Nicenia

  Calínico Niceo vio el millar de pájaros de oro morir sobre el límite de la Tierra; los ojos se le habían ido en el azul y ya él era un atributo del océano. Podría decirse que constituía una certeza que navegaba impulsando la noche, abismándose por la oscura elocuencia que adquiría el silencio, hundido en la composición armoniosa que afloraba sobre su espíritu: era sal, a la vez piedra. Era la sequedad y la angustia. Él conoció durante aquella vigilia los versos aún no escritos que aparecieron en 1909:

                                 Ah, cómo os puedo hacer saber la lóbrega tristeza de

                                             la Puerta del Norte,

                                 cuando el nombre de Riboku se ha olvidado

                                 y a los guardianes nos devoran los tigres.

 

  La impresión es confusa, mi palabra es lenta, enraizada en torpezas y giros ciegos, apodícticos. Si yo fuera un hombre vanidoso diría que Calínico Niceo fue el plagiario de muchas existencias. Erraría en ello, pues aquel hombre que ahora se estremece sobre el bauprés y vigila al otro navío cortando paralelo el mar, teme. Se teme a sí mismo. Teme ver el millar de pájaros de oro y apenas ahora, cuatro meses transcurridos desde la botadura, ve levantarse aquella marea luminosa que se eleva al sol y le confunde. Los pájaros, se dice. La tripulación alborota; hay gritos, rezos, barahúnda alegre de los hombres. El mar aparece serenísimo. Llegan a él maderos y gaviotas. Los hombres callan mientras Cornelio Mássimo, procurador de Salónica, reza al sol y los pájaros mueren develando en su caída la tierra que han venido siguiendo los bizantinos a la par de las aves.

*

  El Maestro sufrió el ansia universal al pie del Hexamillion, antes de 1415. Y el muro, indiferente a nuestras cavilaciones, continuaba dividiendo Morea –el Peloponeso- en dos mitades. Los árabes asentados en Córdoba habían nombrado a su constructor Iskandar Zul Qarnain; nosotros le hemos llamado desde siempre Megas Alexandros. La diferencia es sutil entre ambos pueblos; es la misma que la de los cadáveres escindidos pues las relaciones opuestas terminan identificándose, solo basta anudar correctamente el millar de venas y de huesos y luego insuflar el hálito divino a los miembros inertes. Nada más sencillo. Así se logrará la comunión entre el Occidente y el Oriente, entre Cristo y Mahoma. Nosotros los rum, como nos llaman los bárbaros, somos el cirujano y tras las almenas de Bizancio aguardan nuestros instrumentos. En aquellos tiempos me atreví a conjeturar que también en el Maestro se guardaban los artilugios para la cercana conciliación. Nunca olvidaré la noche agazapada como un animal inagotable, tampoco cuando de su ámbito ruinoso fueron nacidas las estrellas. El Maestro aún meditaba. Yo escuché, fugaz, el rumor de las huestes de Alexandros camino al Paropámiso, al Indu Kush. Nunca más dormiríamos junto a una hoguera. Fue por esos años cuando el Maestro Gennadio Gemisto trocó su nombre por el de Pletón y vislumbró la primera figura de su cosmogonía: las criaturas mortales se producen cuando los planetas se acercan o alejan de los seres que ellos ordenan.

  El resto fueron derivaciones de lo mismo. Astucia y silencio.

  Fue sobre todo por estos dos últimos atributos que en 1438 llegamos a Florencia mezclados con el séquito del emperador Juan VIII Paleólogo. Nunca había estado en Europa. Recuerdo un castillo pentagonal abandonado. Recuerdo un camino, un bosque consagrado a Dionisos; una latitud consultada entre las voraces hembras del Ponto Euxino. El olor. La soledad. Un cementerio godo que parecía la sombra del Hexamillion, la noche idéntica a los rostros que fui dejando por las abadías y las reuniones teologales. Al llegar a Ferrara en 1440, ya era otro hombre.

  Pletón había deslumbrado a Cosme de Médicis, luego a Nicolás de Cusa, más tarde a Erasmo de Rótterdam. Yo fui testigo en alguno de estos deslumbramientos. Pletón confundía a sus antagonistas gracias a silogismos hábilmente manejados, con la anuencia de Escolario, nuestro patriarca. En uno de esos debates donde Juan Argirópulo proponía la unión católico-ortodoxa, Pletón ironizó ciertos pasajes del Tratado que escribiera su opositor. Juan se retiró a sus aposentos. Al final del cónclave volvieron a reunirse en una sala; hablaban en susurros. Pasó el tiempo. El cónclave se reanudó, esta vez con la intervención de Isidoro de Kiev –el desconfiado erudito- quien apoyaba fanáticamente el Tratado de Juan Argirópulo.

  Cuando la sesión finalizó me dirigí a la sala y los encontré a ambos acompañados por el patriarca ruso. Hablaban sobre la forma de la Tierra.

  La disputa degeneró en apuesta. Isidoro de Kiev y Juan Argirópulo por un lado y Pletón y su discípulo por el otro. Llegamos a un acuerdo justo antes de regresar a Bizancio y alejarnos de Europa, dejando en ella el rumor aristócrata del neoplatonismo.

  Casi un año demoró reunir el dinero para los armadores; pero en 1441, año propicio por ser de cifras invertidas, los dos navíos estaban listos para zarpar de Esmirna. El proyecto se había ocultado meticulosamente por ambas partes: se decidiría, en breve, si la forma de la Tierra era en cuatro extensiones plana o en toda su extensión redonda: es decir, si Juan o Pletón decían la verdad.

  En Esmirna conocí a Calínico Niceo.

*

  Los paisajes son vastos retiros del ser. Las cosas no son ellas sino su comunión y esto degenera en molicie, en esterilidad ansiosa. He visto las formas del agua sobre idénticos mares; sin embargo hay un mar que semeja el desierto, otro que parece una infinita sucesión de caravanas, otro un sepulcro viviente, otro un alma a la deriva tras su límpida sustancia… y son el mismo, solo que advertido a distintas edades.

  Este mar es idéntico al que sostuvo los navíos de Salamina, al que bramó ansioso de cuerpos junto a las Termópilas. Recuerdo la ciudad de Esmirna que en el 1090 pretendió constituirse en eje del imperio bizantino, con un basileus forzado –Chaka- que diera su hija en matrimonio a Kiliy Arslam, primer infiel vencedor de los cruzados. Y aún queda algo de ese viejo esplendor en la cara de los esclavos. Aún permanece la soberbia de sus edificios; la gloria añeja va muriendo dentro de los mosaicos y los palacetes. Esta es una ciudad vendida al tiempo, hieródula del mar, dueña todavía del comercio por herencia ganada a los fenicios. Yo busqué entre la leyenda y los burdeles a Calínico Niceo. Lo encontré: era finalmente el hombre víctima de sí, tal los mares de Grecia.

  Calínico Niceo fue histrión de una compañía ambulante que recorría el Imperio representando romances del siglo XII español o trocaba los ropajes y mostraba autos sacramentales, funciones de títeres, números circenses. Por esto dije al inicio que este hombre había sido muchos hombres, era un plagiador, una forma. Yo le propuse interpretar a un ambicioso navarca, él aceptó. Hablamos y la tarde se hizo larga, inquietante. Recordé una hoguera en el Hexamillion y al anochecer ya Calínico Niceo era un perfecto navarca... Mi venganza estaba lista. Entonces fui a ver a Pletón con el objeto de anunciarle que ya teníamos un capitán para nuestra nave. Él había reclutado al monje llamado Cornelio Mássimo, ganándolo con el futuro título de procurador.

  Yo estaba seguro de Calínico. El paisaje era fuerte en él y los actores -entes vacíos como los desiertos- pueden ser a la vez dos criaturas. Calínico debía olvidar al actor y acercarse al navarca; entonces volvería a la unidad y no sería ya un intérprete sino un conquistador.

  La idea era absurda. Con malicia supuse que Calínico al verse sobre el puente de la embarcación se retiraría espantado, frustrando así la salida de nuestra nave, con lo cual la de Juan Argirópulo nos aventajaría en el tiempo que demorásemos para encontrar un sustituto: Pletón habría caído frente a Argirópulo. Yo era reptilmente feliz. Los otros, nuestros enemigos, habían nombrado navarca a Juan de Rodas, incluido un ancestro suyo en alguna batalla contra los heresiarcas por un autor latino -Tertuliano, según creo-. Aquel ilustre predecesor debía iluminarle el Mar de las Tinieblas a los juanes.

*

  Juan de Rodas era simonita. Amaba la corrupción de las formas, amaba la vejez, los olores undosos de la muerte. Podía mirar la obra de los gusanos con sórdido recogimiento durante horas. Algo andaba torcido en Juan de Rodas y Argirópulo lo supo ver, pues era un hombre que ansiaba el dominio sobre los otros. Su visión del mundo era simplista y ascendente; sería un gran navarca, un formidable conquistador.

  Al amanecer del quinto día del mes consagrado a Augusto, partieron las naves. No hubo celebraciones y Calínico Niceo fue jefe de los suyos sin dudar, pues sentía el océano como reflejos engastados sobre imaginarios ancestros, más feroces que los reales ascendientes que ostentaba Juan de Rodas. Los ancestros elaborados por Calínico eran fenicios y armando sus redes habían visto el paso de Agamenón a Troya; luego habían combatido sobre los trirremes durante las guerras médicas. Insuperable, la tierra circular y oblonga era de Calínico. La tierra mezquina y deseosa era para Juan Argirópulo, interpretado en la forma de Rodas. Y el Universo aguardó las verdades que a él iban dirigidas.                                                                                

*

  Los barcos navegaron uno al lado del otro y por las noches simulaban reflejarse, siendo de la misma hechura los dos. Juan de Rodas observaba constantemente a Calínico Niceo y aquel miraba al horizonte sin otra angustia que la del horizonte mismo. Las tripulaciones de uno y otro navío, al cabo de tres meses, organizaron sus propias conjuras pero ambos odios no llegaron a los capitanes. Les veían tan firmes, tan posesos, que los amotinados se alejaban unos de los otros recelando una traición. Solo persistía aquella inquietud de los marinos unida al rumor de las jarcias.

  El navarca Juan de Rodas se dejaba invadir durante los lacios atardeceres por voces ininteligibles. Las creyó un buen augur. Las dejó acompañarle en las bóvedas de su cráneo, antigualla retórica, dulce a los soliloquios. El mismo día en que la nave de su enemigo Calínico Niceo advirtió en el horizonte la tierra, los hombres de Juan vieron crecer ante ellos una oscuridad que hizo perderse al otro barco y quedaron solos, rodeados por un mundo lleno de estremecimientos. El agua se tornó a imagen del cielo. Juan de Rodas distinguió la ferocidad contenida en las voces, ahora un océano de piedras y tornados, como sus inútiles cartas de navegación ya sin figuras o monstruosidades. Antes de caer él y su expedición en el Abismo -un abismo pretérito a Dios y al Caos- escuchó, lívidas en la tormenta, aquellas otras figuras aún no escritas:

                                 ¡He visto el sol poniente manchado de horrores místicos,

                                 iluminando los largos coágulos violetas

                                 y, semejantes a esos actores de antiguos dramas,

                                 las olas rodando a lo lejos su batir de postigos!

 

  Calínico Niceo escuchó otras figuras, mientras el mar azul y silencioso traía sus ofrendas de pájaros y leños. Las figuras dijeron:

 

                                 ¿Es en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias

                                  oh millón de pájaros de oro, oh futuro vigor?

*

  El navío regresó a Esmirna cinco años más tarde: doce hombres lo tripulaban y descubrí en los ojos de Calínico Niceo el ansia de los moribundos. Pasados nueve días lo enterrábamos a orillas del Hexamillion con una discreta procesión y humildes incensarios.

  Algunos recuerdan a Pletón con el ansia desdibujada de la historia; es una torpeza recordarlo. Persiste en mí el hombre quieto y un camino y un arbusto seco al borde de la tierra. Esta imagen del Maestro aún reposa en otras obras pues su religión nunca fue practicada y también murió dichoso, honrado por el déspota Teodoro.

  Todos han muerto, incluso Bizancio, pues no tenía sentido su inútil soberbia. Luego el mismo Imperio de Oriente se deshizo como el horizonte largo que torna al alma poblándola de abrojos y malezas; después él mismo es su propio sueño y una montaña. Yo nombré la nueva tierra Nicenia, luego los italianos la nombraron América y fue un genovés –Cristóphoro- quien hallara las viejas osamentas de los bizantinos en San Salvador. Yo ahora me segmento y confundo. Mis periodos son circulares, nada griegos, nada antiguos. Siento ahogarme bajo los resúmenes del tiempo que ahora me sucede y a la vez aguarda, así como mis restos aguardan por el Juicio en Roma, ciudad última en ser destruida por los ángeles.[1]

 

[1] Es evidente que el cuento está basado en un error histórico: para el año 1440 era universalmente aceptada la forma esférica de la Tierra. Nadie apostaría por demostrar lo contrario. (N. de Juan Laprida.)

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