás sacando conclusiones que yo no entiendo. Lo mío es la música, Ricardo. Yo hablo con el piano. Soy más sencillo de lo que tú crees. No es bueno andar idolatrando a la gente, porque la gente no se puede encasillar en buenos y malos, aunque es muy sabroso hacerlo. Uno habla mucho y en realidad hace muy poco. Pero a uno le gusta hablar, qué le vamos a hacer. A mí me gustan los hombres, Ricardo.

  Y tú me gustas mucho.

 

 

4

​

  Se lo arrancaron, veamos esto en una secuencia de cine mudo, la sala está vacía y el proyector emite una serie de quejidos y parece estar masticando las imágenes, pienso en Woodstock ¿te acuerdas? Janis Joplin, Jimmy Hendrix, la lluvia, al alcance de la mano la posibilidad, aún no sucedía o era demasiado pronto para imaginarlo, él habría estado en la República de Woodstock, miles haciendo el amor, miles respirando el hambre que no era hambre de carne o de espíritu o de iluminaciones más o menos fraudulentas, Janis Joplin nunca pudo convencernos, pero Cristo tampoco pudo y sin embargo era una forma de religión, éramos cenobitas, estábamos en la cima de la columna alimentándonos de panes izados por individuos piadosos y discretamente gays, la antropofagia era una costumbre o una herramienta, mejor aún, era el sacramento, y esto es definitivo, como la costumbre de decirlo, él hubiera estado allí, con la misma ausencia de nosotros que nunca estaremos y sin embargo eso fue el presentimiento de lo que podría sucedernos a todos; el Mayo Francés era el primer ensayo de la posibilidad, nunca fue una conciencia crítica o un proceso organizado, fue el hastío y el impulso de una divinidad colectiva, de una mente gremial, de millares de elitros crujiendo en la oscuridad de la última noche de la Tierra, más allá de la tierra y los gusanos y el hedor de los campos amanecidos pudimos marchar, en ese sentido de marcha definitiva al abismo, es maravilloso dejarse caer, sin posibilidades de resucitar al tercer día porque al tercer día la putrefacción es incurable.

  Él, nuestro hijo, no pudo cantar en Woodstock en 1969, porque en 1965 un aparato de hierro lo desgarró en dos mitades y los otros pedazos fueron surgiendo al exterior poco a poco, hasta que la enfermera estuvo segura de que mi esposa no corría ningún riego de infección. El taxi que nos llevó a la casa tenía un letrero que decía: Nuestra empresa ha sobrecumplido el plan. Había visto el mismo cartel en la sala de abortos.

 

5

​

  El Bola deja la casa abierta para el que quiera robarle o celebrar. No importa la estación. De cualquier modo en la isla no hay estaciones. Una vez le había confesado a Ricardo el Puma que le atraía; al bolerista no le importó la confesión y siguieron cantando juntos todos los domingos en L´ Fúnevre, y Antoine Groussac juraba a quien quisiera escucharlo que eran pareja.

  El Bola era la respuesta para una pregunta muy antigua: ¿qué es la música? Debemos reconocer que esta es una pregunta estúpida, pero si se repite un par de veces y realmente se desea con fervor una respuesta, aunque sea sarcástica, escuchar algunos temas del Bola pueden ayudar al cándido repórter.

  El Laocoonte: Ignacio Villa lo vio -al menos una réplica en París- y casi enloquece. Yo no entiendo a los griegos, es más, chico, me importan un carajo. Pero esa piedra estaba respirando. Y yo recordé entonces el mal de la piedra.

  Todo comenzó en una madrugada de Buenos Aires. Era el año 1950. Virgilio Piñera trabajaba como colaborador de Orígenes en Argentina. No sé si esto tenga que ver con lo que sucedió en La Habana en 1960, con los sucesos del robo de la estatua del Capitolio  -por demás muy pocos sabemos sobre eso-. En fin, escúcheme.

  La pensión estaba vacía; siempre en aquella época del año –era a finales de diciembre- los inquilinos partían a visitar a sus familias en el sur, de modo que los pasillos se extendían y deformaban por el aumento del vacío. Las puertas comenzaban a armonizar con la pared, los olores desaparecían y los ruidos se iban apagando: la pensión recordaba a un árbol de navidad en un basurero. Por suerte Borges había incluído unos cuentos de Virgilio en un número de la revista Sur y gracias a estos el cubano sobrevivió durante aquellos meses.

  Por primera vez en mucho tiempo no temía pasar hambre, y eso era casi un milagro.

  Llegó a la pensión a las seis de la tarde y comprobó la hora en el reloj del lobby; luego ascendió por la escalera desde la cual podía leerse al revés el nombre Casa Groussac, labrado en el vidrio sobre la puerta principal. Fue descubriendo como un ciego la ruta de su cuarto; disfrutaba rozar con una mano la pared y cerrar los ojos para que la mano, transformada en un órgano de visión, le fuese describiendo las temperaturas, colores, profundidades y tristezas de los objetos. Había caminado unos veinte metros cuando se encontró frente a su puerta y abrió los ojos.

  No pudo ver nada.

  Horrorizado se tocó los párpados con la yema de los dedos y se aseguró de tenerlos abiertos; gritó en vano, la pensión le devolvía el eco y él tanteaba a su alrededor buscando las materias que conocía, sin embargo los objetos que lo rodeaban habían sufrido una metamorfosis: las sillas no poseían su textura habitual y estaban en un orden distinto, tropezó con recámaras desconocidas, vagó por absurdos pasillos que terminaban en una pared y registró armarios en los que tuvo miedo de palpar su rostro ajado como una prenda más. Era de noche. Estaba seguro que era de noche, aunque la ciudad guardaba silencio. Había algo junto a él que no acababa de manifestarse, un espíritu, pensó. No. Es el Curvo.

  Recordó la vieja fábula de Peer Gynt, donde el cazador se encuentra en una cabaña con un animal desconocido, una bestia tan grande que su cuerpo llena por entero el espacio. La bestia le dijo a Peer Gynt que su nombre era el Curvo, el Gran Curvo. Desafortunadamente Virgilio no podía recordar cómo diablos el cazador se había librado de la bestia. En ese instante una mano se detuvo en su espalda, le pareció que la mano del Curvo lo estaba acariciando para luego, en un abrazo definitivo, hacerlo descansar en paz. Sintió una voz muy suave que le dijo: Despierta, Georgie, tienes una pesadilla.

  Y vio el rostro de Norah entre la niebla.

  Borges se despertó asustado y poco a poco su respiración se fue serenando. Podía de alguna manera reconstruir los objetos de su propia habitación de memoria. Le asustó el hecho de haberlos desconocido en el sueño. Es que se trataba de otra persona, yo era Virgilio Piñera, y por tanto mi propia habitación debía resultarme ajena.

  Al mismo tiempo, en la Casa Goussac, el escritor cubano ponía en hora su reloj de acuerdo con el que ocupaba toda una esquina del lobby. Mientras ascendía la escalera leyó el nombre invertido de la pensión y por un momento deseó cerrar los ojos y dejarse llevar hasta su cuarto. Pero afortunadamente no lo hizo.

  Lo interrumpió una voz que provenía de una habitación a su izquierda. Allí reposaba una señora en lo que al inicio le pareció a Virgilio una pequeña motocicleta. Luego descubrió que se trataba de una silla de ruedas de modelo reciente, que trabajaba al parecer con kerosene. El aparato vibraba de forma ininterrumpida y Virgilio pensó que la anciana debía disfrutar aquella sensación, pero luego se reprendió por la idea. Se trata de una complicada máquina sexual. El hombre dio unos pasos, los suficientes para cruzar el umbral y encontrarse a dos metros de la señora. ¿Qué desea? La mujer comenzó a hablar, ignorando a Virgilio:

  -Cuando pequeños íbamos al río a pescar mis hermanos y yo. Vivíamos en Salta, mi padre tenía una hacienda y acostumbraba pasearnos todas las mañanas en su automóvil. Cuando llovía jugábamos en la casa o nos revolcábamos en los barrizales. Fue allí donde contraje el mal de la piedra. Respiré el polvo de una cantera abandonada: primero los pulmones se contrajeron con tanta fuerza que escupí la sangre y perdí el conocimiento, al despertar mis manos no me obedecían, luego fueron mis piernas y con el paso de los años lo he sentido crecer centímetro a centímetro en mi interior, las rocas y el polvo mezclándose con mi comida, la mirada deteniéndose en los objetos más queridos porque sé que llegará el día en que me alcance los ojos y ese momento será definitivo porque de una cosa estoy segura: llevaré conmigo hasta la muerte la última imagen que pueda ver. Tengo miedo de esa imagen; puede ser maravillosa o terrible y esas son las equivalencias de mi infierno o mi paraíso, la última imagen, el último segundo de certeza y luego la noche… ¿Podría conectar el fonógrafo?

  Virgilio atravesó indeciso la habitación y accionó la manivela del fonógrafo. Era Schumann: La muerte y la doncella. Es maravilloso –dijo la anciana-. Luego comenzó a levantarse. Su cuerpo crujía y pareció por un instante que se vendría abajo. La anciana rechazó la ayuda de Virgilio: poco a poco se enderezó y sonrió al hombre, la sonrisa era extraña y fuerte. Virgilio sintió la seguridad de algo desconocido y no tuvo miedo, el aire de la habitación había cambiado, ahora la anciana danzaba en silencio, solo se escuchaba el roce de su vestido sobre la alfombra, más allá la ciudad desaparecía, la habitación estiraba sus límites hacia una región inefable como el humo de los cigarrillos o los pájaros en el otoño. La música conmueve a la piedra. –se dijo Virgilio, y discretamente se retiró de la habitación-.

  No podía decir que estuviera alegre. Sentía algo más profundo: un color malva lo inundaba hasta la médula de los huesos.

​

6

​

  Ricardo el Puma deambuló por la enorme casa del Vedado: buscaba el machete que le habían robado los orientales. No lo apreciaba por ningún motivo en especial, ni siquiera por tratarse de un regalo de su padre -quizá el último antes de desvanecerse-. Anselmo Fundora se había transformado en un recuerdo centelleante, en un fogonazo de magnesio. Luego quedaba el vacío. La desaparición. La ausencia.

  Encontró el machete oculto detrás de la puerta, junto a un elegguá y un plato de ofrendas; tuvo miedo de tomarlo, pero luego se decidió.

  Fue a ver al Bola esa misma noche.

  La casa se encontraba en Guanabacoa y tanto allí como en Marianao la barbarie aún no había cedido ante la civilización y ambos sitios se desvanecían en el mismo punto, es decir, la medianoche. Era como si la respiración de los dos barrios se concentrase en la aparición de una síntesis de la cual podía, en cualquier momento, nacer Tata Cuñengue o Manita en el Suelo y luego iban a vomitar sucesivas generaciones de rappers y rockers tan aburridos y silenciosos como sus ancestros: una ausencia de alma, es decir, su alma verdadera. Profunda.

  La casa de Ignacio Villa parecía anunciar el curso de los futuros desvanecimientos.  Pero eso a nadie le importaba ahora. Por esa razón el negro estaba cantando desde hacía cuatro noches Babalú, el tema que inmortalizara Miguelito Valdés, el tema que escuchara Walter Habermas antes de su secuestro. Y el negro cantaba con la soledad y el desamparo de aquellos barrios a medianoche.

  La respiración del negro era la de su piano y el piano era una extensión de su cuerpo, por eso la misma extraña y posesiva música lo iba rodeando por todas partes, hasta llevárselo a un punto lejano donde nos escuchaba bajo el agua o sobre los muertos y no volvía en sí hasta que los primeros gallos anunciaban su existencia. Entonces se iba a dormir, sobre una colcha bordada a mano.

  Ricardo el Puma aguardaba indeciso junto a la puerta abierta. Había escuchado la canción y por tanto recordaba la mirada del perro y la angustia del secuestrado, la angustia de Walter Habermas. Comprendió que algo más extraordinario que su secuestro estaba teniendo lugar. Y se adentró en la casa del Bola.

  El negro lo miró con sus ojos grandes y vacunos. Se pasó la mano por la barbilla y espantó las moscas que se posaban en la partitura sobre el piano, añadiéndole notas.

-Si le echas mermelada a un danzón de Lecuona, te sale La Malagueña.

  Ricardo no entendió el chiste. Ricardo lo miraba fija y desesperadamente a los ojos.

-¿Qué está sucediendo?

  Y el Bola le contó con lujo de detalles todo lo referente al robo de la Estatua. Terminó encendiendo un cigarro y ofreciéndole otro a su compañero.

-Y ahora un grupo de hombres está a punto de recuperar la Estatua, pero necesitan un poco de ayuda.

-¿Qué tipo de ayuda?

  El Bola destapó el piano y lo acarició lentamente. Luego miró al bolerista.

-¿Tú crees que esto quepa en el camión de Reutilio?

 

7

​

  A las dos de la madrugada llegaron a la casa de Walter Habermas. El cadáver del difunto estaba reposando en la sala y a su alrededor se aglomeraban los vecinos y algunos ñáñigos que no se habían unido a la conspiración. Ricardo el Puma y el Bola dieron sus pésames a la viuda de Walter y preguntaron por Jurgen, el hijo mayor del matrimonio.

  El muchacho estaba en la cocina y en un rincón descansaban, aunque no para siempre, sus tambores batá: Itótele, Okónkolo, Iyá. Las tres criaturas dormían y la dulzura de su sueño era como el jarabe de antiquísimas farmacias que mueren en pueblos enterrados, y el líquido dulce de extremaunción atraía a su centro la noche y rezaba con el fervor de oficiantes decapitados, rezaba por la salvación del alma expuesta a la intemperie en la sala, el cuerpo expuesto al aire agrietado que se cuela por los huecos de las tejas y perfora con sutileza los dientes y los ojos y va descoyuntando el tiempo en una agradable cámara lenta. Nada sobrevive porque todo permanece.

  Esa era la religión de los tambores batá.

  El Bola le habló largamente a Jurgen Habermas de su padre y le explicó las verdaderas causas de su muerte, el origen de la inexplicable herida en los tendones. Y le relató su verdadero papel en la Liga Anarquista, su posición de apoyo a la causa revolucionaria y sus deseos de denunciar el robo a las autoridades. Alguien lo había delatado y el Bola dijo el nombre del delator y responsable del asesinato.

-Fue tu padre, Ricardo. Fue Anselmo Fundora.

 

8

​

  Eran las tres de la mañana y el camión salía de la calle San Lázaro. El Bola y Ricardo el Puma iban sosteniendo el piano que amenazaba con desarmarse a cada sacudida. A sus espaldas Jurgen Habermas tensaba el cuero de sus tambores y doce ñáñigos preparaban sus armas. La Liga Anarquista finalmente se había seccionado en dos grupos irreconciliables y así permanecería hasta el fin de los tiempos, hasta que el Angel de la Destrucción soplara su trompeta. Blow trumpets, sweet Jesus! Y entonces los cielos se abrirían, y al abrirse las tierras, la ominosa ciudad de Dite saldría a la luz y todos sabríamos definitivamente quiénes fueron sus creadores y cuál fue su propósito inicial. Ese día, el dedo sin carne de Walter Habermas iba a señalar a su asesino y Anselmo Fundora se vería obligado a confesar la causa que lo hizo robar la Estatua de la República, porque eso ni el Bola podía decirlo.

  Faltaba mucho. Ahora iban en un camión en dirección al Capitolio Nacional.

  Las luces del parque no habían sido encendidas por una razón inexplicable. El débil resplandor de luna iluminaba la fachada del edificio, volviendo unas manchas grotescas a las dos estatuas que presidían la entrada; donde terminaba la última sección de escaleras se veía una pareja de milicianos.

  El camión dio un rodeo y se estacionó frente al Payret. Los doce ñáñigos descendieron y desenfundaron los revólveres y las navajas.

-Cuando vean una luz de linterna pueden acercar el camión.

  Y se fueron hundiendo en la noche.

  Ricardo, el Bola y el chofer compartieron el último cigarro mientras vigilaban la oscuridad. Nada. Silencio absoluto. Y de repente una luz que los asustó porque solo fue un instante, lo suficiente como para confundirla con el fogonazo de un disparo. Luego la luz volvió insistente en el mismo punto. Creyeron ver a uno de los ñáñigos haciendo señas al lado de las estatuas.

-Son ellos. Vamos allá.

  El camión subió impunemente la acera de la explanada y se parqueó justo frente a la primera sección de la escalinata. Allí los esperaba Juan Mendoza, uno de los anarquistas más viejos, portando dos revólvers y la linterna.

-No hubo muertos. Los tenemos amarraditos. Parecen un rosario.

  El Bola se volvió hacia el chofer y le indicó que lo ayudara a descender el piano; siete ñáñigos brotaron de la oscuridad y subieron el instrumento hasta la entrada del edificio, depositándolo a pocos metros del cráter. Juan Mendoza se parapetó en la entrada con nueve hombres y dejó dos a cargo de los prisioneros. Jurgen Habermas se sentó en el piso con sus tambores y el Bola le pidió a Ricardo el Puma que arrojara el machete al abismo. El bolerista titubeó por un momento, pero luego se acercó al borde; los vapores de la tierra lo hicieron desaparecer.

  Cuando volvió de entre la bruma, Ricardo no traía el machete.

-Bien, ahora necesito silencio. –dijo el Bola y le hizo una seña a Jurgen Habermas-

  Nadie supo qué introducción elaboraba Ignacio Villa ni cuáles fueron sus cadencias; fue cierto que la voz al inicio era leve y luego fue transformándose, fluctuando con la oscilación de los reptiles, como una pantera que quiere penetrarte, y aquel conjuro acompañado por los tambores de Habermas iba desencadenando en lo profundo de la tierra un gran estruendo, el humo se adensó, largas llamaradas ascendieron hasta el techo abovedado y se replegaron por las paredes. Babalú no era un himno, ni una marcha, sino una invocación, una liturgia secreta que se dice al oído, una confesión que el arpa del piano va dejando caer desde el punto donde se une con el corazón del Bola y la explosión silenciosa que esto genera es el feeeling, el sentimiento, la inmundicia desgarradora de los humildes y a la vez el grotesco de las deformidades. El dragón hacía el amor a las princesas y San Jorge observaba, deleitándose en la cópula. La torcedura vital para que se produzcan los nacimientos, que media entre la marihuana, el hachís y los juegos de azar. Y la voz del Bola.

  Entonces Ricardo el Puma vio surgir del abismo la Estatua de la República, resplandeciente como el Santo Grial.

  Encima venían Ambrosio Altunaga y sus dieciséis hombres.

 

9

​

  Antes de acostarse a dormir, justo a las cinco de la mañana, Ricardo el Puma pensó muchas veces en la suerte de su padre. Los anarquistas habían quedado apresados bajo la piedra pues el suelo del Capitolio adoptó su forma original una vez que la Estatua volvió a su antigua ubicación. Quizá existía otra salida. Ambrosio le había contado que allí debajo reposaba una ciudad muy antigua, más antigua que el Capitolio o la misma República, y si eso era cierto le costaba creer que Anselmo Fundora se resignaría a permanecer atrapado por los siglos de los siglos. A la vez, lo preocupaba la sensación de que era un bolerista mediocre. Luego de ver lo que podía hacer el Bola comprendió que era mejor tragarse su orgullo y buscar otra ocupación, pues Ricardo el Puma sabía que nunca Babalú se dejaría cantar por otra voz que no fuera la del Bola, por otro piano que no fuera el de madera negra y embrujada, por otros tambores que no fueran los Jurgen Habermas. Todo estaba perdido y a la vez todo se había ganado. Se había ganado la estabilidad de una época, la relativa seguridad de unos años, la disolución de la Liga Anarquista, o al menos su división. Juan Mendoza, Habermas y el Bola iban a permanecer vigilantes y La Habana podría dormir con una placidez de niño muerto y calmar su digestión en las siestas, sin amenazas a su estabilidad. Por el momento, lo cual equivalía a decir, por toda la Eternidad.

​

10

​

 Ahora uno puede olvidar los sucesos de 1960 en La Habana, y eso nos puede hacer más dichosos por algunos minutos, los que demore en organizarse nuevamente la oleada de recuerdos de una época que hemos intentado mantener subterránea. Luego se aprende a ver bajo una luz distinta los mismos acontecimientos y las mismas redenciones. Los mitos se desvanecen con el tiempo o cobran su definitiva resonancia de cucharita de té. Se vuelven tan aburridos o previsibles como los noticiarios y las revistas.

  Hablemos de un mito subterráneo: Carlos Gálvez.

  En una madrugada de 1969 llegó a Hanoi procedente de La Habana el vuelo 213 entre cuyos pasajeros se encontraba el fotógrafo y periodista Carlos Gálvez. Un nombre normal, un individuo común que carecía gracias a Dios de la retórica de la época y no tenía el chicle partidista en el cerebro. Era un revolucionario. Y eso es definitivo.

  Al desembarcar fue recibido por miembros de la Embajada cubana en Vietnam y conducido a través de las calles derruidas por los bombardeos. El aire era transparente y el automóvil respiraba la soledad intensa de aquella gente silenciosa transformándola en humo y sonrisas de amaneramiento oficial. Por el retrovisor Carlos podía ver el rostro del chofer quien le sonreía con el refinamiento de un cambodiano en un burdel hundido. Lo precedía aquella soledad extraña como la muerte y a la vez familiar como los días de la Crisis de los Misiles; era llevado de la mano al lugar que supuso cálido y acogedor para luego descubrir que su superior inmediato, el coronel Tejeda, se había encargado de transformar aquel departamento en un sitio incómodo. Los empleados civiles y militares de la embajada trabajaban con envidiable eficacia y pronto Carlos Gálvez descubrió que no encajaría en el ambiente –que ahora advertía le resultaba excesivamente cálido-. La época era creíble, tangible, comprometida. Estaba muriendo gente en Latinoamérica y los movimientos de liberación nacional permitían que disminuyera el número de jóvenes por países aunque estos iban gustosos a la muerte por su liberación y años después eso sería una leyenda para los hijos, luego para los nietos que escuchaban hip-hop en vastas mansiones londinenses, en cómodos exilios, o que olían pega bajo el techo que había cobijado a los últimos que estuvieron al lado de Allende, a los que desaparecieron y generaron una literatura y un cine agobiantes, a los que lloraron a Paco Urondo o a Dalton sin escribir como ellos –sobre todo como Urondo y sus paisajes sumergidos-. A Urondo le dieron un tiro en la cabeza; a Roberto Walsh lo mataron y a Victor Jara se lo tragó el viento y los estadios. Después todos íbamos a liberar a una nación que luego iba a ser divertidamente capitalista y nos recordaría con estúpidas coronas de flores en los aniversarios, mientras que demasiada gente anónima fue perdiéndose en la selva, en los desiertos, en la sabana, para generar a su vez una literatura llorosa como una vieja maniática que golpea las paredes hasta sacarse la sangre. Y los beatniks se volvieron hombres de bien.

  Evidentemente Carlos Gálvez no era tan revolucionario. Era más bien contradictorio o imbécil. Quizá era un cobarde y se refugiaba en su palabrería –otro ejemplar de literatura llorosa- para evadir su verdadera misión.

  Pronto, solo tres días más tarde, subió al helicóptero y se dirigió a la región de Quong-Dim para realizar fotorreportajes en las aldeas indígenas.

  Carlos se sentía satisfecho como una lombriz sobre un extenso cadáver. Cerró los ojos y se sumió en el recuerdo de sus alegres voluptuosidades habaneras. Carlos estaba al borde de ese orgasmo memorístico, cuando escuchó los gritos del piloto que le comunicaba que debían abandonar el helicóptero pues una falla en la hélice estaba a punto de provocar una explosión. El foto-reportero pudo ver cómo la hélice trasera de la aeronave se desprendía para encajarse en el tanque de la gasolina y escuchó algo que supuso era ¡Dios! en vietnamita.

  Despertó en medio de la selva. La pierna izquierda le dolía hasta provocarle mareos y por ningún lado alcanzó a ver al piloto. Su cámara estaba intacta y también su fusil. Fue levantándose poco a poco y se perdió durante mucho tiempo en lo más profundo de la región de Quong-Dim.

  El 5 de agosto de 1970, un año más tarde, Carlos Gálvez resucitó de entre los muertos al ser encontrado por un grupo de soldados vietnamitas. Inmediatamente se dio parte a las autoridades cubanas las cuáles se encargaron de internarlo en el hospital militar de Hanoi, pero no hubo criatura sobre la faz de la tierra que pudiese arrebatarle la cámara fotográfica. Gálvez deliraba y pedía una audiencia con el coronel Tejeda -que le fue denegada en repetidas ocasiones y solo dos meses más tarde le fue concedida al reconocer sus médicos que el reportero ya no ofrecía peligro para sus semejantes-.

  El coronel Tejeda lo recibió en su oficina recién decorada, escuchando a Bach.

-Tome asiento, Gálvez.

  Carlos se sentó en una de las butacas a la derecha del buró y el coronel le ofreció cigarrillos a la vez que le ordenó en voz muy baja que le contara todo lo sucedido. Por respuesta Gálvez le entregó con un gesto solemne su cámara fotográfica y el coronel, asombrado por la solemnidad del reportero, depositó la cámara sobre la mesa como si se tratase de la reliquia de un santo.

-Ahí están las fotos de nuestro Soldado Desconocido.

  Con estas palabras el reportero Carlos Gálvez inició el relato minucioso y abundante en términos militares y burocráticos de lo que le había sucedido durante el año que estuvo en la región de Quong-Dim. Entretanto, un asistente del coronel Tejeda se llevó la cámara para ir revelando las fotos. La voz de Carlos Gálvez a ocasiones se liberaba de aquel léxico tieso, superabundante, y se entretenía en detalles efímeros y torpes que nos ahorraremos. Baste decir que fue capturado por salvajes que lo condujeron a las ruinas de un templo y allí descubrió, en medio de la algazara de una ceremonia a otro cubano que era también prisionero de los indígenas, pero oficiaba con la reverencia del gran sacerdote. Sin embargo el otro le contó que no se encontraba en libertad, pues si abandonaba el templo sería sacrificado y que lo más que podía hacer por el reportero era ayudarlo en su fuga, pero debieron esperar a que terminara la estación de las lluvias y que comenzaran las cosechas o las expediciones guerreras para, en medio de alguna ceremonia que el sacerdote dirigiese, poder escapar. Así transcurrió un año y  Carlos Gálvez tuvo oportunidad de realizar casi cien fotos a la aldea, el templo, sus secuestradores y por supuesto a su salvador. El hombre le pidió que informara a los cubanos del sitio donde permanecía secuestrado y le había entregado las coordenadas y las fechas en que la aldea se encontraba vacía. Entonces, al llegar el día indicado,  Carlos Gálvez había corrido a través de la selva varios kilómetros y había dormido en gigantescos árboles amenazando con ramas encendidas a los monos y devorando hojarasca, monos y lombrices como un poseso, hasta dar con el grupo de soldados vietnamitas. Y por primera vez en mucho tiempo pudo volver a  fumar.

  Al concluir su relato el cigarrillo había desaparecido y las fotos estaban sobre la mesa del coronel Tejeda. El hombre miró por largo tiempo las fotografías. Luego observó detenidamente a Carlos Gálvez.

-Su avión sale para La Habana mañana a las diez.

-¿Y el hombre?

-No se preocupe por eso. Nosotros nos haremos cargo.

  Y así Carlos Gálvez regresó a La Habana con un rollo que no había entregado junto con la cámara, el cuál reveló en el cuarto oscuro de su apartamento de Luyanó. Luego fue a visitar a Esther, una mujer de cuarenta años que vivía en el Cerro rodeada de gatos: en su carpeta viajaba la instantánea de su salvador. Al llegar a la casa en ruinas, lo recibió un hálito de podredumbre y pudo ver diez pescados en medio del patio colonial y los gatos devorando –sin hacer caso de su comida habitual- a otro gato ahogado en la cisterna que la mujer había sacado de allí con una pértiga. Esther le ofreció agua, pero Carlos no pudo aceptarla. Le dio la foto a y esperó la reacción.

-Yo no lo conozco. Seguro está equivocado.

  El hombre quiso asombrarse pero en el fondo estaba aburrido de eso, solo añadió:

-El me dijo que usted era su esposa.

-Era. –dijo la mujer y desapareció entre los escombros de la cocina-

  Pasaron varios meses sin noticias del cubano o del coronel Tejeda. Decidió realizar algunas averiguaciones y el resultado fue la confiscación de su cámara y su suspensión definitiva como foto-reportero. El dia en que recibió esta última comunicación se dirigió al patio de su casa y, mientras lloraba recordando la vasta soledad vietnamita, prendió fuego a los retratos.

  Y la memoria de Ambrosio Altunaga se desvaneció para siempre.

​

​

AMANECER  EN  WOODSTOCK

(epilogo)

​

  El 15 de agosto de 1969, el mismo día en que Carlos Gálvez llegaba a Vietnam, en la granja de Woodstock, propiedad de Max Yasgur, 150 kilómetros al oeste de Nueva York, cerca del pueblo de Bethel, con 600 baños públicos, instalaciones de comida y bebida provisionales, con la participación de 200 mil personas que iban formando una compacta falange sobre el prado mientras otras 800 mil se dirigían al lugar en una caravana de decenas de kilómetros, todo organizado y convocado por John Roberts, Joel Rosenman, Michael Lang, Artie Kornfeld, se proponían todas las potencias del aire y de la tierra con la ayuda de Dios y Janis Joplin y Jimmy Hendrix y Krishnamurti y Santana y The Who y Crosby, Stills, Nash y Young y Arlo Guthrie y Cointry Joe McDonald y Alben Lee y Max Yasgur y Theodor Adorno y Richie Havens y el LSD dar inicio a lo que pasaría a la historia como el Festival de Woodstock o sencillamente Woodstock. Pero la asfixia comenzó al atardecer, justo después del cigarrillo o del porro o mucho antes, justo antes de que Frida Schmitt se durmiera con sus senos de Reichtag apuntando a la indecisa línea del cielo que a esa hora no acertaba a despertarnos como si tuviera que ensartar en una diana invisible la luz y el calor. ¿En qué forma se despiertan los gatos cuando les amputan las cuatro patas? Es la misma sensación de irse al centro de algo que no está sino allí mismo, justo antes de mirar a Frida por vez primera horadándola como los gusanos que en el mar llaman broma, una broma que perfora labrando trabajosas espirales en la carne, un berbiquí sodomita, la trama del sexo elíptico, girar sobre el agujero de Reichtag bombardeado y el Mijail Kantaria va dejándose caer hasta su adentro, su agujero de cúpula inversa, su adentro, su averno tibio y de mandrágora, el interior de la mujer llamado flora, la desfloración que es el proceso mediante el cual la flora es sustituida por la fauna y aquel zoológico se desata en el interior de la doncella mordiendo las paredes con una voracidad de hamsters o de ardillas o de martillos neumáticos, según sea la carta astral del amante, FUCK ME, dice Frida, que sabe que yo no sé alemán solo ingles gracias a Dios, sino quién sabe qué me diría cuando meditamos a solas ¡HARDER; HARDER; HARDER! Y ese es el sonido característico de los sillones cuando alguien se trepa sobre ellos y se empeña en saltar, los muelles dejan escapar un grito que no se interrumpe a menos que por algún descosido se escape el relleno, la lana, las pelusas, los millares de objetos que oculta el punto de unión entre el espaldar y el fondo. Pero la marihuana iba descomponiendo su humo de cangrejos asilados en el cerebro de un caballo o de nervios dentales en forma de cuerda de violín sobre los que pasa el arco afilado y entre diente y diente sentimos el desplazamiento minucioso de la sierra y pedacitos de carne van cayendo sobre el labio inferior los cuáles son guardados celosamente en una bolsa de pelo de camello mientras Elvis, querido, beloved Elvis, salta en paracaídas sobre los exquisitos macarrones que antes de mi viaje preparaba mamá en la calle San Lázaro y Ocóncono, Itótole, Iyé, miraban con hambre de batá, de tambor barato, de madera negra y embrujada al oasis de mi transformación, me voy, me voy, a nado pero me voy, polizonte pero me voy, gusano pero me voy, la broma es el gusano que corroe los barcos más grandes y se dice que nace en su propia madera, a lo mejor yo soy un gusano que he ido perforando este barco inundible como el Santísima Trinidad, cuya botadura en el astillero de La Habana garantizó la victoria en Trafalgar, trescientos cañones, ciento cincuenta metros de eslora, inundible, hasta que se hundió como el Bucentauro, la nave de los Duce venecianos que desaparece en los cuadros de Tintoretto el negro descendiente de italianos que vivía en Zanja, en el Barrio Chino y que me consiguió un lugar en el barco polaco Tulskar, que haría escala en Miami y luego volvería a Europa, y él me explicó que Tintoretto el veneciano, el del milagro de San Marcos nunca pintó la nave insignia de los Duce porque era un despliegue ridículo de colores dorados y yo supe que mi barco, el mío, en el que estaba embarcado hacía 28 años, era inundible, hasta que se hundiera, inundible suena mejor como unsinkeable, la palabra que siguió a la palabra Titanic, que siguió a la palabra Southtamptom que siguió a la palabra iceberg que siguió a la palabra Hemingway que siguió a la palabra Francis Macomber que combatía salvajemente la fauna femenina en forma de fieras, la fauna interior en la cual no se atrevía a aventurarse y allí estaban en una foto de no sé quién una pareja de negros metiéndose en el mar, la foto es de 1960, el año del robo de la Estatua, y los negros no sabían nada de aquello, pero la negra se había hecho un encefalograma donde salía esto:-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Y nadie sabía cómo eso era posible hasta que alguien le dijo subdesarrollo de la memoria o síndrome de los electros mudos o mal del silencio mental o incapacidad de articular el pasado en una experiencia creativa, o mejor, en dos palabras: realismo socialista, que es una especie de película porno filosófica, donde las mujeres en lugar de acariciar las astas de Rodrigo debaten la necesidad de trabajar en un ocio útil como el bocio inútil de largas señoras burguesas extendidas en una playa de Ibiza o Cancún. Pero ya era demasiado tarde, el mal estaba extendido por todo el organismo, la metástasis había comenzado y miles de cerebros comenzaron a enmudecer y los consultorios los enviaban a los hospitales, cuidadosamente embalados, no se fuera a salir el mínimo pensamiento y aquellos hospitales donde se practicaba una modalidad de ocio productivo o bocio sintético pasaron a llamarse Centros de Reeducación en la Campiña: objetos que de repente contenían el espíritu de Tiempos Modernos. Un hombre de treinta y seis años, pongamos por ejemplo, entra a la cárcel, y lo recibe una rueda dentada que lo envía a otra y otra y otra hasta la infinitud del universo de las ruedas dentadas en cuyo centro se agita el relojero que trama el destino invisible de Dios; las Ruedas Dentadas que eran el símbolo de los trabajadores que hilaban la sombra y no entendían la longitud del hilo pero a la vez en los panes dichosos de una esperanza nunca jamás desvanecida oraban a Dios padre todopoderoso creador del Proletariado y de la sierra para escarbarse los dientes y a San Blas Ulianov-Roca su único hijo que ocultó al ángel exterminador bajo su manto porque podía exterminarnos a todos pero al final todos sabemos que no exterminó a nadie sino a la soledad y a la mudez y quedó una risa de viejo que es lo mismo que una hondura que no fallece en la cruz Tau, y no obsequiada como la manzana del Paraíso: una guitarra eléctrica, y detrás de la guitarra eléctrica, y sobre un escenario donde se agitaban cables de alta tensión, y bajo una tormenta que era la última tormenta de aquella década, Jimmy Hendrix tocaba el himno nacional, Star Spangled Banner, mientras el estruendo iba desplomando como un bisturí la transparencia celeste y algodonosa de Woodstock. Yo tenía demasiado odio por lo que no sabía que iba a suceder. Pero el tipo que fumaba extraños tubos negros inapagables regresaba insistente al lugar donde yo trataba de sumergirme, al punto Reichstag –una vez un tipo llamado Christo empaquetó al Reichtag para regalárselo a no sé quién pero ese no sé alguien devolvió el regalo y lo tuvieron que desempaquetar, si el edificio hubiese permanecido en sus blancas molduras de embalaje hoy el mundo tendría otra forma, aunque esa forma solo sería perceptible en el corazón de los hombres que fuman largos, inacabables tubos negros. Pensé que no vería más a ese hombre, pero ahora está tocando la guitarra y se llama Jimmy Hendrix. Pero Jimmy Hendrix se iba a suicidar dos meses después. Duerme…duerme…duerme Frida Schtmitt que sobre mi corazón escupen los caballos, pero aún conservo las manos asustadas y violentas. El Reichtag duerme. Y escucho en el anochecer el rumor de la comunidad de cristianos primitivos, las prédicas del cuáquero Elías Hicks, el panteísmo de la Luz Interior que desde los bosques de Paumanok regresa, y a la vez siento la obstinada voz de Antonio Consejero en un largo responso doscientos años antes sobre el vacío sertón  de Woodstock. No puedo decirlo, pero es lo mismo, es lo mismo una y otra vez. La agotadora respuesta de las voces. Canudos-Woodstock. El canto gremial. Pero es una fatiga querernos como los perros, y fumar la misma pipa, y descansar en iguales jardines, y podar el césped ante la mirada satisfecha de los nietos: somos hombres de bien. ¿Puede ser beatnik un cubano, un negro que nació en la calle San Lázaro, que no habla inglés sino de una forma chapurreada, que no estudia Humanidades en Yale o Harvard, sino que toca cada noche en el RD, un club de tercera en el Barrio Latino de Nueva York? ¿Puede un cubano escribir sobre esta experiencia, si su encefalograma también, como el de la negra que se metió en el mar en una foto de 1960, hace --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------En estas condiciones me parece extremadamente difícil ser un beatnik, y sin embargo acabo de hacerle el amor  a Frida Schmitt, y recorro con este dedo que pienso el doble Reichtag de sus senos y penetro por la puerta de Bradenburgo hasta la Friedrichtrasse. Pero hace demasiado calor en Berlín y parece que ha llovido. Toda la ciudad duerme en silencio. Este es el mejor momento para recordar otros momentos mejores: por ejemplo, mi encuentro con Ricardo el Puma, y mientras mi dedo taladra el muro que divide en dos mi Berlín húmedo y desesperado, mientras golpea con su falsedad de ariete amaestrado a los dos alcaldes de los dos mundos del mismo país, yo recuerdo a Ricardo el Puma, que era un gran bolerista, y que ahora había aparecido con el pelo largo y la ropa ajada y sucia como la mía, estaba cantando a gritos un tema de Richie Havens junto a  casi un millón de personas, y vi a Ricardo mirarme cantando y en silencio, mientras Richie Havens hacía unos movimientos indiscernibles, escuché su voz, un susurro, mientras Richie Havens cantaba y mi dedo hacía caer los últimos escombros del Muro y Frida Schmitt decía como un sillón desvencijado

                                           FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME

                                           FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME

                                           FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME

                                           FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME

                                           FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME FUCK ME

escuché, como la voz sobre el Monte de los Olivos, la voz de Ricardo el Puma:

When Susana Jones wears red

Her face is like an ancient cameo

Turned brown by the ages.

Come with a blast of trumpets, Jesus!

When Susana Jones wears red

A queen from some time dead Egiptyan night

Walks once again.  Blow trumpets, sweet Jesus!

And the beauty of Susana Jones in red

Burns in my heart a love-fire sharp like pain.

Sweet silver trumpets, Jesus!

​

Y yo, por Dios, qué podía contestar: le di la espalda convencido de que aquello solo podía ser alguna canción del Bola.

​

 

               abril – mayo, 1992

bottom of page