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     VINICIO FERREIRA

 

         Obra Completa    

  En el cementerio de Alecrim –pequeño asentamiento del nordeste brasileño- hay una lápida que la vecindad conserva con piadosa devoción: ahí yace un santo sin nombre cuyos restos consagró en la iglesia del pueblo el sacristán Reynaldo Brito Soura. Dos veces al año los vecinos emprenden una procesión que da la vuelta tres veces al cementerio –pues lo diminuto del poblado obliga ese tránsito para magnificar la caminata- y luego se reza, se implora, incluso hay quienes han tenido revelaciones o trances místicos ante la piedra que solo ostenta una inscripción: 1911-1966.

  Un santo sin ermita. Un santo excluido del santoral y entronizado para uso privado de aquel caserío insignificante. Un santo que a nadie cura y apenas consiente en brindar algún que otro aguacero para los tiempos de sequía y estas lluvias se transforman con el paso de los años en grandes diluvios que inundan casas y desbordan ríos. La tierra allí es seca, como las primeras y últimas palabras de Vinicio; pero este hombre nunca fue santo y gracias al enredo burocrático que hábilmente orquestara el único amigo del difunto –el sacerdote Juliano Prendes- se hicieron llegar sus restos a aquel pueblo revestidos del aura milagrera que precisaba para ser aceptado dentro del vasto santoral nordestino. El crédulo sacerdote de Alecrim tomó al pie de la letra las instrucciones de su superior e instauró por su cuenta el día del santo y las peregrinaciones.

  Yo escribí la suerte de Vinicio Ferreira hace algunos años, mientras rastreaba la extraña filmación de Pedro Páramo –y no me refiero al filme de Carlos Velho, sino a una película que nunca llegó a rodarse del todo, que poseía un guion perfecto que nadie, salvo Bernardo Sahagún quien iba a ser el director, llegó a leer jamás-. Escribí entonces una apretada síntesis de aquellas aventuras que tomó el nombre de Filmar Pedro Páramo y que publiqué junto a mi relato El acercamiento a Almotásim. Desde ese momento Vinicio Ferreira, pese a morir asesinado durante las primeras páginas, se empeñó en acompañarme a lo largo de estos años y me obligó de alguna forma a reunir sus documentos.

 Vinicio Ferreira nunca publicó una línea. Escribió aquel libro gigantesco que tituló Pascual Ipiranga, frenólogo, un decálogo insoportable, diez o doce poemarios y algún que otro cuaderno de apuntes que también encontró piadosa sepultura en el incendio de documentos que organizara después de su muerte su hermano Joao.

  Joao Ferreira creó así un nuevo tipo de antología: la del superviviente, pues al incinerar la vasta obra de Vinicio nos legó restos inconexos de aquella mente torturada por las palabras, de aquel hombre solo como ninguno pudo estarlo en este continente pues ni siquiera le fue dado expresar su soledad con una literatura al menos tolerable. Escribió poesía externa y esto es un pecado mortal.

  Rubén Darío fue un gran hacedor de poesía externa, al igual que Huidobro, y la influencia de este último en los poemas-jazz de Vinicio Ferreira resulta innegable. Hay sobre todo una inconformidad consigo mismo, que se despoja de su envoltura terrestre hasta alcanzar el vacío. Su poesía no es limpia ni pura, sino vacía. Nunca se preocupó por nombrar la esencia de algo y siempre se maravilló por los que sí lo lograron. Su agonía era, pues, la imposibilidad de terminar una obra o el temor a hacerlo. Todo esto puede parecernos irrelevante, quizá lo es. Yo puedo decir que Vinicio era el arquetipo del escritor menor, el que llena el tránsito entre una gran voz y otra. Paga un alto precio que es el del olvido y nunca parece estremecerse por ello. Escribe sin esfuerzo; sabe lo que le espera.

  La Gran Forma, escrito en 1945, es otro libro que llega demasiado tarde o demasiado temprano. Lo leyeron Facundo Reiszmann y Teresa Wilms-Montt. Ambos callaron. Cabía en cualquier ismo, no tenía personalidad, era externo, estaba vacío. Otra vez el vacío, la nada. Este par de bestias arman la soledad del escritor; así cuando Bernardo Sahagún lo conoció en Bahía el hombre semejaba un difunto. Pero a causa de ese afán errático ya había escrito su obra mayor. Y no eran poemas, ni cuentos, ni un libro de ensayos, tampoco una novela. Se trataba de un guion cinematográfico.

  La perfección del Pedro Páramo de Ferreira llevó a Bernardo Sahagún al extremo de ordenar la ejecución del poeta a manos del sicario Joao Beltrán, pues Vinicio se había negado a cederle los derechos para filmar la película. Luego el propio Bernardo, antes de ser fusilado por la muerte del guionista, prendió fuego al guion. El fuego santificaba todo lo escrito por Ferreira, quien luego del velatorio fue cremado. Su piadoso y extraño amigo Juliano Prendes guardó sus cenizas dentro de una cajita de marfil y la envió al perdido caserío del Norte con las susodichas indicaciones para el sacristán Soura: todo esto fue profetizado por Ferreira en uno de sus cuentos.

  Hemos visto el apretado tránsito de una vida de la que sabemos poco. Viajó a México, donde permaneció varios años sin dar señales de vida y se dice incluso que peleó en los subterráneos cristeros durante la Guerra Zombie en los años 40. Pero eso son rumores. Luego viajó a Cuba por el año 1964, con el objetivo de filmar Pedro Páramo. No pudo hacerlo y no sabemos la causa. Desapareció dejando a medias la película y Mateo Mordeccai intentó hace unos años esclarecer el misterio, pero su documental Filmar Pedro Páramo no aclara nada, más bien lo enreda todo. Lo cierto es que regresó al Brasil, donde fue asesinado.

   Por último quiero añadir que esa indiferencia suya, aquel dejarse llevar a la muerte sin mayores preocupaciones me desconcierta, me impide cualquier juicio acertado sobre su obra. Al leerlo siento ese vacío que dejó esparcido en sus poemas; recuerdo la silueta que de niño veía escurrirse por las paredes a la luz del amanecer. Aquella silueta anunciaba el día antes que los gallos haciendo que la casa tomara forma y angustia alrededor suyo: la aguardaba con un ojo abierto y el cuerpo enterrado bajo las sábanas cuando la sentía llegar; como la respiración de otro mundo estaba a mi lado y luego agitaba el ramaje quieto de los árboles. Nunca pude entenderla, la temía más bien. Pero siempre -como el santo Vinicio Ferreira- va a estar conmigo.

 

Juan Laprida

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