MAURA SAMPRINI

 

          Las crónicas del Transfer    

  Maura Samprini tenía quince años cuando empezó a escribir sus crónicas para el Transfer, un diario de vida efímera para el que trabajó y a cuyo final pudo asistir con su propia desaparición. Maura Samprini fue condenada a muerte por el Reverendo Waldemar Rodlins de la iglesia Pentecostal de Manathoes Park, en New York.

  Cuando conocí a Maura recién había cumplido los catorce años y ya era una excelente fotógrafa. Llegó al Nuyorican hace más de nueve años, con una carpeta bajo el brazo donde guardaba celosamente sus primeros escritos. Esa tarde nos encontrábamos en el café Joaquín Manila y yo. Se acercó con alguna timidez y preguntó por los escritores de Umbralismo. Nos presentamos. Ella nos contó que había nacido en Chile y que sus padres eran italianos, que había venido a New York a estudiar cine pero lo que verdaderamente le interesaba era la literatura.

  De aquel aluvión informativo sacamos en claro que la joven estaba loca y fingimos interesarnos por sus proyectos. Pero de repente comenzó a leernos Tetragramaton. Y nos cautivó. Al día siguiente la presentamos al resto del grupo: Julius Maynard, Mateo Mordeccai, Stanislaw Bauer.

  No sé si esto deba decirlo, pero Maura y Mateo comenzaron una relación de la cual nosotros nos sentíamos los parientes más cercanos. Julius Maynard dijo que él actuaría como el padre de Mateo y yo me hice cargo de Maura. Todos sabíamos que era peligroso dejarlos andar solos: cierto día lanzaron piedras a una reunión del Pen Club, y esa actitud podía traernos problemas.

  En 1996 Maura Samprini comenzó a diseñar las cubiertas para nuestros libros, y años después también diseñó carteles para los filmes de Adolfo Gaitán y Franz Akuva. Siempre mantuvo su labor como fotógrafa.

  Cuando lanzamos el Contramanifiesto, ella decidió escribir un ensayo crítico sobre nuestro movimiento, que bajo el título Three Js from Umbralism fue publicado por nuestra editora inglesa, la Heldon Editors. Todos los textos de Maura Samprini fueron escritos en spanglish. Nunca soportó escribir en castellano.

  En el 1994 se había fundado el Transfer, un periódico independiente para el cuál Maura Samprini comenzó a trabajar en calidad de articulista. Allí nos reveló otra vez su estilo inasible, casi vulgar, pero de una flexibilidad extraordinaria. Sus diminutas Crónicas –donde también publicaba relatos cortos de diversa factura- provocaron acusaciones por difamación, estafa, violación de domicilio, intento de asesinato y sabotaje. No todas las acusaciones eran ciertas; pero algunas sí.

  Su pelea fanática contra el Reverendo Waldemar Rodlins y la religión Pentecostal alcanzó entonces dimensiones alucinantes: un último acto de vandalismo que cometió Maura Samprini nos puso en peligro de muerte a todos. En la madrugada del 7 de septiembre de 2003 recibí este e-mail donde se leía: No salgan de casa ninguno de los de Umbralismo. He hecho algo terrible. Dile a Mateo que me voy al oriente de Cuba vía México. De aquí a dos años pueden buscarme.

  Eso era todo. Desapareció.

  Al día siguiente leímos su última nota en el Transfer, junto al artículo del director donde se informaba que la publicación no iba a circular más por falta de fondos.

  No hablaré sobre el año sin noticias que transcurrió, ni de los desesperados intentos de Mordeccai para localizarla. A finales del año 2004 Mateo y yo hicimos un viaje a Cuba para traerla de vuelta. La encontramos en Santiago. La muchacha aún permanecía aterrorizada por la idea de volver a los Estados Unidos.

  El 22 de diciembre entró con su paso asustadizo en el Nuyorican.

 

  Maura Samprini ha representado para nosotros un sentido de la vida que optamos por abandonar: la alegría intensa y casi sublime que padece como una enfermedad y su instinto de armar escándalos ante lo solemne, la harán sin duda reírse de esta nota. Y yo puedo reír con ella, mientras los últimos fragmentos de Umbralismo desaparecen como su querido Transfer, mientras los que no están –Bauer, Maynard, Ferreira, Souza- parecen agruparse nuevamente en las mesas tristes del Nuyorican o del café de Inzaúlgarat.

  El invierno está cerca.

  Afuera los días desaparecen entre la hojarasca y todos sentimos que, de alguna manera, vamos diluyéndonos en los colores del otoño.

 

Juan Laprida

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