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Making of

  Verán, no soy muy buena en esto de contar historias porque siempre me salto alguna parte importante o me entretengo con detalles inútiles. Haré un esfuerzo porque creo que en eso que nos sucedió a Don y a mí podría estar la posible sanación para el mal del señor Wayne. Luego de esa experiencia acepté a Cristo y me hice discípula del Reverendo Waldemar Rodlins, que es una persona extraordinaria.

  Era verano y estábamos en Dead Weary Horse, ese pueblito que está cerca de Black Canyon, en Arizona. Estábamos hospedados en el Red Horn, el único motel del pueblo y durante los primeros días no hubo ningún incidente fuera de lo normal, pero la noche del cuarto día llegó un grupo de artistas que venían a filmar una película sobre los extraterrestres. Esa noche nos pidieron a Don y a mí que actuásemos como la pareja que es abducida y luego concibe un niño con retraso mental.

  Aceptamos, porque nos iban a pagar cien dólares.

  Las habitaciones del motel estaban conectadas por puertas interiores, de modo que para pasar de una a otra solo había que empujar el picaporte. Claro que todos los cuartos mantenían estas puertas cerradas o bloqueadas con el equipaje: lo cierto es que se podía escuchar perfectamente lo que estaba sucediendo en la habitación de al lado. Esas noches en Arizona eran una agonía. Calor, mosquitos, agua solo dos veces cada 24 horas. Televisión hasta las doce de la noche. Los ventiladores expulsaban trozos de hollín, o de Dios sabe qué cosa.    Para colmo, había dejado en Phoenix mi ukelele, instrumento del que soy una virtuosa ejecutante.

  El motel se encontraba quince millas desierto adentro. Su dueño había peleado en la Guerra de Corea, y Don y él se hicieron buenos amigos. Durante alguna de sus borracheras Don me golpeó. Nunca más lo ha hecho. Yo estaba llorando en el baño encima de un charco de vómito y cuando me miré en el espejo quise matarme; aún podía escuchar las canciones de Don y el veterano. No sé qué tenían de común porque mi marido nunca ha matado una mosca y si intentaran reclutarlo sería capaz de suicidarse. Almas gemelas. Aunque sus canciones me eran indiferentes, si me hubiera matado esa noche las canciones me iban a perseguir toda la eternidad.

  Nunca conocí a la mujer del dueño, porque él la mantenía encerrada en un caserón separado del motel. A veces el aire traía gemidos y otras veces el olor de huevos y tocino. La vida de esa mujer me pareció repugnante. Pero ahora que lo pienso la mía de hace un tiempo acá se le parece.

  Les decía que nos ofrecieron trabajar en la película y aceptamos. Entonces nos dieron el guión. El autor se llamaba Julio Medina. Años después el señor Wayne me hablaría de ese guionista culpándolo de su enfermedad. Es cierto que el guión me pareció recargado, barroco, como dice el señor Wayne. Pero estaban pagando cien dólares, así que memoricé en dos días mi papel. La historia era sencilla: un extraterrestre me secuestra –el papel lo hacía el dueño del motel- y yo tengo un hijo que nace con retraso mental. Pero mi esposo –Don- me obliga a hacerle la prueba de paternidad y da negativa para él. Enloquece y mediante la presión psicológica, hace que yo ahogue al niño en la bañera y lo entierre en el patio. La historia termina con los dos alejándonos a pie por la carretera muy felices: íbamos a comenzar de nuevo.

  El grupo de artistas era muy diverso: desde viejos de sesenta años hasta el director que tenía diecinueve y se llamaba George Widekind. Hicimos una buena relación porque él había nacido en Nebraska y fue un alivio volver a hablar con el acento que más me gusta.

  Georgie era un jovencito recio. Todo el equipo lo respetaba, e incluso cuando se encerraba a fumar marihuana, esperaban pacientemente a que se le pasara el efecto de la droga para consultarle cualquier aspecto de la filmación. Recuerdo que tenía las cejas rizadas al estilo de los maharajás.

  La filmación fue muy agradable, hasta que llegó la última noche. Era la escena del ahogamiento. Se iba a filmar en lo que Georgie llamaba un plano-secuencia, es decir, que debíamos ahogar al niño y enterrarlo en el patio sin detenernos para hacer más planos. Todo se haría en esa toma. Sin cortes. Por eso era vital su perfección.

  Afortunadamente la escena la habíamos ensayado en otras ocasiones. El niño-actor padecía del síndrome de Down: con nosotros se portó de maravillas. Esa noche el ambiente era angustioso, no supe por qué. El productor y Georgie estuvieron discutiendo toda la tarde en el caserón del dueño. Cuando las cámaras –tenían dos- estuvieron montadas en el baño, el director me explicó que el niño estaba entrenado para resistir sin respirar bajo el agua cerca de dos minutos. Él lo había seleccionado por esa cualidad. Dijo que era normal que pataleara, pero que no debía asustarme. Y comenzó a hablarme de mi personaje –a mi esposo se lo habían llevado para el patio donde estaba excavando el hoyo-.

  No recuerdo qué cosas dijo Georgie, lo cierto es que comencé a odiar al niño. Quise que se muriera de una vez y nos dejara en paz. El niño estaba sentado sobre el borde de la bañera y nos miraba con curiosidad. Tenía los ojos grises. Yo ni siquiera escuché el grito de ¡Acción! y me lancé contra el niño.

  Primero la cabeza dio contra la pared de azulejos y luego le hundí el cuerpo del torso para arriba en el agua. Comenzó a patalear. Los ojos grises me miraban sin odio, porque sabían que todo aquello era de mentira. Yo apretaba más y más. Y los ojos se fueron alejando en un gris más profundo. Y pensé en qué bueno sería tener conmigo el ukelele y cantar, estar cantando toda la noche bajo la luz del desierto. Ya el niño no se movía. Lo arrastré hasta el patio. Mi marido dijo un ¡Jesús! que no estaba en el guión, y lo arrojó a la fosa que había cavado. Le echamos tierra hasta que desaparecieron sus ojos grises.

  Georgie dijo: ¡Corten!…, esa toma es perfecta. Hemos terminado.

  Al otro día los artistas desaparecieron. Sobre la mesa había cien dólares.

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