La noche que conocí a Detroit Kid, por Thomas H. Mix

  La bella Lucinda Jakes tenía la boca de durazno, los ojos oliváceos, las cejas de laurel, el cuello de jazmín, la frente de narcisos: en fin, Lucinda Jakes parecía una naturaleza muerta, pero entre sus gélidas patas acariciaba el corazón de Detroit Kid. En el circuito de Memphis el muchacho había dejado sin aire a tres pesos completos y se estaba hablando de acordar una pelea clandestina, para un círculo de políticos y mafiosos, contra Mohammed Alí o Joe Frazer. Pero las circunstancias no permitieron que en Chicago se encontraran los dos colosos. Entonces se buscó la solución más económica: Detroit Kid pelearía contra un león. Y empezaron los preparativos.

  La bestia fue traída desde el zoológico de Memphis –no sé por qué- y permaneció cautiva y hambrienta en la mansión Rossman especialmente preparada para el duelo a las afueras de la ciudad, cerca de los barrios industriales. Yo trabajaba en aquel entonces para el Inquirer -ese miserable periódico de Westburg- y me encargaron infiltrarme para escribir el reportaje sobre la pelea. Se trataba de un asunto riesgoso pues el gobierno prohibía enfrentamientos de ese tipo; sin embargo, un colega del Stardust logró hacerme pasar como su medio hermano a cambio de que le diera la mitad de las ganancias del reportaje. Entramos en la mansión una cámara fotográfica dentro de mi portafolios.

   Lucinda Jakes conoció a Detroit en Louisville. El joven boxeador peleaba en la liga del distrito y no tenía rival. El antiguo novio de Lucinda retó a Detroit, quien lo derribó antes de que terminase el primer asalto y la mujer no pudo olvidar la perfecta tensión en los músculos del joven boxeador. Su novio era un gordito que levantaba pesas y olía a colonia y Lucinda extrañaba el olor a lona que siempre traía encima Detroit Kid. No pudo resistir la tentación de proponerle a Detroit Kid que retara nuevamente a su novio, esta vez jugándose a la mujer como premio contra quinientos dólares que pagaría Detroit en caso de perder. Se encontraron frente a un rancho abandonado al sur de Kenyon Valley. Solo estaban los dos hombres y la mujer. Durante el primer asalto Detroit estuvo a punto de noquear al gordito, pero a pesar de la lluvia de golpes el novio resistía. Estuvo aguantando hasta el décimo round: entonces cayó al suelo con un derrame cerebral.

   Lo enterraron a orillas del Winion River. Al pobre, siempre le gustó el mar -dijo Lucinda y esa noche peleó hasta el décimo round sobre la cama de Detroit Kid.-

   El 20 de marzo era la pelea. Como ya dije, logré infiltrar una cámara fotográfica y me oculté entre las plantas del patio que en el centro tenía el ring de 15 metros cuadrados. Por uno de los extremos se divisaba la jaula con el león, llamado Atila. Su domador había apostados dos mil dólares a su favor. Yo aposté veinte a favor de Detroit Kid.

   La situación económica de la pareja era desesperada y por eso habían aceptado el desafío aunque Detroit tenía grandes dudas acerca de su victoria. Un león no tiene miedo. Es un animal y no razona, por tanto no se va a detener hasta matarme. Yo me asombré de su calma cuando me habló. No le preocupaba su destino, solo el de su mujer -que según supe ya era amante de Theodore Dunn, un virtuoso del ukelele-.

   El día antes de la pelea Detroit estuvo vagando por el King´s Brotherhood, un barrio del oeste. Llegó al cabaret donde actuaba una gorda contorsionista que era capaz de tocarse los tobillos con la cabeza o el pecho con los omóplatos, no recuerdo bien. Luego que la gorda parecía un ortoedro de carne, aparecía un negro que la desaparecía –a la gorda- y solo quedaba el vago olor del azufre. Detroit comenzó a beber, a tratar de no pensar en Atila, a buscar en su cerebro de lepidóptero la causa que lo había llevado a ese punto muerto. Sintió frío. Y notó que el negro lo estaba mirando. El negro, como un Bela Lugosi nigeriano, se fue acercando a su mesa y el aliento gélido le dio sobre el rostro a Detroit Kid. ¿Puedo sentarme? –preguntó cuando sus manos ya envolvían la superficie de la mesa y su respiración se fue igualando a la del boxeador hasta parecerle que eran una sola criatura que respiraba el aire frío de aquella noche. Nunca recordó la voz del negro, ni las palabras que el hueco de la boca lunar le susurró: apenas tenía la seguridad de haber perdido algo y ya jamás recordaría qué ofreció a cambio del Pacto.

   Al otro día Detroit Kid venció al león y fue entonces que me enamoré de él.

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