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LA GRAN FORMA

Snactis

  Andrew Snactis vivía en los Five Points. Su cuarto era estrecho y oscuro. Tenía un solo traje, una navaja de afeitar, un espejo, un hambre indetenible, un piano y un bebé. El niño aún no tenía nombre pues lo había encontrado bajo las sábanas sucias que a diario recogía para llevar a la lavandería del hospital St. George. Estaba pálido entre los excrementos y la sangre, ni siquiera lloraba. Lo ocultó en su gabardina y lo llevó a su hogar. La palabra la dijo de manera inconsciente cuando abría la puerta, hogar, sonaba ancho y gris. Alimentaba al niño por las mañanas y por las tardes, ya tenía un año, y gorjeaba a duras penas el nombre de Snactis. Pocos sabían que Andrew criaba a un bebé y su vida monótona había constituido un aprendizaje del desapego: todo lo que apreciaba por alguna ley inexorable le era quitado, su pobreza era nula, no le dolía más que el hambre y el hambre de su niño. La criatura parecía comprender la proximidad de los días del hambre y prepararse para ellos haciéndose más callado, chupándose el pulgar con una sed de alcohólico, las aves entonces volaban más lento y parecían detenerse en el cristal y los gritos de la calle se volvían imperceptibles como si un pan viejo cubriera las paredes, no lloraba cuando la sentía llegar planeando entre los platos vacíos, los vasos rotos y sobre el agua quieta de la jofaina, afuera llovía y el frío volvía más intensa el hambre. Snactis liaba lentos cigarrillos y prendía la estufa con algún mueble viejo, el niño miraba las manchas de humedad en el techo y ambos dejaban pasar las horas, mientras las horas amenazaban matarlos, el hambre y el reloj, la espera de algún trabajo extra que le permitiera ganar el sustento se volvían las excusas de aquellos días donde los dos eran raramente felices: no estaban solos. A las tres y cuarto del tercer día de ayuno, John Farrel llamó a su puerta.

  El bar Hougan no era el lugar preferido de Andrew pero solo allí podría ganar algo, más la propina; aparecía en una bocacalle de Grosvenor Av. Enterrado, solitario, peligroso. Llovía con la serenidad de octubre, las luces de los carruajes daban sobre el asfalto rebotando en los ojos afiebrados de Snactis y este golpeó la contraseña en la madera de la puerta azul. Ojos inyectados de sangre miraron por la rendija y luego lo hicieron pasar; asustado reconoció las armas y los rostros: eran los hombres de Manko Livingston. Lo condujeron hasta el piano y le pidieron viejas baladas inglesas o ragtimes o antiguos himnos militares del Norte que Snactis interpretó con la celeridad de una máquina. Los bandidos se agruparon alrededor del piano y coreaban las canciones mientras la saliva se incrustaba en la madera vieja, traída de New Orleans, la lluvia no se escuchaba y Snactis sabía que afuera una criatura aguardaba el pan que luego podría llevarle, liberándola de los espectros que a esta hora debía estar viendo nacer desde Five Points, los gritos lejanos de un incendio, la lluvia que no osaba apagarlo como la bestia que desde un mar remoto llegase al corazón de New York y se arrastrase cándida en el sentido del hogar errático pues las mansiones del sur conservaban aún su extraordinaria consistencia para hacer frente a los espectros hougan que todo lo invaden, él ha visto al espectro hougan en las lavanderías del hospital, marchando entre los ejércitos nordistas de la última guerra, cantando raras melodías en el puerto, el espectro hougan no llega hasta los grandes lagos pero alcanza a un viejo que muere de infinito y soledad en Manhattan, está en las bocas que sienten hambre, en los estómagos que expulsan un odio atroz, porque el hougan es aquella isla enterrada que olvidó toda canción y toda esperanza porque en sí misma duermen las canciones y la esperanza, la esperanza verdadera no es poética sino violenta y lúgubre como un rayo, pobres los que esperan un nuevo mundo semejante a las mansiones del sur donde el tiempo era como el trigo un delicado amanecer de musgos, el tiempo en realidad no es, el hougan, el estado hougan de craneales iluminaciones, de seres robustos como un árbol y capaces de licantropía: ser ave y piedra y rayo y llovizna y planta y reptil y osamenta, el viejo hougan ha regresado de estos colosales senderos pues él mismo es la encrucijada donde se agrupan los negros durante los atardeceres del sur, las mansiones del norte anuncian un nuevo barbarismo que se opone al sur en lenguaje y vísceras y hambre, solo la hermandad del hambre une ambos senderos en la encrucijada inmemorial donde aguardan el hougan y el cenobita: Manko Livingston pidió una olvidada canción inglesa que Snactis no recordó.

  Manko Livingston era un asesino y un estratega. Durante años había regido su banda por encima de las restantes en Five Points. Livingston adoraba la música, en especial aquella olvidada canción inglesa; era además muy susceptible a las negaciones. Se hizo un impresionante silencio. El bandido salió del bar dando un portazo.

  Snactis recibió su paga, compró unos panes, algo de whisky y al llegar a su casa, entre las sábanas dispersas y el silencio encontró este mensaje: Mañana, antes de que el sol se ponga, tocarás esa canción para mí en el Hougan. Manko Livingston. Recordó que el niño ni siquiera tenía un nombre. Miró la cuna vacía y puso en ella el mendrugo de pan.

  La reina Mab era una canción de los marinos ingleses, caída en el olvido después de la muerte del almirante Nelson en Trafalgar. ¿Quién la recordaba en toda New York excepto Livingston, que además desafinaba como un maldito haciendo imposible definir la melodía? Tratar de acompañarla al piano era un suicidio. Snactis salió a deambular por los barrios bajos, cerca del Hudson. Había descendido la bruma sobre el río, haciendo invisible la luz de los faroles en la densa noche que olía a muerte. Snactis vagaba indeciso, escuchaba pasos y cuerpos que se acercaban y se alejaban luego bajo aquella sombra pegajosa que brotaba del agua. Un barco a lo lejos estallaba en la soledad de una lámpara china, el humo lo circundaba, reptil colosal, antediluviano, que ahora mutaba en ruedas y fuego, barco criatura hueca cabeza del tomahawk , como si un millar de indios muertos le empujase desde el lecho del río, fantasmas de cuerpos de tótem y figuraciones hartas de magia, la magia de los cueros cabelludos atados a la risa de un brazo de agua y de cielo, jinetes exploradores del mundo que Dios hizo descender sobre las cosas, animismo de la montaña, sacra piedra si esta palabra fuera menos incómoda o monacal, un frío en los estómagos del hechicero sioux, otra vez la figura del hougan; todo esto era manifestado con un jadeo convulso por el cuerpo de Andrew Snactis, por el trance que le impulsó a correr pues vio unos ojos de fuego hincados sobre el rostro de los negros que cantaban su infortunio al pie de las estibas del muelle, y los ojos no eran de este mundo y sí eran de este mundo, como el corazón es a la vez contracción y expansión. Corrió perseguido por una visión de antorchas en noche clara de selvas y de bosques pues el murmullo ininteligible del hechicero sioux se penetra del espumarajo celestial del hougan, el vudú es la migración de Dionisos a América, en todo rito de iniciación muere el viejo Yo y Snactis no sabía que en aquella carrera iba dejando atrás a un hombre mísero para dar paso a un Iniciado formidable. Él solo corría la densa noche que huele a muerte, muerte de carneros, muerte de ánades que en el excremento de las entrañas guardan las suertes de un mundo y en los ojos expulsados lentos hemisferios anfibios, muerte de palabras del antiguo celta para dar paso a esa lengua aberrante que es la de los revolucionarios y los videntes y los iluminados, el hombre que se azota no encuentra al Arquitecto pues destruye el templo, el hombre que ama la lujuria casi roza la primera figuración divina mas siempre la traspasa quedándose al otro lado de la carne, Snactis amaba al niño en un sentido que le emparentaba con Abraham, la piedra del sacrificio se extendía en toda la Grovenor Aveneu, cruzaba el Hudson y le tiraba del cuello. Se detuvo frente al camposanto de Porterneenth.

  Snactis descubrió una luz que oscilaba tras la puerta de hierro trenzado. Era un farol. Lo sostenía un hombre envuelto en una capa que aún brillaba por la reciente lluvia. El hombre tarareaba algo que por los ruidos y la pesadez de la bruma Snactis no alcanzaba a distinguir: poco a poco se fue aclarando la melodía de La reina Mab. Snactis intentó alcanzar la figura que al verlo se internaba en el camposanto mientras cantaba como los ángeles. Las tumbas eran piedras grises diluidas en aquella canción que hablaba de ahogados: Trafalgar había sido la última batalla entre la ratio y el sensus, ahí no combatían ejércitos por el placer de los desmembramientos colectivos, sino dos espíritus insoportables, uno de piedra, y otro de luz. Morir en el mar es morir en la niebla, morir en la niebla es la disolución más pura cuando del mar brotan monstruos que al devorarnos gritan el silencio, la niebla cubría a Snactis como una procesión de ciegos. El hombre se había perdido. Snactis se detuvo a recobrar el aliento; entonces vio a una mujer.

  El panteón de los Covent-Heathcliff era gigantesco, la frente de cachalote llena de retratos opacos y de escrituras ilegibles se alzaba a mitad del camposanto siendo una catedral allí donde la ciudad desaparecía. La mujer entró por la puerta perfectamente sellada. Snactis, antes de cruzar los hierros que parecían agua pues apenas si rozaron su camisa al atravesarlos, vio desde el Hudson la imagen de un escualo que saltó a la luz de la luna, los ojos vacíos le miraron una vez, luego la sirena del barco los hizo perderse en una agitación. La mujer a su lado sostenía la antorcha, las llamas iluminaron otra puerta de hierro. Adentro un ruido de fragua parecía dar vida a todas las cosas. Ellos hacen armas en los estratos, respiran por tu boca, duermen tu vigilia. Labran el sol y construyen la noche bajo negros palacios de fuego, su lenguaje es la lluvia que desciende a los abismos. Este es su canto. De la oscuridad surgió uno de los negros que viera en el puerto. Cantó La reina Mab y un arcángel de plomo fue llevándose a Snactis. Lo dejó a orillas del Hudson con el último verso. Era la tarde del día siguiente. Faltaba media hora para el fin del plazo.

  La ciudad le pareció más larga, las calles más tortuosas, los rostros más opacos, la ciudad recordaba al panteón de los Covent-Heathcliff. La avenida Grosvenor era un fósil que se entregaba a una cópula feroz con el atardecer, la noche estaba allí, la noche que nada tenía de fatídico sino esa pequeña muerte que a un solo individuo habría de importarle -quizá ni ese individuo tendría vida para luego sufrir la ausencia-, las calles cargaban el suave ataúd de los mendigos y todos los gestos preparaban la ceremonia de lo inevitable, la noche y la extinción vendrían juntas, el Hougan aparece a lo lejos y Snactis duda de que sea real, llega a la puerta y toca desesperadamente con el último rayo de sol que se oculta por las lejanas riberas del Hudson, abren los bandidos, ve al niño sin nombre y a Manko Livingston que saca su navaja; Snactis lanza las manos encima del piano y su mano izquierda cae torpe, entumecida por el frío, todos ríen, la mano se niega a moverse, el sol cae indetenible entre los nervios dolientes de la mano que es odiada y maldecida y el pianista muerde su muñeca en un intento por recuperar esa perdida sensibilidad; Livingston inclina la cabeza del niño sobre un plato de metal que ya ostenta la vieja sangre de otros muertos que ahora ve Snactis acariciar en procesión al niño con sus gargantas rebanadas y hablan por los nervios oscuros de los dientes arrancados y por las heridas bajo el cuello, corean una canción que no es La reina Mab si no un himno religioso del sur, los hougans vuelven como muertos y tábanos, como una laringe llena de gusanos, como un vómito del cielo, como la podredumbre de un lobo ahorcado en el desierto… el sol se ha detenido. Su luz inmóvil baña New York y todos sus habitantes, asombrados, miran al cielo en el crepúsculo más largo de su historia. Pasa el tiempo y los pájaros giran sin rumbo en aquella visión, el bar Hougan calla, los hombres de Manko Livingston se persignan a escondidas, Andrew Snactis siente que recupera el calor en su mano izquierda. El piano escupe La reina Mab y su última nota devora al sol, como un hechizo.

  El niño Josué Snactis vivió hasta los 93 años en los Five Points; como su padre adoptivo, también fue un excelente pianista.

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