CHARLIE HARTMANN

Suave iridiscencia en el televisor. Brillo estático de Nada. El sonido de un papel que alguien estruja por los siglos de los siglos. Millones de puntos blancos y negros y la voracidad eléctrica mirándonos la cara. Sobre los cuerpos dormidos se refleja el Fin de la Señal -la última señal de un mundo muerto que gira entre las galaxias y colisiona con planetas vacíos provocando sordas detonaciones en el universo sin Dios, en el espacio matemático de puntos blancos y negros-. Los virus cruzaban el éter sin dispersión alguna, ajustándose los trajes de neón, alumbrando sectores cósmicos de mesurada electricidad y vida en estado embrionario. No hay carbono. No hay oxígeno. No hay fotosíntesis. Una mujer friega el tragante metiendo sus uñas delicadas que han de crecer cuando muera, embarrándose hasta la altura del codo. NO hay carbono. Ni oxígeno. Ni fotosíntesis. Es otra imagen viajando a la velocidad de la luz. Y demorará millones de años para ser vista en algún lugar del universo.

Las viejas duermen. Observo el televisor. No hay señal. Algo ha terminado y no logro explicarme qué ha sido.

Charlie Hartmann

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