AHORA HEMOS PENSADO

INTENSAMENTE

EN ELLO

Esa batalla se había librado con mayor o menor suerte, pero a fin de cuentas no es la suerte lo que importa, ni siquiera la batalla. Todo ese conteo de muertos en un campo demasiado conocido donde se agitan las larvas de lo eterno. Y de nuevo, mirando a los ojos de Maynard, pensé en Franz Akuva. ¿Cuán primitivo puede llegar a ser un registro? ¿Qué es eso que entendían por registro? En esa era, donde la colisión apenas si se percibía a través de delicados instrumentos, instrumentos construidos pacientemente siguiendo las instrucciones del Manuscrito Voynich, ese puñado de locos, accionándolos, desde los incontables manicomios de Europa y América y Oceanía y Africa entregaban sentido. Nadie en Asia se ocupaba de ello, como si los desiertos del Cercano Oriente enmudeciesen, como si esas huestes que luego conquistarían Roma permanecieran en un letargo junto a los plateados lagos de arena y las alucinaciones arquitectónicas de Dubai. Y más allá se extendía un mantra sónico. Franz Akuva cuestionaba profundamente el carácter irrefutable del mundo. Y registraba el mundo. Si se concibe la Tierra como una máquina vegetal, semejante a las propuestas por el Manuscrito Voynich, se comienza a respirar una lógica difusa que no admite estructuras cerradas, a la cual aún el término de estructura le resulta inadecuado, más bien el concepto de ectoplasma es requerido y rescatado de entre el basurero del positivismo.

 

Todos los encadenamientos que relacionan cuerpo animal y cuerpo vegetal son expuestos y diseccionados bajo un sol doloroso, el sol de la Salpetriére, donde se avistó, ya lo sé, algo fundamental. Allí, dentro de ese invernadero interminable, que conecta a Zurau con Mazorra, a Arkham con la Cocina del Diablo, a los silenciosos sótanos de la lobotomía con Samuel Johnston. ¿qué ha llegado hasta nosotros sino esa sucesión de nombres que anunciaban la colisión? ¿Y quién fue el primero en sentir que su cuerpo era objeto de una geología activamente disgregadora? Como vestir un traje que superpone nuestros órganos internos y la Fosa de las Marianas, donde la cabeza del Vampiroteutis Infernalis –ese pulpo bestial- radica en donde antes teníamos la seguridad de que nuestros pulmones respiraban el aire. Sustitución. Muy pocos. Muy pocos sujetos entendieron la urgencia del asunto. En ese gran laboratorio que antecedió a la colisión, se practicaba cada día el experimento de la existencia: su expresión última era el realismo. Y REALISMO SIGNIFICA LENGUAJE. Maynard me observó en silencio y agitó la cucharilla dentro de una sustancia oleaginosa que imaginé y describí para mis adentros como té negro. Sé que los dos pensábamos en lo mismo. En Franz Akuva. No era un tipo talentoso, pero sabía cómo funcionaba la Hollow Earth Society, eso es más de lo que se puede decir de mucha gente. Y tenía una agenda demasiado estremecedora para describirla aquí: implicaba expandir y facilitar la colisión. Maynard me extendió uno de sus fotogramas.

 

-Quizá lo que más molesta es su carácter completamente inútil. Hay algo que falla en el núcleo, pero esa falla es fundamental porque expresa el punto de entrada de la colisión. Esos perros que tiran de Amundsen. Esa iteración meticulosa no funciona, porque precisamente NO puede ser funcional. Es un movimiento de doble tracción: la bala que atraviesa el cráneo del Archiduque de Austria-Hungría es la misma que dispara el cowboy en The Great Train Robbery. Esto es lo real. Asúmelo. Superpones esos dos frames que son un gesto histórico-histriónico. Los manipulas y expresas algo que va contra la expresión en sí… por supuesto que en esto el fracaso es inevitable. Pero piénsalo más detenidamente, sin que afecte tu digestión, ¿crees que le importaba el campo estético? ¿en serio? Lo único que importa aquí es el campo teológico. He dicho.

Aspiró y se rascó la nariz. Le costaba hablar a esta hora, allí, agitándose dentro del Perceptrón, el ectoplasma de Maynard ondulaba y bebía nuevamente la sustancia oleaginosa. Al fondo, las ruinas arborescentes de una ciudad. ¿Qué ciudad? Nunca llegaría a saberlo pues Maynard era en extremo discreto para revelar sus ubicaciones. Situado en la muerte, en la desintegración, en la euforia de los astros idiotizados. Maynard lee mi mente sin dificultad, utiliza mis giros e inutiliza cualquier atisbo de conversación civilizada. Debo admitir que le extraño. A esta hora, en este continuum, nuestra última excusa es volver una y otra vez a Franz Akuva.

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