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     JOAQUIN MANILA

 

       Ukelele & El Conjunto Martenot

  ¿Cuántos hombres conocen hoy en día la obra de Joaquín Manila? Quizá solamente los miembros de Umbralismo y algún que otro crítico amante de rarezas editoriales. Lo cierto es que a este inmigrante cubano nunca le agradó alabar en su país a los pésimos escritores existentes en la década de los noventa donde, según él, hubo un renacimiento del realismo evolucionista o sucio, como si a Raymond Carver le dieran una sierra eléctrica y complejos de arcángel político. Ya no era el divertido Bukowski o el triste y desesperado Rómulus Orgel, si no aquel grupo de imbéciles inventando un método tan patético como sus recursos. Generación de llorones, decía Manila. Por supuesto que de la vorágine salvaba algunos nombres en los que el realismo se había transformado en un instrumento eficaz, impresionante, que eran además los que relataron y hábilmente distorsionaron la realidad de los noventa: Facundo Reyszman, Juan Córcega y Amelia R. Novara. El resto cumplía con sus propósitos. Daban náuseas.

  Es su criterio. Por eso y no por otras razones se fue del país en una balsa en el año 1993. Cosechó manzanas y luego fue a parar a Broadway, de tramoyista. Llevaba consigo un verso publicado en cierta revista de vanguardia que caracterizaba la mayor parte de la literatura cubana por esos años y aun en los nuestros; su honestidad y patetismo eran realmente abrumadores. El verso decía: aquella tribu de penes me acosa.

  Yo también me habría ido del país en una balsa.

  Estando en Broadway mientras se representaba Porgy and Bess, los cables de la escenografía aérea se soltaron y Joaquín Manila cayó de espaldas sobre Winona Ryder, quien misteriosamente sobrevivió, quedando minusválido el tramoyista. Entonces alquiló un apartamento encima del Café de Estéban Intzaúlgarat. Quiso la suerte que entrase el primer día con un pullover donde se leía Euskadi, ganándose instantáneamente la confianza y la admiración del dueño. Era el año 1994 y, en diciembre, creamos al engendro más desesperado que viera alguna vez la literatura: Umbralismo, un vasto proyecto de literatura que pudo ser. Pero sobre esto he escrito excesivamente y es mejor ceñirnos a los hechos.

  Maura Samprini nos ha bautizado a Joaquín Manila, a Julius Maynard y a mí como Three Js from Umbralism, en ese famoso ensayo donde expone los diversos factores que nos llevaron a una comunión espiritual y mefítica que partía del poema de Hofmannsthal titulado Ragnarok. Allí se expone una lista de obras que nunca existieron, pero que de alguna forma fueron vislumbradas. Nosotros, a lo largo de aquella extensa noche presidida por enormes porros de marihuana, vislumbramos unas cuantas obras que nunca serían a menos que nosotros hiciéramos algo al respecto. Maura Samprini había escrito Rapsody in Pulp, yo comencé a escribir The Approach to Al-M´utasim, Joaquín Manila escribió Los androides de mármol, Ukelele [1] y El Conjunto Martenot, publicados luego de la muerte de Maynard. Stanislaw Bauer -un cervecero alemán- nos envió Relicarios & Bandeirantes y comenzó a escribir Doppelgänger. Todos esos textos partieron de un libro de Demetrio Souza publicado en 1950 -La Jauría Celeste- y de los poemas y la vida del cineasta brasileño Vinicio Ferreira.

  Las características de nuestra literatura han sido descritas en otro lugar. Volvamos a Joaquín.

  Cuando nos reuníamos en el Nuyorican, Manila desplegaba su intenso sentido del humor. Él y Maynard entablaban confusas discusiones sobre temas eruditos que variaban desde la numerología hasta el arte merovingio o los mitos celtas y africanos; y cuando a alguno le faltaba algún dato para sostener su hipótesis, lo inventaba sin el menor remordimiento. Esto hacía más fascinantes las discusiones.

  Joaquín siempre tuvo tres ídolos: Ed Wood, Paolo Serpieri y Hermann Helmholtz. Luego descubrió a Thomas Henderson Mix. Leyó sin mucho interés sus cuentos, pero más tarde descubrió una novela titulada Savonarola que el norteamericano había escrito en Francia. Primero estuvo asombrado y luego se asustó. Me dijo que entre las listas de literatura que pudo ser él había inventado un título así, con un argumento parecido. Sólo que ese sería el título de la novela que Brion Gysin nunca escribió.

  Días después se suicidó Julius Maynard.

  El cubano se encerró en su departamento y no aceptó visitas; solo yo he podido verlo con alguna frecuencia durante estos años. Mi excesiva vejez impide que sean más frecuentes nuestras conversaciones, por eso he logrado que acepte las visitas de Mateo Mordeccai, quien organizó una compilación de sus primeros cuentos.

  Ahora Manila es un individuo silencioso que se ha aficionado al play station y sostiene largos combates electrónicos con Mateo en su deteriorada residencia. Escribe para una revista dedicada a los trajes de baño. No he querido leer sus artículos.

  Sin embargo, laboriosamente, va tramando su novela. Los gauchos y las geishas será sin duda el último libro de este grupo de inconformes que soñó con la posibilidad de escamotearle al vacío unas cuantas historias, para luego devolvérselas.

 

Juan Laprida

 

[1] Los cuatro cuentos que hemos seleccionado forman parte de ese libro. Manila decidió arbitrariamente colocar un ukelele en todas las historias para obtener cierta continuidad temática. El Conjunto Martenot, por su parte, es la primera de una serie de novelas inconclusas que Manila publicó entre 1994 y 2000.

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