Sucesiones de Emilio

  Haber tenido el nombre de un patriota durante sus aproximadamente cuarenta y ocho años nunca fue un estorbo para Emilio Luaces, a quien por demás lo salvaba de las confusiones la total ignorancia histórica de sus coterráneos; y no es que Emilio fuese un intelectual –Dios nos libre-, sino que había encontrado cierto libro admirable sobre las Guerras de Independencia y se sintió halagado por lo que se decía allí de su homónimo. Era, en todo lo demás, un hombre común.

  La historia de los asuntos extraordinarios es definida por gentes así. Usted golpea a un individuo común y activa en él, quizá sin desearlo, cierta vocación ancestral por la violencia o los desmembramientos: en un instante se encontrará usted seccionado y distribuido por toda la ciudad. Mejor calle o asústese cuando vea a un individuo común. Evádalo, como yo traté de hacer con Emilio. Por desgracia me fue imposible y por eso cada tarde me ve aquí, sentado junto al mar, admirando su oficio inmutable. Pero me adelanto.

  Una tarde cualquiera del año pasado Emilio notó que era Alberto. Ese hecho de notar que se es otro no es tan fácil como aparenta. Primero se trata de una cuestión de medida; hay que llenar el saco vacío que es el cuerpo que se habita y Emilio no se asombró por el cambio: en eso se parece a las tortugas galápagos ¿no?, que pueden ser desolladas sin ofrecer resistencia. Emilio aceptó y punto. Él antes tenía los ojos grises, la barba larga y negra, ahora es totalmente negro, más alto y audaz. El aspecto moral del cambio sí parecía preocuparlo en extremo, pues debo decirles que ya va por el cambio vigésimo tercero y cada nueva investidura trae consigo una particularidad moral, amén de la física: flemático, astuto, cobarde, santón, apasionado. Pero volvamos a Alberto.

  Alberto era un ingeniero en viales que tenía una desahogada posición económica. Al despertar Emilio notó que Alberto dormía con placidez en el cuerpo acabado de abandonar y sintió la audacia, pero en totalidad. Con un gesto audaz se sirvió el café, y descubrió a una mujer que hacia gárgaras en el baño, y tomándola por el cuello le hizo el amor como un endemoniado, para luego descubrir que se trataba de su hermana –la de Alberto-. Audazmente afrontó la acusación por incesto y cuando era esposado por los agentes se vio con un cuchillo abriéndole el estómago a una res. Tuvo un acceso de miedo incontenible; doblado sobre el piso del matadero vomitó hasta quedar vacío: Igor era un hombre solitario, arisco.

  Al llegar a su nueva casa, acariciándose las muñecas repentinamente libres de esposas, encontró un completo desorden. Trató de organizar algunos muebles pero algo clavado en su estómago no lo dejaba pensar. Tuvo que sentarse para mirar la lenta nieve que empedraba con sucios tonos la avenida: era el miedo. Se encontró mirando la estructura hipnótica de los cristales de nieve aprisionados en su ventana, y pronto estuvo envuelto en la atroz búsqueda de un cristal idéntico a otro; comparó trescientos antes de quedarse dormido, llorando sin saber por qué, en un raro temblor distinto al frío. Entonces apareció un gatito que trepó a sus rodillas: Vania –dijo-, Vania. Sonrió con torpeza para luego comprobar que sostenía un viejo pedazo de tela, que lanzó furioso a la ventana, y el gatito, herido con decenas de fragmentos en la cabeza murió cinco pisos abajo.

  Emilio lo pudo ver, lo husmeó, luego comenzó a morderlo con una seguridad estúpida. Le supo bien. Trincar antes de que se congele y sintió el ruido de sus dientes en la yugular. Anduvo la densa noche cabizbajo, le dolían las patas y encontró refugio a los pies de un mendigo.

      -¡Ya llegan, ya llegan!

  Esa voz, y después: Move your ass, whore!

  Una horrenda orquesta interpretó My Sweet Butterfly al tiempo que el olor del barro apisonado ascendió cuatro pisos hasta su alcoba. Se incorporó y le molestaron los senos. Astuta, dijo frente al espejo. Soy una perra astuta. Al decir perra no recordaba a Alberto, Igor, o el banco nocturno. Bajó al salón donde hacía rato llegaban los marines haciendo ondear sus gorritos blancos y enseñando a quien lo pidiera unos genitales alquitranados. Helen of Troy!, chilló un marine borracho lanzando una certera baba que se aferró al borde de su camisa. Luego Helen pudo apreciar como la embadurnaba de salivas el hombre. Contando los sesenta dólares robados al marine y corriendo por Five Points, despertó tras un absurdo buró para declararle la guerra a alguien y luego dejó caer un arma química, temeroso de Dios, con abigarrados recuerdos de ceremonias protestantes y una finca en las pampas. Declamó ante multitudes de alcohólicos los primeros versos escuchados en el mundo de Venus Anadyomena y escupió, con la baba del marine, un cuadro de los fauves, creo fue un Matisse.

  Se recuperó del tropelaje en la persona de un vendedor de seguros en Ciudad México. Era un oficio tranquilo. Esta vez la cautela formaba parte de su condición moral: nunca cruzaba las calles sin mirar tres veces. Por lo tanto –esas cosas ineluctables- murió atropellado al segundo día. De esta manera volvió a ser Emilio Luaces.

  Lo conocí en el bar La Funèbre y el cantinero Père Charmain nos presentó, un trago de Bacardí por medio. Mucho gusto –y me dio la mano algo que parecía una multitud cansada-. A las cinco de la mañana terminó de contarme su historia con esta singular advertencia: Aléjese de mí, no quisiera terminar siendo usted.

  Lo insólito de la frase en la madrugada del puerto me hizo creerle. Lo conduje a su casa pues no estaba nada sobrio y yo estúpidamente me aferraba a una credibilidad absoluta, a una ley de gravitación luaciana; tal si los cuerpos, o peor aún, las almas, fuesen atraídas con una fuerza centrífuga al cuerpo y al alma de Emilio. Temeroso de la recién descubierta idea quise apartarme del borracho. Entonces Emilio me suplantó por cuatro horas y desconozco las acciones que emprendería en ese tiempo: desperté en el Hospital Naval con las muñecas fracturadas.

  Decidí esa noche perseguirlo y detener de una forma u otra su maldita enfermedad, pero la interrogante eterna era ¿cómo? Reconozco que me devané los sesos tantas veces como se puede repetir esta usada frase, mas al quinto día y con el alta del hospital, encontré una respuesta: solo debía lograr que Emilio Luaces fuera Emilio Luaces, pero no él en sí mismo, sino él en el patriota. Nos citamos en el bar La Funébre y Pére Charmain puso entre nos un nuevo Bacardí, mientras el ahora ojeroso Emilio se disculpaba por enredarse con mi cuerpo en una riña de apostadores. No hay problema, le dije conciliador. Acto seguido nos emborrachamos como Dios manda, luego salimos dando tumbos en dirección a la Bahía. Emilio se durmió y por un instante temí que se hubiera apoderado de mi cuerpo nuevamente. Pero no, yo era yo y esto era, a su vez, indiscutible. Detuve un automóvil para dirigirnos al cementerio. Durante el camino examiné con atención mi intelecto para estar seguro de la veracidad de la tesis que habría de salvarnos: la primera explicación fue la lotería. Es decir, los caminos estrechos de la intuición. Una vieja, Atanasia Fundora, hizo su fortuna con la lotería. Nunca creyó en el azar sino que se dejaba llevar por las cosas que no era lo mismo que presentir, sino relacionarlas atávicamente. Aquel hallazgo debo confesar que me halagó. Nunca había sido astuto y el repentino descubrimiento me trajo luego de la alegría, preocupación. Sin embargo los cercanos muros del cementerio alejaron tales inquietudes sustituyéndolas por otras de mayor envergadura; me las arreglé para empujar el cuerpo del ahora murmurante Emilio a través de las rejas y luego yo pude entrar desgarrándome la camisa. A tientas como vendedores ambulantes inquirimos, en la borrachera que peligrosamente se me contagiaba; decía, inquirimos a los sepulcros con una pequeña linterna hasta encontrar el del patriota Emilio Luaces, decorado con magnificencia. Recosté al otro Emilio contra una tumba adyacente y corrí la losa, sacando luego los diminutos osarios.  Lo que sigue es en su totalidad producto de mis suposiciones, pues cuando abrí el osario de Emilio Luaces, fue la última vez que vi en vida a Emilio Luaces.

  Un ligero susurro me pasó de lado a lado, me atravesó, me poseyó, me sostuvo sobre el aire impregnado de huesos y polvo. Se me ocurrió la idea de un enterramiento inverso, con un cadáver entregado al aire a la vez que sus deudos descienden a la profundidad fétida del mundo y el muerto sube, flota. Eso o algo parecido me pasó por la cabeza. Libres, me dije, libres yo y la Humanidad. Siempre había querido usar esa palabra con mayúscula. Yo, Bienhechor de la Humanidad, no más errantes Emilios.

  Es inútil añadir que a la salida del cementerio me sentí una mulata riquísima...y astuta. Seguro Luaces desayuna en New York y yo permanezco mirando la Bahía que es lo único inmutable. Luego estoy nadando: el cambio es, en los peces, también un estado inmutable.

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